La cara oculta del corcho

Levantó un imperio y amasó una de las mayores fortunas del mundo haciendo y exportando tapones de corcho. «Soy y he sido siempre un trabajador», decía cuando alguien le hablaba de su imperio. /
Levantó un imperio y amasó una de las mayores fortunas del mundo haciendo y exportando tapones de corcho. «Soy y he sido siempre un trabajador», decía cuando alguien le hablaba de su imperio.

La muerte de Américo Amorim, el hombre más rico de Portugal y el mayor productor del planeta, coloca en el punto de mira un sector en el que españoles y lusos son los mejores. Siete de cada diez tapones, de las 12.ooo millones de botellas que se fabrican al año, llevan su nombre

IRMA CUESTA

Cuentan que hace poco más de diez años, ante un nutrido grupo de estudiantes de la Universidad de Oporto, Américo Amorim confesó que estaba preparado para seguir encontrando fantásticas oportunidades de negocio durante los próximos siglos. «¿Por qué debería morir? Tengo un profundo sentido de la eternidad», bromeó cuando uno de aquellos aspirantes a empresario le preguntó si no se planteaba organizar su sucesión. El jueves pasado, cuando se supo que Amorim (Santa Maria da Feira, 1934-Lisboa, 2017) acababa de morir a los 82 años víctima de una neumonía, su marcha colocó en el punto de mira un sector en el que lusos y españoles somos los mejores, y la historia del hombre hecho a sí mismo; del chaval que tuvo que esperar a cumplir los doce para estrenar sus primeros zapatos y que, con tenacidad y un olfato envidiable, se convirtió en el mayor productor de corcho del planeta.

Cuando en 1870 el abuelo de Américo Amorim abrió un pequeño taller de producción de corchos en Vila Nova de Gaia, muy cerca de Oporto, ni en el mejor de sus sueños imaginó lo que a su estirpe le depararía el destino. Es probable que, al principio, ni siquiera al propio Américo, el quinto de los ocho hijos de uno de los vástagos de aquel modesto industrial, se le ocurriera fantasear con la idea de que un día se convertiría no solo en el hombre más rico de Portugal, sino en el rey de ese tejido vegetal que abriga a los alcornoques y que los botánicos llaman felema.

Su imperio está detrás de la producción de la cuarta parte del corcho del planeta

Estos días, mientras nuestros vecinos despiden a su particular Amancio Ortega, y sus tres hijas, Marta, Paula y Luisa, se colocan a los mandos de su más que bien nutrido grupo de empresas -y se reparten los 4.000 millones de euros en que 'Forbes' estima su fortuna- el mundo habla con admiración de quien fue capaz de lograr que siete de cada diez corchos, de los 12.000 millones de botellas que cada año se fabrican en el mundo, lleven su nombre.

El imperio creado por Amorim está detrás de la producción de la cuarta parte del corcho del planeta. Ni el devastador incendio que acabó con la fábrica de Gaia en 1944, ni la Segunda Guerra Mundial, ni los tiempos convulsos que vinieron de la mano de la Revolución de los Claveles, le quitaron las ganas. Ni siquiera la moda que a finales de los noventa llevó a buscar materiales más baratos para fabricar tapones y provocó una importante caída de las ventas del corcho, obligando a muchas empresas del sector a echar el cierre o buscar usos alternativos para la piel del alcornoque, desalentó al industrial.

En realidad, fue esa última embestida la que hizo que Amorim dedicara decenas de millones de euros a investigar la forma de producir el mejor producto; ese que hoy se disputan Roederer, Taittinger, Bollinger, Deutz o Veuve Clicquot y, por supuesto, los más preciados vinos del planeta. «Nadie puede imaginar una botella de Chateau Pétrus, de Vega Sicilia, de Brunello di Montalcino o de Penfolds Grande con un tapón que no sea de corcho natural. Incluso la mejor cerveza del mundo lo lleva», decía en los días en que echaba el resto tratando de combatir los estragos del TCA, las siglas con la que se bautizó al hongo que crece en el árbol y que a punto estuvo de acabar con su sueño.

"¿Por qué debería morir? Tengo un profundo sentido de la eternidad"

Américo, por entonces ya dueño de la mayor parte de los alcornocales del mundo, salió engrandecido de aquello. A partir de entonces su corcho no solo protegería los mejores brebajes, sino que se convertiría en el revestimiento perfecto para naves espaciales, aviones y trenes de alta velocidad.

