Un coche incómodo

Coche funerario en la Gran Vía madrileña. / A. Ferreras / V. Carrasco

A su paso, los peatones se santiguan o desvían la mirada y los demás automóviles marcan distancias. Los conductores de coches fúnebres saben que con ellos viaja un temor reverencial

Alberto Ferreras
ALBERTO FERRERASMadrid

Existen muchas manifestaciones gestuales para soslayar el mal fario. Persignaciones exprés, índices y meñiques de ambas manos llevados a la cabeza, tocar madera... Una panoplia de conjuros que se despiega al paso del precioso modelo ‘Stylo VF-223’ de color negro rojizo u obsidiana equipado con todos los lujos imaginables. O, dicho de otro modo, un coche fúnebre.

El traslado de un deceso es un acto cotidiano con el que los viandantes hemos de convivir ocasionalmente. Ello no debería implicar ningún tipo de reacción entre los que se encuentran fortuitamente con uno de estos vehículos. Sin embargo, la realidad es otra. De manera voluntaria o inconsciente, el ciudadano a pie o motorizado prefiere mantener una distancia prudente que le proteja de no se sabe muy bien qué. El efecto suele ser casi siempre el mismo: alejarse, por si las moscas. Y cuanto más rápido, mejor.

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Estas limusinas de tres plazas, insonorizadas y climatizadas de manera independiente, disponen de un habitáculo delantero para conductor y acompañante, y uno trasero (sobra decir para quién...) separado por cristales del mundo exterior, donde el único susurro que allí dentro se escucha son los pequeños chirridos provocados por la madera al friccionar con el acero inoxidable durante la marcha. En ese interior aséptico, la decoración no lo es tanto. Según el catálogo de la empresa de transformación de vehículos Bergadana, hoy se puede escoger en el muestrario desde un azul zafiro hasta el naranja, pasando por el verde oliva, colores que nada tienen que ver con aquellos lóbregos tapizados grises o tremendamente negros de los automóviles de posguerra austeros, ornamentados con pasamanos de hierro y cruces cromadas que provocaban escalofríos.

El tiempo ha retirado aquellos accesorios de dudoso gusto y utilidad discutible, pero el destino de un vehículo fúnebre sigue siendo el mismo: proporcionar a los ocupantes de su parte trasera un florido y privado último viaje, solo de ida. Siempre en perfecto estado de revista, estos vehículos de grandes ventanales traseros, con o sin cortinillas, cuyo precio se aproxima a los 50.000 euros, ofrecen a sus arrendatarios un lujoso trayecto final.

Estos discretos y majestuosos automóviles, denostados por un público mortal que prefiere no usarlos hasta dentro de muchos años, tienen prestaciones que sorprenderían al piloto más experimentado. Su vida útil suele ser muy longeva y acumulan miles de kilómetros en pocos años, recorridos en todo tipo de vías, incluso caminos de acceso a lugares escarpados. Y es que nunca se sabe dónde estará el siguiente servicio, dado que sus demandantes no suelen informar de su ubicación con antelación…

Son la herramienta de trabajo de muchos profesionales que los conducen con el esmero y respeto que merece la situación. Y es que, según explica José Antonio García, responsable de Funemadrid Noroeste, perteneciente al grupo Funespaña, «un funerario se dedica a ayudar a los demás en los momentos más complicados para una persona, como es la despedida de un ser querido».

En 'Vespa' con el difunto

José Antonio García, responsable de Funemadrid Noroeste, es hijo y nieto de propietarios de una pequeña empresa de pompas fúnebres ya desaparecida. Eran tiempos en los que su profesión era asumida con naturalidad en las pequeñas poblaciones, como la suya natal de Pozuelo de Alarcón, hasta el punto de que la ‘vespa’ que el abuelo utilizaba para transportar pequeñas mercancías servía ocasionalmente como portadora de féretros. O la impoluta ‘DKW’ que posteriormente compraron. Tan pronto era ocupada por un deceso como por suministros encargados por el vecindario. Y nadie se alarmaba. Hoy, sin embargo, reconoce que la presencia de un ‘Mercedes’ fúnebre como el que habitualmente conduce impone al respetable y levanta pocas afinidades.

José Antonio comenzó en esto a los nueve años clavando crucifijos en los ataúdes, y cuatro décadas después su vida sigue girando en torno a los camposantos. De hecho, asistiendo a la boda de un amigo conoció a la que es hoy su esposa, ¡que también es funeraria de tercera generación! Las casualidades del destino existen.

Sin perder el respeto por un entorno que no merece menos, José Antonio cuenta anécdotas de su día a día. Los amigos le suelen presentar ante terceras personas como empleado en una agencia de viajes. No le permiten enviar fotos de su lugar de trabajo al grupo de ‘whatsapp’ por motivos evidentes (aunque no está permitido tomar imágenes en este contexto, ni tan siquiera para los trabajadores). Y él mismo comenta que tiene un coche de empresa, pero que no es tan discreto como para utilizarlo para asuntos particulares.

