Crónicas del no verano

Cuando España se prerara para bajar la persiana durante un mes, ellos se aprestan a multiplicar sus ocupaciones

Un enjambre de ciclistas y peatones, en una calle de Shangái./AP
Un enjambre de ciclistas y peatones, en una calle de Shangái. / AP
REDACCIÓN

A punto de cerrar. Así se encuentra el país un agosto más. Como cada año, el mes vacacional por excelencia echa el freno de mano al ritmo habitual con el que se mueven los once restantes del calendario. Se abre la puerta al descanso, al ocio, a la pereza. Pero no todos la atraviesan. Vamos a hablar de cinco de ellos. Tienen en común varias cosas: están lejos de casa, encaran ocupaciones de las que no pueden sustraerse y ninguno es periodista. Esto último no tendría categoría distintiva si no fuera porque todos, los cinco, han decidido estrenarse como cronistas. Van a compartir con este periódico sus vivencias en los países donde trabajan, se forman o arriman el hombro mientras muchos, la mayoría, lo que hacen es ponerlos a remojo.

Hoy les presentamos a Candelaria López, sevillana de 20 años, estudiante de Enfermería y recién llegada a Guinea Ecuatorial para prestar su ayuda en lo que se tercie. A Laura Martínez, doctora en Físicas de 31 años, natural de Cuenca y afincada desde hace dos en Oxford para completar un posgrado. A Pablo Barbado, 26 años, ingeniero industrial bilbaíno que a estas horas andará buscando piso para instalarse en Copenhague. A la arquitecta madrileña Belén Baladrón, que lleva trabajando en Lima los últimos cuatro años de sus 33 de vida. Y a la benjamina de esta peculiar redacción, Eugenia Garay, que a sus 18 años abandona por segunda vez Bilbao rumbo a China para mejorar el idioma. Lo que sigue en las siguientes páginas es su carta de presentación como periodistas ‘amateur’.

C.L.

Candelaria López desde Guinea Ecuatorial Juegos, bailes, deportes y misa

Nunca había estado antes en Guinea Ecuatorial. He venido aquí con otros 22 jóvenes españoles de Madrid, Sevilla, Segovia y Vigo que pertenecemos a Juventud Misionera, una iniciativa de un movimiento católico que se llama Regnum Christi para llevar el Evangelio donde haga falta. Estamos en Ebibeyin, a donde llegamos hace cuatro días tras un largo viaje. Aterrizamos en Malabo, la capital, tras un vuelo de seis horas desde Madrid, luego tomamos otro de 50 minutos hasta Bata, para a continuación coger un autobús y atravesar la selva guineana y bajarnos, tres horas después, en Ebibeyin, que se encuentra justo en la frontera con Camerún y Gabón. La idea es dedicar parte de las vacaciones de verano a echar una mano en tareas pastorales y en lo que haga falta, sobre todo con los jóvenes y los niños de aquí.

Yo tengo 20 años y voy a cursar segundo de Enfermería (este año me han quedado dos asignaturas, así que cuando vuelva a Sevilla tendré que hincar los codos) y si puedo ayudar en este terreno de mi futura profesión, pues fenomenal. Al fin y al cabo he venido a entregarme, y sé que voy a recibir más de lo que voy a dar. Aquí en Ebibeyin nos han acogido en su casa unas monjitas, las Hermanas de María Inmaculada. El tiempo es muy húmedo y nuboso, aunque de vez en cuando asoma el sol con mucha fuerza. Nosotros sudamos todo el día, pero ellos dicen que estos 29 grados (con un 80% de humedad) es como si fuera invierno. No quiero ni pensar lo que es para estas personas el verano.

Nosotros sudamos todo el día y para ellos es como si fuera invierno

Estoy viviendo estos primeros días con mucha ilusión e intensidad. Preparamos una jornada diocesana con los jóvenes de la parroquia. Por la mañana visitamos a los vecinos para invitarles a las actividades que luego realizamos por la tarde, como juegos,bailes, deporte y misa. Las misas aquí son muy alegres ¡todo es canto, palmas y alabanzas! Impacta la cantidad de jóvenes que asisten y la diversidad. Me encantan sus sonrisas y su generosidad. A mí me gusta mucho bailar flamenco, así que espero poder enseñarles un poco de algo tan típico de mi tierra andaluza (soy sevillana y estudio en Cádiz). Estos cuatro días me han bastado para sentirme muy acogida, si tuviera que escoger un adjetivo de los primeros compases de esta experiencia diría que es «familiar». De lo poco que conozco de Ebibeyin (hay quien lo escribe cambiando la ‘e’ y la ‘i’ y con acento, Ebebiyín) diré que es una ciudad de unos 20.000 habitantes y que es un cruce de rutas comerciales por su estratégica situación entre tres países. El español es la lengua predominante. Es la que habla el recién nombrado obispo de la diócesis, Miguel Ángel Nguema, que sabe otros cinco idiomas: el de su tierra natal, el fang, francés, italiano, inglés y portugués.

