La atleta vertical

La atleta vertical

Laura Orgué fue olímpica en esquí de fondo. Ahora es la mejor del mundo en las carreras cortas de montaña y una futura mediadora

FERNANDO MIÑANA

Laura Orgué se ha tirado toda la vida detrás de su padre. De niña, con su hermana, trepando por las montañas del Pirineo. En invierno, cuando la nieve extendía su alfombra entre la vegetación, se calzaban los esquís y de nuevo monte arriba y monte abajo. Y cuando a su padre, alto y flaco como un espárrago, igual que ella (mide 1,74 y pesa 52 kilos), le dio por las carreras de montaña... ella detrás. «Nosotros vivíamos en una ciudad, en Igualada, y en vacaciones, festivos y fines de semana nos íbamos al monte. En verano todos los días pensaba: '¿Por qué no me puedo quedar jugando en la plaza del pueblo como el resto de los niños? ¿No podemos ser normales?' Pero luego alcanzabas una cima o llegabas a un lugar precioso y se te pasaba. Ahora se lo tengo que agradecer». Y así, siguiendo a su padre, y haciéndose más mayor, más fuerte, más competitiva, se convirtió en una gran esquiadora de fondo.

Esquiaba desde los tres años, pero se tomó más en serio el baloncesto. Hasta los 17 años. «Los fines de semana mi padre se apuntaba a marchas populares de esquí de fondo y a mí, sin entrenar ni nada, se me daba bien. Un año, a los 18, decidí probar en un club de esquí de la Seu d'Urgell. Esquiaba toda la vida, pero sin técnica».

Joan Erola, que estaba al frente de la selección, vio algo en esa adolescente de ojos grises y se volcó con ella. Entrenamientos, concentraciones, competiciones... En dos años llegó 2006 y la sorpresa de que se la llevaban a los Juegos de Invierno de Turín para que se fuera rodando. «Me venía un poco grande y estuve a punto de renunciar, pero no lo hice». Hubo más. Vancouver 2010 y Sochi 2014, donde quedó décima, muy cerca del diploma olímpico, en el que ha sido el mejor resultado de un esquiador de fondo español.

Orgué ya volaba sola, pero no perdía de vista a su padre. Y si él se atrevía con una carrera de trail, ella también, claro. Cuando desaparecía la nieve, tiraba los esquís y sacaba la zapatillas. También se le dio bien desde el primer momento. Hace unos días, tras acabar cuarta en Fully (Suiza), la atleta de Salomon se proclamó campeona del mundo del Kilómetro Vertical, la variedad más corta del trail. En esta última carrera no había ni dos kilómetros de distancia, pero en ese corto espacio acumulaba más de mil metros de desnivel positivo, con una pendiente media de más del 50%. Una bomba. Subir, subir, subir. «Solo corrí el primer minuto, el resto es todo andar hacia arriba. No es un disfrute del paisaje sino de competir. Como era la última carrera, pasé del pulsómetro, pero calculo que llegué a 186 pulsaciones por minuto. Y no soy de las que más le sube. Lo más impactante es que vas toda la carrera por encima de 180».

Miedo a descender

Se le da bien eso de subir mucho en carreras cortas. Este año se ha proclamado campeona del mundo del Kilómetro Vertical por quinta vez. Falló el año pasado tras sufrir una caída esquiando en la que se rompió el peroné. La fractura se recuperó, pero el miedo a descender quedó ahí latente.

Mientras subía y bajaba montañas, Orgué, que tiene 31 años, se licenció en Derecho y, una vez más, siguió a su padre. Probó en su despacho, pero no le gustó y en 2016 hizo un máster en mediación. «Yo tengo tendencia a empatizar fácilmente con la gente y ahora tengo un proyecto personal que intento materializar, que es aplicar mi experiencia en el deporte con el Derecho. Mediar en los numerosos conflictos que surgen y ofrecer asesoramiento legal a los deportistas». Además, aunque aún no se ha estrenado, forma parte, como mediadora, del Tribunal de Arbitraje del Deporte de Cataluña.

Atrás quedaron ideas más románticas. El huerto que cultivaba con su anterior pareja o el curso que hizo para aprender a elaborar quesos de manera artesanal. «Me gustaba, pero es muy sacrificado. Los animales te necesitan los 365 días del año». Algo impensable para una mujer que vive entre Igualada, Berga y su autocaravana.

Ahora fantasea con ver cuánto vale en un maratón. Pero sin precipitarse. Hace años disputó la Cursa de Bombers, en Barcelona, y salió a lo loco. Iba tercera, pero a los cuatro kilómetros se desfondó. «Me empezó a pasar todo el mundo... Ahora quiero hacerlo bien». Correr no es ninguna broma para la catalana. Cuando algún amigo o familiar le anuncia que va a ir a verla, ella les lanza una advertencia. «No tengo nada contra vosotros, ni estoy enfadada ni nada, pero corriendo yo siempre voy concentrada mirando al suelo. No sonrío jamás». Ni a su padre.

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