Su mujer no trabaja en la misma funeraria, por lo que no coinciden durante el día. En su tiempo libre prácticamente no hablan de temas laborales, e insisten en que hay que disfrutar de la vida. Ambos tienen claro que nunca se sabe lo que puede pasar…

Conductas anómalas

En su cometido diario, todo conductor funerario llega a ser un excelente observador de la realidad que le rodea y un buen psicólogo de la conducta humana. Mientras realiza su servicio, ya sea en tránsito a una recogida o con su ocupante ocasional a bordo, el mundo de los vivos visto desde el silencioso interior del vehículo se puede convertir en un manual de fobias no disimuladas elevadas a su máxima expresión. Impertérrito, el conductor asistirá a reacciones como la del viandante aprensivo que, al toparse de bruces con un automóvil fúnebre, intentará tocar madera antes de alejarse a una distancia prudencial. O la del que recitará el santoral completo en voz alta en un intento de ahuyentar la colección de malos augurios que le pueden caer encima.

Su mera presencia abre un muestrario de comportamientos anómalos de los demás conductores. ¿Alguien dudaría en tocar el claxon si el vehículo de delante se detiene y no inicia su marcha? Con un funerario enfrente, nadie hace sonar las bocinas. ¿Acaso el peatón que atraviesa un paso de cebra y fuerza la detención del vehículo que se aproxima aplaude la gentileza del que acaba de parar? Al conductor del funerario se le agradece con ademanes bien visibles su educación. Y si el automóvil que nos precede se aparta a la derecha y su conductor abre el portón trasero para sacar el equipaje, ¿acaso no lo miramos con desprecio, incluso ralentizando la marcha con gesto desafiante? Sí, salvo que sea un fúnebre el que abre su portón mostrando el habitáculo con o sin óbito en su interior; entonces los vehículos que lo sortean huyen con premura sin que sus conductores le dediquen ni tan siquiera una mirada.

Si en un semáforo se aproxima alguien con una botella de agua en una mano y un limpiacristales en la otra, cualquier intento de disuadirle de embadurnar el parabrisas resulta inútil. Pero, ¿ocurre lo mismo si el vehículo es un funerario? Tajantemente, no. Es más, la persona dispuesta a limpiar el cristal huirá despavorida al grito de «¡No, muertos no, muertos no!» (textual). Un último ejemplo: quienes entran raudos con su vehículo en una rotonda y la negocian bajo la ley del más cafre se vuelven repentinamente ejempo de civismo si en ella o en sus accesos ven un vehículo funerario.

Por no hablar de las pausas en los trayectos. Un coche fúnebre, como todos los demás, requiere ser repostado, y cuando lo hace es digno de ver cómo los demás conductores se separan del surtidor que ocupa o esperan a distancia prudencial a que se libere alguno lejano. O cómo huyen en los peajes de la autopista de los accesos inmediatos al usado por el funerario. En los desplazamientos largos, donde se comprueba también el escrupuloso mantenimiento de la distancia de seguridad con respecto al fúnebre, los conductores de servicio tienen que parar a comer o cenar, estacionando el automóvil en un lugar visible desde el interior del local (no olvidemos que se trata de vehículos de alta gama y existen amantes de lo ajeno sin prejuicios acerca del Más Allá). Entonces se genera el problema de que otros clientes dejan de entrar y el funerario es instado amablemente a ‘esconder’ su vehículo de la mirada general hasta que reanude su camino. En cierta ocasión, requerido por el dueño con formas poco diplomáticas, uno de estos conductores encontró una respuesta tan escueta como explícita: «Es que aquí se come de muerte».

Por razones obvias, estos coches se guardan en garajes privados no comunitarios, ya sea dentro de los tanatorios o en cocheras de extrarradio. Incluso en estos últimos casos, en que las idas y venidas de los fúnebres son frecuentes, sus conductores aseguran que, tras varios años de convivencia, algunos trabajadores de las naves industriales contiguas se siguen santiguando prestos al ver aproximarse a su peculiar vecino.

Y es que, por mucho que pasen los años y la sociedad evolucione, los vehículos funerarios seguirán siendo los ‘outsiders’ de la carretera. En breve veremos por nuestras ciudades novedosos y ecológicos fúnebres eléctricos de alta gama, cuyo máximo exponente es ya una realidad: el modelo ‘S’ de Tesla, «una belleza intemporal donde el diseño se une a la tecnología punta», según anuncia Bergadana en su catálogo. Un vehículo de otro mundo para transitar por este. Como todos los de su clase, no pasará desapercibido.

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