Bolkiah, el artesano del poder

Muda Hassanal Bolkiah saluda a sus súbditos tras protagonizar un desfile por sus 50 años en el trono. / oficina del primer ministro de brunéi
Muda Hassanal Bolkiah saluda a sus súbditos tras protagonizar un desfile por sus 50 años en el trono. / oficina del primer ministro de brunéi

El sultán de Brunéi procura sanidad y educación a sus súbditos, y muerte a pedradas a adúlteras y gais. Vive blindado en oro y es infalible por ley. Festeja 50 años como sátrapa

ICÍAR OCHOA DE OLANO

En Brunéi, un mordisco a Borneo del tamaño de Cantabria con vistas al mar de la China meridional, su monarca y a la vez jefe de Estado, de Gobierno y regidor en materia islámica está, efectivamente, en todo. Procura educación y sanidad gratuitas a su población -cerca de 410.000 habitantes-, la exime del pago de impuestos personales y le subvenciona el consumo de arroz; lapida a los homosexuales y las adúlteras; aplica otras medidas medievales por abortar, blasfemar o robar; y enchirona a los periodistas que se pasan de listos. Y, lo mejor, no hay quien le sople. Jamás yerra ni lo hará. Es como el Papa, infalible. Se ha ocupado de que la Constitución de su país lo deje bien claro. Así, con puño de hierro y guante de seda, el hombre de las cuatro cabezas -cinco si incluimos su rol de editor de noticias-, ha logrado cumplir cincuenta años consecutivos en el trono. Con permiso de la imperecedera reina de Inglaterra, ningún otro monarca pisa los talones a Muda Hassanal Bolkiah.

Poco amigo de salir de casa -el mayor palacio conocido con 1.800 habitaciones, cinco piscinas, una sala de banquetes para 5.000 comensales, una mezquita para 1.500 fieles, cúpulas doradas, caballerizas con aire acondicionado y un garaje con 5.000 automóviles-, esta vez, la ocasión lo merecía. Vestido de arriba a abajo con brocados dorados y acompañado por su primera esposa, la sultana Anak Hajah Saleja, y su prole de doce hijos, el soberano recorrió el centro de Bandar Seri Begawan, la capital del antiguo protectorado británico, a bordo de un carruaje tirado por cincuenta cortesanos engalanados con la divisa oficial: negro y oro.

A continuación, el áureo soberano presidía un banquete de gala en una colosal mesa con la forma de un anillo de alianza. Entre sus invitados, la birmana Aung San Suu Kyi, indolente ante el genocidio que se perpetra en su país contra los rohingya, o Rodrigo Duterte, el Mister Proper a tiros del narcotráfico en Filipinas. Lo que se dice una fiesta. El programa de fastos para conmemorar el longevo régimen del sátrapa de Brunéi promete nuevos y recargados capítulos. Se prolongará durante un mes e incluirá la inauguración del primer puente en suspensión por cable del país. Por dólares que no sea.

Petróleo y Michael Jackson

Heredero de una dinastía de más de siete siglos de antigüedad, Bolkiah llegó al trono en octubre de 1967, tras la abdicación de su padre. Seis años después, el nuevo sastre de esta monarquía absolutista, podrida de dinero gracias a las reservas de petróleo, gas líquido y carbón del país, se convertía en el hombre más acaudalado del planeta. Tras la crisis del oro negro en 1973, encabezaría durante años el ránking de la revista 'Forbes' hasta que la recesión financiera asiática, su gusto patológico por la ostentación y los dispendios familiares le han apartado de ella. No se apenen, no anda apurado para llegar a fin de mes. Su fortuna personal se estima en unos 13.600 millones de euros y en su mareante patrimonio figura el icónico hotel Beverly Hills, como otras propiedades de la cadena Dorchester, que hace tres años fueron blanco del boicot por parte de algunas estrellas de Hollywood. Bolkiah había ordenado aplicar la 'sharia', la ley islámica. Al año siguiente, en 2015, restringió el consumo de alcohol y la última ocurrencia ha sido prohibir la celebración en público de las Navidades.

Casado en tres ocasiones, se acabó divorciando de su segunda esposa, una azafata de Singapore Airlines, y de la tercera, una presentadora de la televisión de Malasia, para volver a los brazos de la primera. El divorcio llevó implícito el despojo de títulos y honores, pero es de suponer que ambas mujeres disfrutarán de una pensión holgada. Bolkiah podrá ser un tirano despiadado, pero también sabe ser un ricachón generoso. Ejemplos que lo certifiquen no faltan. En una ocasión pagó 6,5 millones de euros al difunto Michael Jackson para agasajar a su hijo, el príncipe Azim, en su cumpleaños -años más tarde, el chaval extendería un cheque de 1,3 millones a Mariah Carey por interpretarle tres canciones en un pase privado-; en la visita oficial de los Obama al micropaís, regaló a la entonces primera dama una sortija y un collar con diamantes y zafiros amarillos y unos pendientes de oro blanco, todo valorado en 57.300 euros. También sabe mimar a su plantilla. A cada una de las cinco encargadas de su imagen pública les paga 7,5 millones de euros anuales. El profesor de bádminton se embolsas 1,6 y su acupuntor y masajista, 1,5.

Hace bien. Lo dice la Carta Magna: el jefe de Estado «no puede equivocarse nunca como persona privada ni en su capacidad oficial». Mientras los hidrocarburos fluyan, el sultanato parece a salvo de las urnas y también de las primaveras al estilo árabe.

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