Devoción por el fútbol

Otro día igual podemos hablar del mercado local, el de Akombang, uno de los grandes de todo el centro de África. Aquí vienen a comprar gentes de otros países, de ahí su carácter transfronterizo. Es un mercado inmenso donde hay de todo: puestos de comida, de ropa, zapatos, cazuelas… Vas por las callecitas que se abren paso y las tenderas gritan: «¡Señora!, ¡mira!, ¡compra!, ¡barato!…». Hay que tener tiempo y paciencia para poder recorrerlo todo.

Aquí también hay devoción por el fútbol. El ídolo de los niños (y los no tan niños) es Miguel Ángel Mayé Ngomo, que hasta hace poco jugaba en la Segunda B española, concretamente en el Extremadura, y hasta debutó con la selección absoluta de Guinea Ecuatorial.

Sinceramente, no creo que yo tenga mucho tiempo de jugar al fútbol... Aquí hemos venido a trabajar, para nada me lo tomo como unas vacaciones de verano, ¡para nada! Junto con mis compañeros de Regnum Christi, estamos aquí para ponernos al servicio de la parroquia y arrimar el hombro en lo que se necesite: visitar enfermos, organizar actividades para los jóvenes, enseñar a los niños... lo que haga falta. Y siempre con una sonrisa, entregándome a los demás y tratando de llevarles la Palabra de Jesús.

Hora punta en una calle de Arequipa atestada de coches.
Hora punta en una calle de Arequipa atestada de coches. / R.C.

Belén Balandrón desde Perú Psicología del mototaxi

Conducir en Perú es una actividad heroica. Asegurar la integridad de lo propio y lo ajeno, en condiciones de caos isótropo, no es para cualquiera. ‘Manejar’ está a la altura de gestas épicas y odiseas inenarrables. Así que proclamo sin complejos que sí, que hace ya tres años que me muevo en taxi. El caos está lleno de ventajas para los pudientes, y antes de que defina la mirada sobre uno de los autos que se aproximan en marabunta por la Avenida Salaverry, ya cuatro se fijaron en el perezoso aleteo de mi mano (en España se extiende la mano, pero aquí hay que agitarla), y hacen cola frente a mí bloqueando dos de los cuatro carriles del principal eje Norte-Sur de la ciudad.

¿Y por qué hacen cola? Pues para negociarme el precio de la carrera. ¿Y por qué hay cuatro? Porque si no llego a un acuerdo con el primero, pues el segundo lanzará su mejor oferta, y así todos guardan la esperanza de hacer caja; creo que con la chaqueta de vestir que llevo y esta pinta de gringa gigante que Dios me ha dado, debo de parecer la gallina de los huevos de oro.

La selección del taxi no es tampoco un tema baladí. Es recomendable primeramente descartar los taxis con agujeros en la chapa que parecen salidos de desguace. Da una pena infinita dejar al viejito conductor con la mirada prendida en nosotros sin darle bola, pero en la experiencia me reafirmo habiendo sobrevivido a conductores sordos, cuentakilómetros sin aguja o ejes de dirección fallidos… «Señorita, no me diga que quiere girar a la izquierda, que justamente para ese lado no me gira el ‘carrito’».

Mi modus operandi consiste en mirar la pinta del conductor y encomendarme al Santísimo

El segundo punto a tener en cuenta, dice la gente, es la licencia. Si el cartel de taxi es una pegatina de quita y pon en el vidrio, o al acercarse el conductor retira del techo del vehículo dicha señal, se recomienda sospechar. Sin embargo, tras cuatro años en estas húmedas latitudes, si restringiera mi movilidad a la legalidad, no habría salido de casa. Mi modus operandi consiste en dar un repaso a la pinta del conductor y encomendándome al santísimo en un acto de fe laica y confianza a la Humanidad, subirme y pa’lante. Estoy muy orgullosa de decir que la gran mayoría de la gente es buena, incluso simpática. Que jamás me han robado, ni asaltado; más al contrario, me han cuidado y ayudado. No he vivido ni uno solo de los sustos y miedos con los que me amenazan mis amigos limeños rememorando los terribles años del terrorismo. (Toquemos madera)

Y una vez seleccionado el taxi, ahí ya toca negociar.