Cuentan que Amorim pasó décadas yendo y viniendo de la fábrica en bicicleta -no se compró el primer coche, un Volkswagwen de segunda mano, hasta los 29- y que nunca dejó de ser el joven austero que adoraba viajar y que acabado un módulo de comercio y tomado el pulso a la empresa de la familia, hizo el petate y pasó cuatro años y medio recorriendo el mundo.

De aquello debió prender en él el ansia por la internacionalización y su empeño por llevar el corcho ibérico a decenas de países con los que Portugal ni siquiera mantenía relaciones. De hecho, fue el primer empresario portugués que entabló negocios con la Unión Soviética. Una amistad en la que alguno vio más que una cuestión puramente empresarial cuando, tras la Perestroika, un exespía rumano lo acusó de haber trabajado como agente de la KGB.

La realidad es que el asunto nunca preocupó lo más mínimo al empresario que, por entonces, ya poseía buena parte de los cerca de 2,3 millones de hectáreas de alcornoques que hay en la Tierra; fundamentalmente en la zona mediterránea y muy especialmente en la península ibérica, en donde crecen más de la mitad (736.000 en Portugal y 500.000 en España).

Quienes no le tuvieron mucho aprecio aseguran que era un tipo complicado, con repentinos cambios de humor y en ocasiones demasiado áspero. Pero lo que nadie se atreve a discutir es su contribución en el diseño de la industria portuguesa y en el sistema financiero de su país. Con el paso de los años, además de convertirse en el rey del corcho, Amorim invirtió en el Banco Nacional de Crédito, el BIC y Telecel, además de atesorar un 18,4% de las acciones de la energética Galp y un montón de terrenos en aquellos lugares, como Mozambique o Brasil, que recorrió siendo joven y que, según dijo, le ayudaron a crecer.

«Nuestro corcho es simplemente el mejor»

Dice Joan Puig, presidente de la Asociación de Empresarios Corcheros de Cataluña y portavoz de Cork, una iniciativa liderada por la Asociación Portuguesa de Corcho, la propia Asociación de Empresarios Corcheros de Cataluña y el Institut Català del Suro, que es imposible cuestionar el liderazgo de la península ibérica en la producción del corcho. Él sabe mejor que nadie que España comparte con Portugal la hegemonía absoluta desde que, hace un par de siglos, un señor llamado Dom Pierre Pérignon no solo fue capaz de inventar el champagne, sino de percatarse de las bondades del corcho como cierre de las vasijas que en aquella época (siglo XVIII) usaban los peregrinos compostelanos a modo de cantimploras. «Es lógico, porque es aquí donde está la materia prima. La cuenca mediterránea, y especialmente la península ibérica, es el único lugar del mundo en el que crece el tipo de alcornoques (quercus suber) que da el mejor corcho. Eso ha hecho que ambos países seamos responsables del 80% del total de la producción total -50% los lusos, un 30% nosotros- y que a estas alturas nadie cuestione que nuestro corcho es el mejor».

Puig maneja datos apabullantes. No es solo que España sea el segundo productor mundial de corcho, sino que este sector, con cerca de 150 empresas y alrededor de 3.000 empleos bajo su paraguas (más en el periodo de saca), genera cerca de 350 millones de euros anuales de facturación y en los últimos años, en buena parte obligado por las circunstancias, se ha convertido en unos de los sectores más avanzados del país desde el punto de vista tecnológico.

Puig cree que la moda surgida a finales de los 90 de apostar por tapones fabricados con materiales alternativos no llegó a ninguna parte. «Sinceramente creo que aquello fue fruto de una suerte de corriente de modernidad mal entendida vestida, eso sí, con una buena campaña de marketing. Hoy en día el mundo del tapón de plástico está a la baja. Venían a correguir algunas cosas pero terminaron empeorando otras», dice el portavoz de la patronal catalana exhibiendo informes que apuntan a que la inmensa mayoría de los consumidores y fabricantes del mundo opta por el corcho. «Manejamos estudios recientes que reflejan que en mercados como el de EE UU, el más potente en el mundo del vino, el 93% de los consumidores prefiere el corcho. Incluso en China, un mercado sin duda emergente, un 85 % cree que es el mejor método de cierre». Encantado de enumerar las bondades del corcho, Joan Puig solo lamenta que aquí, al contrario de lo que ocurre en Portugal, las instituciones públicas no arropen al sector como cree que se merece.

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