Cuando el criminal peina canas

I. CUESTA

Hace un par de años, la prensa inglesa informó de la detención de una cuadrilla de nueve hombres como supuestos responsables de uno de los mayores robos de la historia de Londres: unos 18 millones de euros en joyas del depósito de seguridad de Hatton Garden. La cosa no tendría nada de particular si no fuera porque el más joven de los ladrones tenía 42 años. Durante la audiencia preliminar, el personal no daba crédito cuando uno de ellos, de 74, aseguró no escuchar una palabra de lo que le decían y otro, de 59, se acercó al estrado arrastrando una pierna. En ese país, como en España y muchos otros, el número de delincuentes maduros no ha dejado de crecer.

Tampoco estuvo mal la hazaña de los tres abuelos alemanes que hace unos años robaron catorce bancos y se hicieron con un botín que ascendía a más de un millón de euros. A la edad en que uno imagina una vida tranquila, jugando a la petanca, al dominó o paseando a los nietos, estos tres sujetos de entre 64 y 74 años trajeron de cabeza a la Policía hasta que dieron con ellos. Antiguos delincuentes, cuando en el juicio les preguntaron por qué lo había hecho explicaron que el miedo a acabar su vida en un asilo, dado que no percibían pensión alguna, les decidió a atracar de nuevo.

Si hay un país en donde los actos delictivos cometidos por personas mayores ha crecido espectacularmente en los últimos años, es Japón. Uno de los últimos informes anuales sobre delincuencia ha desvelado que uno de cada cuatro japoneses detenidos por robo era mayor de 65 años. En 1986, cuando se empezaron a confeccionar estas estadísticas, sólo uno de cada veinte los había cumplido.

Quieren ir a la cárcel

Aseguran los expertos que, en su caso, tiene mucho que ver, además del envejecimiento de la población (en Japón viven 127 millones de personas y más de la cuarta parte están cerca de la edad de jubilación), el hecho de que hayan saltado por los aires muchas de las tradiciones niponas. Aquello de reunir bajo un mismo techo a tres generaciones de una misma familia, asegurando a los mayores atención y cuidado hasta el fin de sus días, ha pasado a la historia.

Una encuesta realizada por la Policía de Tokio entre un colectivo de mil personas sospechosas de dejarse atrapar con las manos en la masa se presenta como prueba irrefutable de que muchos delinquieron solo para ser detenidos y enviados a la cárcel. Al fin y al cabo, allí encuentran una habitación calentita, comida, atención sanitaria y compañía asegurada.

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