El crack de Brasil

Más de 900 agentes de policía irrumpieron en el barrio a primera hora para despejarlo de drogadictos / reuters
Más de 900 agentes de policía irrumpieron en el barrio a primera hora para despejarlo de drogadictos / reuters

El nuevo alcalde de Sao Paulo barre a porrazos el barrio de la droga y ahora la epidemia de la coca se propaga por toda la ciudad. Sólo EE UU 'fuma' más que los brasileños

MARCELA VALENTE

Desde hace dos décadas existe en Brasil un área del centro de la ciudad de Sao Paulo que funciona como un repositorio humano. La ironía popular la bautizó como 'Cracolandia', un reducto por el que deambulan unos dos mil consumidores de crack que sobreviven, fuman, compran y venden drogas en tiendas levantadas en la calle, protegidos por edificios semiabandonados en los que algunos se alojan. Otros duermen a la intemperie, sobre muebles olvidados entre residuos.

Hace poco más de seis semanas, el alcalde derechista Joao Doria, con ambiciones de llegar a presidente del país, dio rienda suelta a la iniciativa 'Redención', que pretendía convertirse en una drástica solución al desafío allí donde todos sus antecesores fracasaron. El operativo consistió en 'barrer' policialmente sin contemplaciones a los drogadictos. Roto el núcleo, la calamidad se ha propagado. Decenas de 'mini-Cracolandias' salpican las cercanías, con el consecuente empeoramiento del drama social. En clave política, y como resultado de esta ofensiva, el rechazo a Doria en las encuestas ha crecido del 39 al 52% en dos meses.

«Si no llego a gritar 'hay gente aquí' ahora no estaría viva», cuenta Kamila Novaes, una consumidora de crack que vive en un albergue para adictos derribado por los agentes. Ella y su compañero sufrieron heridas por la caída de mampostería. «Fue inhumano -recuerda la mujer-. No somos bandidos; somos pacientes y esto no se resuelve escondiéndonos». Pese a todo, el gobernador del Estado de Sao Paulo, Geraldo Alckmin -padrino político de Doria y principal respaldo a su 'estrategia de limpieza'-, mantiene que «los resultados han sido buenos». Razona su conclusión en que ha bajado el número de drogadictos en la calle. «Las familias ahora están buscando a sus seres queridos», dijo, dejando entrever que la idea es que los toxicómanos retornen a sus hogares. Algunos aceptarían tratarse, pero la respuesta del Estado se está demostrando tan ineficiente que los afectados escapan a su control.

El problema no es nuevo. Ya había sido abordado por los sucesivos alcaldes de la megalópolis brasileña. Con nombres tales como 'Recomienzo' o 'Nueva Luz', los antecesores de Doria intentaron combinar la oferta de tratamiento con el desalojo. Y no resultó. El único que hizo algo distinto fue el alcalde del PT, Fernando Haddad, que optó por una política de «reducción de daños». Su programa, 'Brazos Abiertos', era bien visto por expertos que trabajan en adicciones, pero censurado por los residentes, molestos con la «tolerancia» de las autoridades.

'Brazos abiertos' ofrecía atención médica permanente a los beneficiarios y un dinero diario para manutención a cambio de trabajos de limpieza en las calles. Brindaba una habitación en pensiones del mismo barrio y cajas con alimentos y elementos de higiene. Según sus partidarios, el plan, inspirado en otros similares que funcionaron en Vancouver o en ciudades de los Países Bajos, propició un menor consumo y mejor mejor calidad de vida para los enganchados al crack. La Policía se limitaba a seguir por cámaras sus movimientos.

Demoliciones

Desde el arranque de la campaña electoral, Doria fue especialmente ácido con los pasos dados por Haddad. Amplificaba así la opinión de los vecinos que se quejaban de que el Estado «premiara» con dinero público a los toxicómanos sin exigirles abandonar la droga. Cuando asumió el cargo, el pasado mes de enero, 'Brazos Abiertos' pasó a la historia y Doria puso en marcha 'Redención', haciendo oídos sordos a las críticas de organismos humanitarios e incluso a los reparos judiciales.

