La ceguera del Guadiana

Gráfico
Viñedos rodean un Ojo del Guadiana, en Ciudad Real, por el que en 2012 volvió a manar agua. / m. cieza

El río que nutre Las Tablas de Daimiel se ha vuelto a secar. La tierra de su nacimiento es del Estado, pero los agricutores que la ocupan desde hace décadas piden dinero a cambio de marcharse. «Es la mafia del agua», denuncian los naturalistas

ICÍAR OCHOA DE OLANO

Decenas de conquistadores, viajeros y escritores, a lo largo de los siglos, tuvieron la fortuna de admirar la belleza impresionista de sus pupilas transparentes, habitadas, según contaron algunos, por colonias de nenúfares blancos. «El Guadiana tiene ojos verdes», escribió Víctor de la Serna para el diario 'ABC' en 1953, durante su viaje por La Mancha, tras ver el agua brotando de aquellas enormes cuencas y empapando las tierras cauce abajo para fertilizarlas con una soberbia fauna y flora. Esos manantiales, que son el kilómetro cero de uno de los grandes ríos de la Península Ibérica, sirven de descarga al colosal acuífero de 5.000 kilómetros cuadrados -dos veces la superficie de Luxemburgo- que se aloja en el subsuelo y que alumbró La Mancha Húmeda, un conjunto de humedales único en Europa que, sin embargo, ha sido esquilmado durante décadas por una mezcla letal de ignorancia e insensibilidad. El desastre ecológico se anunció en 1983, cuando el río se quedó ciego. Ahora, 33 años después, y tras apenas un lustro en el que sus fuentes habían aflorado de nuevo, se confirma: los Ojos del Guadiana han vuelto a secarse. Lo certifica a este periódico el jefe de Infraestructura Hidrogeológica del Instituto Geológico y Minero de España (IGME), Miguel Mejías. Desde esta misma semana, las cavidades lucen otra vez yermas. De ellas ya no brota la vida. Entretanto, el Estado y los agricultores miran a las tierras de cultivo y se enzarzan por su titularidad.

«Que se seque un río de esta entidad indica el grado de deterioro medioambiental de un área. ¿Qué supone? Imagine que desaparecen los elefantes. Pues algo así», expone con fingida frialdad el técnico que más ha estudiado la evolución de la valiosa despensa de agua que se oculta en las entrañas de Castilla-La Mancha y sus singulares aliviaderos, que eclosionan en Ciudad Real. El embalse, incapaz de llenar sus ojos, se esfuerza en nutrir, ocho kilómetros corriente abajo, el frágil parque nacional de Las Tablas de Daimiel. Junto al de las Lagunas de Ruidera, es lo que ha logrado salvarse del extraordinario conjunto de humedales de la zona después de que Franco le asestara la primera estocada, allá por 1956, cuando mandó desecar buena parte de ellos para convertir La Mancha Húmeda en tierras de cultivo. Por entonces, esos lugares pantanosos se consideraban atractivos cotos de caza, o bien meras charcas infestadas de mosquitos.

Abierta la veda a la agricultura, los regadíos proliferaron sin medida a costa del expolio incontrolado del acuífero. Una mañana de 1984, los Ojos aparecieron huecos. Era el síntoma inequívoco del estado crítico del océano que late bajo tierra. Siete años más tarde, un nuevo revés aguardaba al mágico paraje. El Tribunal Superior de Justicia de Extremadura tachaba de error histórico que se hubiera asignado a aquellas cavidades el nacimiento del Guadiana, y dictaminaba que esos terrenos secos eran privatizables y cultivables. En 1994, el Supremo revocaba la escandalosa sentencia y devolvía los Ojos al Estado. «Tanto si era río, como si era laguna, como si constituía zona mixta de río y laguna, la conclusión es incuestionablemente la misma, a saber: que el cauce o lecho es siempre de dominio público, pues los ríos y las lagunas lo son», rezaba el fallo, firme e inapelable. «No cambia la conclusión anterior» que haya o no agua en la zona desde hace tiempo, matizaba, por si las moscas, el texto.

El entonces presidente de Castilla-La Mancha, José Bono, se apresuró a aplaudir la resolución, que calificó de «punto de inflexión histórico para que nadie pueda decir sin pasar vengüenza que el río es suyo». De esta manera, la mayor instancia judicial respaldaba la decisión de la Confederación Hidrográfica del Guadiana (CHG) de deslindar el nacimiento y una franja de cuarenta kilómetros -empresas y particulares habían abierto pozos ilegales sin control para extraer el carbón de turba de la zona-, que le enzarzó con los agricultores afectados en una larga cuita judicial por la titularidad de esos terrenos. Solventado el enfrentamiento con la declaración irrefutable del Dominio Público Hidráulico, el fallo no se llevaría, sin embargo, a ejecución. Poner el cascabel al gato -en este caso, al río- y desalojar a sus ocupantes supondría un choque de trenes entre el Estado y las casi omnipotentes comunidades de regantes y el sindicato agrario Asaja.

Salvados por un diluvio

En 2009, cuando los cultivos florecían y Las Tablas de Daimiel agonizaban de sed, las turberas entraron en un pavoroso proceso de combustión que aniquiló especies animales y vegetales, contaminó el entorno y provocó algunos accidentes humanos. Solo un invierno pletórico en precipitaciones podría obrar el milagro. Contra todo pronóstico, en aquella estación se superaron los 500 litros de lluvias por metro cuadrado. El cielo se ocupó de sofocar el incendio interno de La Mancha y de aliviar un acuífero caprichoso que no soltó lágrima hasta 2012, el año en que volvió a abrir sus Ojos verdes.

La buenanueva alentó a la Confederación, responsable del río y del embalse subterráneo, a desempolvar la sentencia del Supremo de 1994 y a empezar a amojonar el terreno público del río. Así lo explica, al menos, el presidente de la entidad estatal, José Díaz Mora. «La doble inscripción de esas tierras no origina más que tensiones y se pueden seguir generando posibles ventas e intercambios que pudren la situación. Por eso estamos intentado marcar sobre el terreno lo que es Propiedad Pública Hidráulica», explica. El procedimiento, complejísimo desde el punto de vista administrativo, abrirá previsiblemente en las próximas semanas un largo camino judicial. Porque el colectivo afectado no piensa quedarse de brazos cruzados. «Tenemos documentos que acreditan que estas tierras estaban catastradas como de cultivo desde primeros del siglo pasado. No pueden venir y decirnos 'márchate de aquí y búscate las habichuelas», sostiene con vehemencia el agricultor Jesús Pozuelo.

Su negativa a abandonar esas tierras es firme, pero negociable. Dicho de otro modo, «con una contraprestación» de por medio. «No las vamos a regalar», remata. Vamos, que reclaman al Estado una indemnización. José Manuel Hernández, integrante de la Asociación Ojos del Guadiana Vivos, enmarca esta postura en los «cientos de planes especiales de ayudas millonarias» que se han destinado a la comarca «y a los que nadie ha seguido el rastro». «Aquí los agroexplotadores o 'aguatenientes' están organizados, apoyados, y tienen muchos privilegios. Ahora buscan más dinero. Mire, cauce abajo hay un pozo ilegal de un particular. La Administración le ha comprado los derechos de agua por cerca de un millón de euros. Ni se le clasura, ni se le multa. Se le hace millonario. Es la mafia del agua; aquí, el pan nuestro de cada día», denuncia sin pelos en la lengua el naturalista.

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