- Señor, voy a Barranco

- Ah, no. Ahí no voy.

¡Tras todo este esfuerzo, ni me lleva ni me da explicaciones y encima arranca y casi me arranca un pie! Pues sí, así es. Y no sirve lamentarse. De haber sido peruano, Erich Fromm habría escrito ‘El ejercicio de la libertad’.

Segundo taxi

Con intención y de carrerilla:

- Señor, voy a Barranco, a la Avenida Almirante Grau, a la altura de los Bomberos, como que llegas al óvalo Balta y ahí tomas la auxiliar y tres cuadras no más. Por la Costa Verde llegamos al toque! Mire Usted el Waze, sólo 15minutos.

- Mmmmm… 15 soles

- ¡Pero cómo 15! A sol por minuto no me pagan ni a mí. 10 le doy.

- Pero señorita, es lejos y el tráfico...

- 13

- 12

- 12.5

El resto de los diez mil vehículos atorados detrás de mis cuatro taxis empiezan a pitar desesperados…

- Ok! !Ya!

Mi madre dice que regatear dos soles es ruin, pero la carrera en verdad valía 8. ¡Cuidado con cómo se van de rápido los solecitos! El hábito de tomar taxis ha despertado en mí un aburguesamiento insospechado, que me impide caminar y valerme por mí misma con la soltura de antaño, arrastrada por la tentación de pensar en euros (1 sol = 0,35 euros), pero también se han convertido en un contacto cotidiano con un mundo más grande que el mío, más crudo, más real de lo que imaginé, y alegre e hilarante también.

Hoy me ha traído a casa Edmun Quispe en un ‘Nissan Versa’ con televisión y todo (usé Uber, pero eso no os lo cuento que es igual de eficaz y aburrido en todas partes). Muy simpático Edmun, ha aguantado mis diatribas y maldiciones al tráfico cuando una camioneta casi nos aplasta al cambiarse de carril tras anunciarlo escasamente segundo y medio antes. El hábil taxista ha sorteado las tres toneladas de amenazante todoterreno con una maña que jamás tendré y una sonrisa impertérrita que amerita su salario.

Edmun me ha contado que él es taxista profesional. Que una vez estuvo en una empresa transportista donde le obligaron a tomar capacitaciones en conducción defensiva y psicología de mototaxis... (Mototaxi: Dícese del vehículo de tres ruedas con aspecto de huevo techado con lona, decorado con luces de neón y motivos de Batman, Spiderman o Jesucristo). ¿Psicología del mototaxi? ¿Pero eso qué es?

- Sí, señorita, pues es cuando le enseñan a uno a interpretar los gestos de las motos y mototaxis, porque sabe usted que esos hacen lo que les viene en gana y se meten ahí no más. Cuatro domingos enteros que duró el curso.

- ¿Un mes?

- Sí, señorita, pero ahora yo sí sé ya bien si van a girar, así no pongan la luz, sólo con verles el gesto de la cabeza o el brazo. Hasta ahorita, en años ningún choque, mire usted, ni con carro ni con moto.

- Es usted mi héroe Edmun. Muchísimas gracias.

Ciudadanos cruzan el río Irweel en dirección al centro de Mánchester.
Ciudadanos cruzan el río Irweel en dirección al centro de Mánchester. / O. Scarff

Laura Martínez desde Reino Unido De Oxford a Mánchester

Vivo en Oxford, a donde vine hace dos años para trabajar en un posdoctorado de investigación. Hace tiempo que tenía ganas de conocer Mánchester, que está al norte, a unos 250 kilómetros. Así que con la buena excusa de ir a ver a mi amiga Marta, que está haciendo otra estancia de investigación -ella en la Universidad de Mánchester-, compré por poco más de 70 libras (unos 80 euros) un billete de tren de ida y vuelta, y allí me planté un par de horas y media después. Es curioso. Cuando la gente piensa en los típicos circuitos turísticos del Reino Unido, Mánchester no suele salir en las quinielas. Aparecen Londres, por su puesto, Oxford y Cambridge, Stratford-upon-Avon, donde nació y murió William Shakespeare, Edimburgo... pero sólo los amantes del fútbol suelen darse un salto a la cuna de los ‘diablos rojos’ del United y del City, de Guardiola. Como ni sigo, ni me interesa demasiado el balompié, esta ciudad no se había cruzado en mi camino. A mis colegas, tanto a los ingleses como a los españoles que aquí vivimos, les extrañó mi viaje. Todos coincidían en que no merecía la pena la visita. Pero, como digo, aunque solo fuera por ver a mi amiga Marta, me dí un salto y he de decir que no puedo estar más en desacuerdo con ellos. Es cierto que Mánchester no es monumental, que carece de las grandes construcciones rodeadas de turistas de las que alardean otras ciudades del país. Aún así, se le puede sacar provecho.