El 21 de mayo, a las seis de la mañana, 900 policías, apoyados por francotiradores y helicópteros, irrumpieron en 'Cracolandia'. La masiva redada, que desmanteló las tiendas callejeras donde se vendían y fumaban las piedras adictivas, culminó con varios heridos, medio centenar de detenidos por presunto narcotráfico y una treintena de internaciones forzadas -sin consentimiento ni autorización judicial-. A la acción policial le siguió el bloqueo de locales comerciales con muros de ladrillos sobre las persianas de entrada y la demolición de edificios que funcionaban como pensiones.

Organizaciones humanitarias y especialistas en tratamiento de adicciones manifestaron su «absoluto repudio». Advirtieron que la «internación compulsiva tiene riesgo de vida en los casos más graves» y denunciaron el plan del alcalde por «intentar eliminar a los indeseables con fines de especulación inmobiliaria». La propia secretaria de Derechos Humanos designada por Doria, Patricia Bezerra, renunció a su cargo en respuesta a lo que definió como «una incursión desastrosa» llevada a cabo con un «uso desproporcionado de la fuerza». Poco después, también dimitió su segundo en la Secretaría.

Sin plan de contingencia, de manera improvisada, Doria se ufanó de cumplir con su promesa de campaña: recuperar el barrio del centro de Sao Paulo para levantar viviendas. «'Cracolandia' se acabó -aseguró el día de la invasión-. 'Cracolandia' no vuelve más. Ni la alcaldía ni el Gobierno del Estado de Sao Paulo lo van a permitir. A partir de hoy, eso es pasado. Este será un espacio reconquistado para la ciudad». Días después tuvo que volver sobre sus palabras. «No vamos a acabar con un problema histórico, pero vamos a reducirlo sensiblemente», matizó Gerardo Alckmin, el gobernador de Sao Paulo, que apoyó 'Redención' de entrada pero se distanció después, ante las consecuencias de la operación.

Desde la redada, las calles de 'Cracolandia' están ocupadas por policías. Autoridades municipales instalaron una veintena de contenedores y un refugio con baños y dormitorios amplios en una calle menos transitada, aunque los usuarios se niegan a dormir allí. Lo que hacen es irse desplazando con sus tiendas hacia otras áreas de la ciudad, donde vuelven a ser 'barridos'. En Plaza Princesa Isabel se montó un campamento con tiendas plásticas. Cuando los expulsaron, aparecieron en Alameda Cleveland, otro paseo aledaño. «El objetivo es vencerlos por cansancio», admite una agente sanitaria.

El consumo se expande sin freno por las ciudades

El consumo de cocaína, antes una sustancia estupefaciente para ricos, crece aceleradamente en Sudamérica. En particular, en Brasil, donde se ha disparado el uso de derivados como el crack, que se consigue a partir del clorhidrato de cocaína con bicarbonato de sodio. Este tipo de droga, que se expande sin freno por numerosas ciudades del país, es barata y fácil de preparar. Una piedra cuesta menos de un dólar; se la enciende y el vapor se aspira en una pipa de vidrio o metal. Los usuarios dicen que no sólo es adictivo su efecto, sino también el ritual de consumo.

El estado placentero se obtiene enseguida, pero es extremadamente efímero, lo que obliga a buscar con ansiedad una nueva fumada. «En cuestión de segundos se llega al 'pico', y en minutos se necesita volver a consumir», detallan. 'Cracolandia', en Sao Paulo, era su refugio. Allí no sólo se vendía y compraba crack. Los enganchados se quedaban a vivir. Algunos, ejerciendo la prostitución. Otros, dejando simplemente pasar el tiempo hasta que cayera en sus manos la siguiente dosis. Era común ver muebles abandonados en sus abandonadas calles. Sillones y colchones sucios, a la intemperie, desempeñaban la función de habitaciones a cielo abierto. Los más veteranos arrastraban sus pertenencias en carros de supermercado.

El crack es una droga devastadora para el organismo. Aumenta la presión arterial, daña severamente los pulmones y puede desencadenar también dolencias cardíacas crónicas. Genera estados de paranoia, irritabilidad, depresión y brotes psicóticos, que alimentan la delincuencia.

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