Brenna Huckaby es la primera modelo discapacitada de bañadores en 'Sports Illustrated'

Brenna Huckaby posa para la revista. /
Brenna Huckaby posa para la revista.

Un cáncer óseo cortó su sueño de gimnasta. Erraron al decirle que no podría ser mamá. En unos días buscará dos oros paralímpicos en la nieve de Corea

FERNANDO MIÑANA

Brenna Huckaby era una de esas niñas que pasaba muchas horas en el tapiz obsesionada con la gimnasia y soñando con ser la campeona olímpica Nastia Liukin. Hasta que, con 14 años, le tocó conocer el significado de una palabra horrible: osteosarcoma. Un cáncer de huesos que no paró de crecer. La quimioterapia no surtía efecto y fue necesario cortarle la pierna derecha por encima de la rodilla. Adiós a la gimnasia y adiós a una adolescencia corriente. Brenna era incapaz de ir a la playa y ponerse a tomar el sol sin sus pantalones cortos. Tenía miedo de risas y burlas.

Al mes de la amputación ya se ajustaba su prótesis y aprendía a caminar con ella. Pero de ahí a lucirla... Ni siquiera se atrevía a quitársela delante de desconocidos. Su orgullo empezó a enderezarse el día que la invitaron a hacer un viaje al National Ability Center de Utah para incluir el esquí en su rehabilitación. Eligió una tabla de snowboard. Sus padres vieron el brillo de sus ojos y decidieron impulsar sus deseos. Brenna dejó el Estado sureño de Louisiana y se mudó a la ciudad olímpica de Salt Lake City. Su madre se sacrificó y buscó un trabajo y un apartamento barato donde vivir mientras su marido y sus otros dos hijos permanecían en Louisiana.

Tres años después de la traumática intervención ya entrenaba como una profesional y en 2015 se proclamó campeona del mundo de snowboard cross. Logró derrotar a la favorita, Cecile Hernández-Cervellón, una francesa de Perpiñán con apellido español. Entonces supo que había acertado, que los sacrificios y los miedos, a fracasar, a golpearse contra el suelo, que hacían incluso que llegara a orinarse encima, habían valido la pena.

Pero la vida le reservaba más sorpresas y, aunque le dijeron que era improbable, a principios de 2016, ya de cinco meses, descubrió que estaba embarazada. Aquella niña, Lilah, cortó abruptamente su carrera deportiva, pero le dio mucho más. «Antes temía lo que la gente pensara de mí. No fue hasta que tuve a mi hija que me di cuenta de que mi cuerpo era más que un objeto. Entonces me encantó mi cuerpo». Son los recuerdos que ha rescatado ahora que ha logrado un nuevo hito, aparecer en la mítica publicación sobre bañadores de la revista 'Sports Illustrated', por donde han pasado las mejores modelos del mundo, incluida la española Judith Mascó, que fue la imagen de su portada de 1991.

La 'snowboarder' dejó la nieve unos días para posar en bañador sobre la arena de Aruba, al sur del mar Caribe. Allí soltó su melena morada y dejó escapar sus complejos. Brenna sabe que es una propuesta insólita. Por eso el día que le hicieron la proposición, colgó el teléfono y empezó a dar saltos en la habitación. «Lo veo como una oportunidad para inspirar a los demás. Es muy raro que veas a una mujer con discapacidad posar en trajes de baño sensuales. Quiero ayudar a cambiar el estigma detrás de las discapacidades. Y quiero que otras mujeres, independientemente de sus cuerpos, sepan que son poderosas y sexis», declaró a 'Sports Illustrated'.

«Ya no soy un número»

También piensa en la pequeña Lilah. Ahora sabe que estas fotografías no significarán nada para ella, una niña de 21 meses. Que simplemente verá en ellas a mamá. «Sin embargo, cuando sea mayor, espero que estas fotos le inspiren y le motiven. Espero que entonces sepa del coraje que me llevó a posar en traje de baño y confío en que eso la empuje a salir de su zona de confort».

Pero esa sesión de fotos, los madrugones a las cuatro de la madrugada, las jornadas largas y pesadas, ya son historia. Ahora solo piensa en la nieve y en los Juegos Paralímpicos de Invierno que se celebrarán en Pyeongchang, en Corea del Sur, del 9 al 18 de marzo. La estadounidense ha puesto un redondel en dos fechas: el 12 y el 16, los días que besará la cruz de diamantes que le regalaron sus padres cuando tenía 12 años y saldrá decidida en sus dos pruebas -eslalon y snowboard cross, en las que logró la medalla de oro en los últimos Mundiales- para intentar proclamarse campeona olímpica. Y esas noches, como todas, se mirará en el espejo y verá su trofeo más valioso, el tatuaje que lleva encima de la cicatriz que tiene en el pecho. Es su número de registro médico. «Me recuerda que ya no soy un número, soy una persona que venció al cáncer».

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