Lo primero que me llamó la atención, antes incluso de bajar del tren, fue el ladrillo rojo, que parece que lo impregna todo. Casi todos los edificios que se cruzaban con mi vista daban la sensación de ser fábricas, algunas abandonadas y otras en buen estado, pero sin que saliera ya humo de sus chimeneas. No tardé en enterarme de la razón: la modernidad había puesto fin a su intensa actividad fabril. Restauradas las fachadas de estas moles coloradas, ahora acogen apartamentos en su interior. Mi amiga Marta vive en uno de ellos. Pequeño, céntrico y coqueto, y con parte de la chimenea de la vieja fábrica atravesando la cocina.

El ladrillo rojo impregna toda la ciudad, es la cara de su pasado industrial

Me encanta la idea de reutilizar los edificios de manera que, sin alterar el aspecto y la personalidad que se han ido forjando con el tiempo, se les otorgue una nueva vida. Así es más sencillo convivir con el pasado y no olvidar su historia, que, en el caso de Mánchester, lideró la revolución industrial europea del sector textil. No todas las antiguas fábricas han tenido la misma suerte. Algunas están derrumbándose, sin encontrar quién las compre y las reacondicione.

Otra ventaja de no ser una urbe monumental es que el turismo se hace muchísimo más relajado, nada que ver con las hordas de japoneses y europeos armados con sus móviles, que estos días no paran de hacerse ‘selfies’ en los históricos colleges de Oxford. Casi se convierte en un discurrir tranquilo por sus calles, de tal forma que la esencia de Mánchester penetra en el visitante, enamorándolo. A mí me ocurrió. En cada rincón veía un pequeño tesoro, como los grafitis que adornan algunos bloques. Y, claro está, los canales.

Barcazas-vivienda

En Inglaterra se han utilizado mucho los canales navegables para transportar mercancías, y los márgenes de esas venas de agua que atraviesan Mánchester están hoy habilitados como zonas de paseo. Caminar por sus orillas brinda un apacible mirador para observar y comparar las embarcaciones típicas, los ‘narrow boats’ (barcazas estrechas). Las hay que sirven como residencia a los habitantes más bohemios. Otras se ofrecen como alojamientos vacacionales. Para una estancia corta me parece una opción original, pero yo no creo que fuera capaz de vivir en una de ellas. ¡Son demasiado estrechas!

Disfruté de Mánchester, sí. Además no llovió. Y si algo me supo a gloria fue la pinta que me tomé el sábado con Marta en la placita del Ayuntamiento, un edificio de estilo gótico de la época victoriana, donde en verano se celebra un festival de música con artistas locales. Una rapera estuvo fantástica. Regresé a casa el domingo por la noche, enamorada de una ciudad de personalidad robusta, como alguno de esos rojos ladrillos.

Es el distrito favorito para vivir, con sus canales y sus casas de colores.
Es el distrito favorito para vivir, con sus canales y sus casas de colores. / AFP

Pablo Barbado desde Dinamarca Hasta dónde llega el civismo

Con impertérrita mirada ante la pantalla del ordenador, observo cómo los comentarios a pie de foto van inundando las redes sociales. Alguien más parece estar interesado en encontrar una habitación para vivir en Copenhague. Después de varias semanas intentando sin éxito contactar con diferentes propietarios, uno empieza a acostumbrarse a que su bandeja de salida esté plagada de mensajes perdidos en el olvido. Recuerdo con absoluta claridad aquella vez que estuve al otro lado; en apenas veinticuatro horas, fueron más de sesenta los comentarios de jóvenes interesados en alquilar la que había sido mi habitación durante casi dos años.

