El compañero de piso de García Lorca

Lawrence ocupa ahora la habitación de Lorca.
Lawrence ocupa ahora la habitación de Lorca. / ELENA MARTÍN

Lawrence Chillrud, un joven neoyorquino fan del Barça, ocupa la habitación en la que residió el poeta granadino durante su estancia en la Universidad de Columbia

Las habitaciones suelen guardar secretos escondidos entre sus paredes. Cuartos de hospital donde la vida y la muerte han coincidido, suites de hotel que revelan historias prohibidas o despachos en los que se ha decidido el futuro del mundo. Algunos misterios son más fáciles de descifrar que otros, pero quien los descubre puede decir que ha encontrado un tesoro. Las habitaciones de las residencias universitarias no son una excepción. Hace unos meses, un grupo de amigos se encontraba en una de las estancias del John Jay, la icónica residencia de ladrillo enclavada en el vetusto campus de la Universidad de Columbia, en Nueva York. Allí sentados, los jóvenes pupilos cavilaban sobre la vida y el futuro cuando uno de ellos preguntó: «¿Dónde estarán ahora todos aquellos que pasaron por nuestras habitaciones en el pasado?». Intrigados, empezaron a investigar sobre los antiguos ocupantes de sus dormitorios, y cuando le tocó el turno a Lawrence Chillrud, un estudiante neoyorquino de 18 años, el nombre de Federico García Lorca salió a relucir. En efecto, el poeta granadino, nacido precisamente un día como hoy de 1898, había dormido entre sus cuatro paredes. «Alguien me comentó que en mi apartamento se había sido alojado un poeta famoso. y tirando del hilo llegué a Lorca», cuenta a este periódico Lawrence, que reside actualmente en la estancia donde Lorca compuso buena parte de los versos de 'Poeta en Nueva York', una obra que debe mucho a lo que Federico veía a través de la misma ventana por la que también mira Lawrence todas las mañanas. En una de sus cartas a su familia, el genial escritor de Fuente Vaqueros, que había llegado a Columbia en junio de 1929 para estudiar inglés, describía el paisaje que se abría por esa ventana: «Mi habitación en John Jay es maravillosa, está en el duodécimo piso y puedo ver todos los edificios de la universidad, el río Hudson, y una vista lejana de los rascacielos blancos y rosados». 88 años más tarde de que estas líneas fueran escritas, Lawrence tiene una percepción parecida: «Las vistas son increíbles», dice asomando sus ojos por el cristal. Su figura enjuta encaja a la perfección en el pequeño habitáculo por el que se desliza con pasmosa agilidad tratando de recogerlo un poco ante la inoportuna visita de la periodista. «Intento mantenerla ordenada, pero no sé cómo se desordena», se disculpa entre risas retirando una taza de café y alguna caja con medicinas. Tampoco hay mucho más que ordenar. Apenas caben la cama, un armario empotrado, la mesa de estudio con una lamparita y una estantería con libros.

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