Gastrohistorias

El banquete del rey y los trece pobres

San Fernando rey, dando de comer a los pobres. /Antonio Casanova y Estorach, 1886. Wikimedia
San Fernando rey, dando de comer a los pobres. / Antonio Casanova y Estorach, 1886. Wikimedia

Hasta los años 30 fue costumbre que en Jueves Santo el monarca español lavara los pies y ofreciera una comida especial a trece pobres de Madrid

ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEA

El 2 de abril de 1931, doce días antes de la proclamación de la Segunda República, el rey Alfonso XIII llevó a cabo una de las costumbres más antiguas de la casa real española: lavar los pies de varios menesterosos y servirles personalmente la comida. Cumplía así con el mandato de Jueves Santo, una ceremonia basada en el evangelio según San Juan (capítulo 1) y su relato sobre cómo Jesus lavó los pies de todos sus discípulos en la Última Cena. El Papa sigue celebrando el lavatorio en Roma y en España casi todos los reyes lo hicieron desde que fuera instaurada esta costumbre por Fernando III de Castilla (ca. 1200-1252), el Santo.

Pensado que quizás a los pobres no les interesaba tanto la higiene corporal como llenar el buche, el real lavatorio incluía una cuchipanda a todo trapo servida por las mismas manos del rey más el regalo de las sobras. Para poder entrar en esa tómbola caritativa, en tiempos de Alfonso XIII era necesario ser español, mayor de sesenta años, feligrés de una parroquia de Madrid, no padecer ninguna enfermedad contagiosa y ser pobre de solemnidad. Candidatos no faltaron nunca. El número de pobres agraciados cambió a lo largo de la historia de trece a doce y en tiempos de María Cristina —esposa de Alfonso XII— se incluyó la presencia de mujeres para que fueran atendidas por la reina, pero el protocolo se mantuvo inalterado durante siglos. El 'lavatorio y comida de pobres del mandato de Jueves Santo' era una de las ceremonias más rígidas de la casa real y seguía la etiqueta de la casa de Austria a rajatabla.

A los pobres se les lavaba previamente, no fuera a ser que sus majestades vieran roña entre los dedos de los pies, se les vestía con ropas nuevas y se preparaban varias mesas poniendo a cada pobre cubierto, plato, salero y servilleta. El rey salía de la capilla de Palacio hacia el Salón de Columnas, recién terminada la misa de Jueves Santo, llevando detrás de sí una procesión de grandes del reino, ministros, cortesanos, guardias y demás curiosos. Se quitaba la capa, la espada y el sombrero a la vez que cogía una toalla. Lavaba los pies un poco por encima a cada uno de los afortunados y cuando terminaba les servía la comida, que pasaba de mano en mano desde el último sirviente hasta el primer noble y de éste al Limosnero Mayor, quien por fin se la pasaba al rey para que la colocara delante de cada pobre. A cada indigente se le daba un jarro con cuatro azumbres de vino, una copa, una jarra de agua y una cesta para guardar lo que no quisieran comer. ¿Y por qué no iban a querer comer, si no se habrían visto en otra igual en su vida? Ay, almas de cántaro, pues porque en vez de ponerse a engullir era mucho más inteligente guardar parte de las viandas y venderlas a precio de oro a la puerta de palacio. En plan fetiche, porque las había tocado el mismísimo rey.

Lógicamente la minuta de ese día seguía a pies juntillas la abstinencia de carnes pero incluso con esa limitación constituía un festín. Para que se hagan ustedes una idea de cómo eran estos banquetes, el de 1747 incluyó trece platos de pescado elaborado de distintas maneras (salmón cocido, congrio empanado, mero asado, lampreas empanadas, ostras en escabeche…), espinacas con pasas y piñones, arroz con leche y diversas frutas frescas y secas. El libro de cocina cuaresmal ‘Ayunos y abstinencias’ (Ignacio Domènech, 1914) incluye un menú de palacio en Jueves Santo —recetas incluidas— que nos permite comprobar que la oferta no cambió prácticamente nada en 200 años: de primero tortilla de escabeche, salmón, merluza frita, congrio con arroz y empanadas de sardinas. De segundo plato coliflor, alcachofas rellenas, salmonetes asados, pajeles y lenguados fritos, y como postre torta de hojaldre a la crema, arroz con leche, aceitunas, queso, frutos secos y naranjas. Puede parecer un chollo pero realmente era una ceremonia humillante. Como escribía Galdós en ‘La de Bringas’ (1884), «si todos los esfuerzos de la imaginación no bastarían a representarnos a Cristo de frac, tampoco hay razonamiento que nos pueda convencer de que esta comedia palaciega tiene nada que ver con el Evangelio».

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