Dinamarca es envidiable en muchos sentidos. Con tasas de desempleo habitualmente inferiores al 5% y uno de los índices de desarrollo humano más altos del mundo, el país cuenta con merecido reconocimiento internacional por sus buenos quehaceres políticos. Además, y para sorpresa de los amantes de la caña y tapa a un euro, ha encabezado durante varios años consecutivos el informe mundial de felicidad elaborado por la ONU, relegada a segunda posición este año por la aún más nórdica Noruega. Todo esto, junto con la facilidad de expedición de visados que ofrece a trabajadores extracomunitarios y la gratuidad de la enseñanza a todos los niveles, convierten al país en la encarnación de la ‘Utopía’ descrita por Tomás Moro.

«Pero no es oro todo lo que reluce», dice el refranero español. Y es que, a pesar de su reducido número de habitantes -apenas seis millones en todo el territorio-, casi un tercio se concentra en el área metropolitana de Copenhague, creando una considerable desproporción geográfica de la población. Dado su carácter joven y cosmopolita, tanto extranjeros como nativos quieren vivir en la gran capital. Por desgracia, el Ayuntamiento no ha sabido responder a tiempo a la masiva llegada de personas y el avance de la nueva construcción ha sido demasiado lento. Y, ya se sabe, un exceso de demanda en proporción a la oferta produce inflación de los precios. Copenhague no ha conseguido escapar así del mal que ya azota a otras urbes europeas como París, Londres o Múnich, donde buscar piso se convierte en una odisea en la que uno navega entre rentas absolutamente desorbitadas.

La gente hace cola en la calle para ver un dormitorio de 10 metros cuadrados

Como cada agosto, el nuevo curso universitario comienza y con él, hordas de estudiantes de todo el mundo se mudan a Copenhague para cursar sus estudios. En Dinamarca es legal el subalquiler de habitaciones, por lo que la opción más factible es que encuentres un cuarto en una casa compartida con más gente. Al principio eres optimista y tu cabeza reproduce un espacio con muebles diseñados por Arne Jacobsen y vistas al Parlamento. Defines un presupuesto idealizado, generalmente a la baja, y una vez has descubierto que todos los portales de búsqueda son de pago, te apuntas a las páginas de Facebook en las que se ofertan viviendas. A la caza de precios que se ajusten a tu primera estimación, automáticamente tu mente empieza a salir de su zona de confort. «¡Bueno, seguramente no esté tan mal vivir en el extrarradio, el centro está sobrevalorado!», «¿Ah, realmente para qué necesito un salón?», «¡Seis metros cuadrados de habitación no es tan pequeño, al menos cabe la cama!»... El primer paso es aceptarlo.

Ante la falta de respuestas en tu bandeja de entrada, empiezas a mandar mensajes indiscriminados a cualquier oferta que aparezca en tus notificaciones. Ya te ves dispuesto a apoquinar lo que sea necesario, pero el problema no radica en lo que estés dispuesto a pagar; simplemente, en que no hay sitio para todos. Este pequeño detalle acabará a la larga por socavar tu integridad mental. El piso se lo llevará el más rápido, el más creativo, el que mejor caiga. A partir de ahora, todo vale para hacerse con el preciado tesoro.

Acceder a la visita de una habitación no es mucho más alentador. El propietario suele abrir con la típica frase: «Voy a ser honesto, hay unas cuantas personas más interesadas». A veces debes escribir tu nombre y número de teléfono en una lista que ya suma otros treinta o cuarenta participantes. Se habla de visitas abiertas a pisos en las que la fila de gente da la vuelta a la manzana. Uno pasea por la calle creyendo ver la cola para la compra del nuevo modelo de iPhone, pero realmente solo es una habitación amueblada de 10 metros cuadrados en Nørrebrogade por 4.000 coronas (unos 540 euros). En paralelo al mercado privado de alquileres, Copenhague cuenta con una extensa red de viviendas propiedad de cooperativas, ‘andelsbolig’, en las que los precios están regulados. Ellas son las encargadas de gestionar y promover estos alojamientos temporales de carácter social. El problema sigue siendo que, debido a la voraz demanda, se necesitan años de espera en sus interminables listas para hacerte con unas llaves. La dimensión del problema es de tal magnitud, que hasta se han barajado proyectos para alojar a los estudiantes en containers reconvertidos en casas compartidas.

La ciudad se enfrenta a un tema crucial en los años venideros para intentar minimizar el incremento de los precios. En este periplo que encaramos cada cierto tiempo los habitantes de Copenhague, se demuestra que hasta las sociedades más cívicas tienen límites. Mientras se encuentra la solución, seguiremos haciendo acopio de paciencia y desbloqueando continuamente el móvil por si ha llegado un nuevo mensaje esperanzador. Hoy, no ha habido suerte.

Eugenia Garay desde China Shangái, a tres duchas diarias

Tuve que aterrizar en China para conseguir tumbarme por primera vez desde que empecé mi viaje. Tras horas y horas cambiando de postura una y otra vez en el claustrofóbico asiento del avión, desesperando a la pasajera de delante y viendo algunas de las películas para todos los públicos que Iberia ofrecía, lo he conseguido. Fue por poco tiempo. Había que investigar el campus de la universidad a la que hemos venido, la Universidad ShanDa, en Shanghái, China. No es mi primera vez. Hace tres veranos, cuando apenas tenía 15 años, recorrí gran parte del país: Pekín, Shanghái, Xianmen... Pero esta vez es diferente.

Esta vez no soy esa mochilera que se buscaba la vida rogando a los recepcionistas de las pensiones más baratas que me dejaran alojarme, que no tenía dinero. En China, en los barrios más pobres, al lado del cartel de prohibido perros, hay otro: prohibido turistas. En esta ocasión vengo como estudiante. Y, mirando el paisaje desde la ventanilla de una furgoneta, pienso. Pienso lo bonito que recordaba China, con sus lagos infinitos y sus laberintos de templos y jardines. Ahora sólo veo bloques y bloques de edificios, de ‘hormigueros’, mejor dicho, rodeados de un cielo compuesto de todo menos de aire. De las bocas de los fumadores no sale humo, sino transparencia.

¿No había más fumadores la vez anterior? Sí. Parece que poner multas por fumar resulta una terapia muy buena. Porque, claro, son los ciudadanos los que pagan por la contaminación, no aquellos que la producen. Me pregunto por qué a cuarenta grados de temperatura no consigo ver el Sol. Voy cogiendo el hilo. Prueba de chino en clase. He salido haciendo eses después de tanto carácter, pero creo que me ha salido bastante bien. Cada día me gusta más la universidad; el campus está repleto de árboles atravesados por un río, con nenúfares y flores que tapan la basura flotante del agua. Con este calor no me importaría bañarme, aunque temo que saldría del agua con un brazo más y quizá los síntomas de la rabia.

Chino para principiantes

Pero tendré que conformarme con pegarme unas tres duchas al día. Cuando estudié la lección trece del libro, la que va sobre una chica que llama al conserje porque se le ha roto el grifo, me preguntaba si alguna vez en mi vida me sería útil saber cómo se dice válvula en chino. Bueno, ha llegado el día. Gracias a Dios, ya nos lo han reparado. Así que se puede empezar el día con una buena duchita. ¡Qué más se puede pedir!

Después de una semana de clases, actividades y paseos nocturnos en bici, hemos ido de excursión al centro. En primer lugar, hemos visitado un templo compuesto por callejuelas estrechas de edificios antiguos con tejados meticulosamente decorados. Calles con figuras de leones en las entradas de cada tienda (para que protejan su interior) y miles y miles de ‘souvenirs’.

Después hemos ido en metro a la parada más cercana a La Perla. Sí, el edifico ese altísimo con dos bolas gigantes. Sale en todas las postales de Shanghái. Tras horas de cola, subimos en un ascensor repleto de gente. Ya arriba, salimos a la pasarela que rodea la segunda bola del edificio. «¡Mira abajo!», me dijeron mis compañeros. Vi un cristal y los cuatrocientos y pico metros que me separaban del suelo. Sólo un cristal y Shanghái bajo mis pies. Es una sensación recomendable incluso para los que padecen de vértigo.

«¡Mira abajo!». Vi un cristal y los 400 y pico metros que me separaban del suelo

Lo que también me ha dejado alucinada son todas las luces que iluminan la ribera. No sé cómo tiene que ser recibir la factura de la luz de cualquiera de esos edificios: tan impactante como verlos. Tras coger un bus, un metro, otro metro y otro más, hemos llegado después al estadio olímpico. El Nido del Pájaro es una preciosidad, pero nada comparado con mi querido San Mamés (sede del Athletic), por supuesto. Pero es una verdadera obra arquitectónica. Volveremos a la zona. Todos tenemos los pies destrozados, pero no me importaría regresar a España cojeando con tal de volver a ver esas majestuosidades.

Fotos

Vídeos