Armados de temor

Armados de temor

La fascinación que sienten los estadounidenses por las armas, asentada en su historia y en una legislación muy permisiva, hace inevitables matanzas como la ocurrida hace días en Las Vegas

PASCUAL PEREA

Cuando Stephen Craig Paddock abrió la ventana del piso 32 del hotel Mandalay Bay de Las Vegas y abrió fuego contra la multitud que asistía a un concierto de música country, el pasado 1 de octubre, contaba con armas suficientes para invadir un país pequeño: 23 rifles semiautomáticos modificados con culatas 'bump stocks' para multiplicar su potencia mortífera hasta las 800 balas por minuto y una ingente cantidad de munición; en casa había dejado otras 25 armas, y en su coche 22 kilos de explosivos y 1.600 cartucheras. Durante diez largos minutos disparó a su antojo contra una muchedumbre despavorida, causando la mayor masacre en un tiroteo indiscriminado de la historia -58 muertos y cerca de 500 heridos- antes de suicidarse.

El tableteo de los disparos tuvo su eco acostumbrado: voces que preguntaban cómo es posible que el asesino hubiera acumulado legalmente tal arsenal, un clamor pidiendo la regulación de las ventas de armas y promesas difusas de mejorar la legislación para evitar que sucesos tan terribles se repitan en el futuro. Una escenificación calcada a la que se produjo hace un año cuando otro perturbado acabó con 49 vidas ante una discoteca para gais de Orlando, en Florida. La misma que sucedió a la muerte de 20 niños y siete adultos tiroteados en la escuela de primaria de Sandy Hook, en Connecticut, cuatro años antes. De hecho, una de las consecuencias de este terrible caso fue que estados como Dakota del Sur, Idaho, Tennessee, Carolina del Norte y Alabama permitieran que los profesores acudieran a la escuela armados, pues, como sentenció el vicepresidente de la Asociación Nacional del Rifle (NRA), Wayne LaPierre, «lo único que detiene a un hombre malo con un arma es un hombre bueno con un arma».

Lo cierto es que todos asumen que será prácticamente imposible poner fin a esta cadena de acciones y reacciones entre las matanzas indiscriminadas y la venta libre de armas para protegerse de otros hombres armados en Estados Unidos, donde hay más armerías -unas 55.000- que oficinas de correos. Un país violento por su historia, su cultura y su legislación. Cada año mueren en EE UU 33.880 personas por disparos de armas; unos 20.000 de ellos son suicidios; menos de un millar, el resultado de accidentes; y unos 13.000, homicidios.

Un desastre natural

«La soledad es terrible en Estados Unidos; allí el distanciamiento entre las personas es enorme, sideral. Y la soledad es mala consejera. A ello se une la proliferación de armas en un país donde siempre fueron tan importantes o más que la azada o el hacha, ya fuera para mantener alejados a los indios, para cazar o para defenderse del ataque de los osos. Eso ha perdurado desde la época en que los emigrantes europeos que huían del hambre se dirigían al Oeste, donde no había ni ley ni orden y tener un Colt o un rifle era vital para sobrevivir», explica el veterano periodista José María Carrascal, que ha pasado gran parte de su vida en aquel país. «En Europa no comprendemos la dependencia del estadounidense por las armas, la fascinación que le producen. Incluso ahora que tienen quien les proteja, la mayoría de los americanos piensan que tener un arma es lógico y normal. Cuando a esa soledad y a esa legislación que permite almacenar todo tipo de rifles automáticos, de alto poder mortífero, se suma la frustración, entonces se producen los asesinatos en masa que de cuando en cuando saltan a las portadas. Se han convertido en un desastre tan inevitable y tan natural como los huracanes».

En 2015, la tasa de homicidios por arma de fuego rondaba en Estados Unidos los 30 casos por millón de habitantes, lo que supone quince veces más que en España o Alemania, cincuenta veces más que en Francia o Noruega y 300 veces más que en Japón, según datos de la Oficina de Naciones Unidas sobre Drogas y Delincuencia (UNODC). Cuando Barack Obama anunció su intención de regular mejor este comercio, lo único que consiguió es que se disparase el acopio de armas en previsión de que se endurecieran los requisitos.

En 2009, según datos del Servicio de Investigación del Congreso de EE UU, había unos 310 millones de armas en el país para una población de 321 millones de habitantes. Tocaba, pues, a casi una por cabeza, una barrera que sin duda se ha superado en la actualidad -no se ha permitido elaborar un censo posterior-, dado que solo en 2013 se vendieron 16,3 millones de armas de fuego.

Sin embargo, este reparto no es homogéneo, lo que contribuye a que fanáticos de las armas se hagan con auténticos arsenales. En realidad, 'sólo' uno de cada cuatro estadounidenses adultos tiene armas, y el 3% de la población acapara la mitad de ellas, lo que supone que han acumulado una media de 17 por cabeza. Se calcula que 7,7 millones de personas tienen entre ocho y 140 armas de fuego. En un mercado tan saturado, la única salida para fabricantes y vendedores de hacer negocio es asentar la idea de que necesitas más potencia de fuego, más precisión de tiro o más artilugios como silenciadores o visores.

Cada Estado, su propia ley

La confusión aumenta al no existir una ley federal que regule los permisos de armas. Son las leyes estatales las que cubren este vacío, con el resultado de que cada uno de los 50 estados cuenta con leyes propias sobre la obtención, tenencia y manejo de armas en público, a la vista u ocultas... Así, en Georgia, y en virtud de la recientemente aprobada ley HB60, cualquier ciudadano puede entrar en iglesias, escuelas, bares, aeropuertos y edificios oficiales revólver al cinto, que podrá utilizar si considera que se siente amenazado.

En muchos estados, conseguir un arma automática es tan fácil como rellenar un formulario y acreditar la ausencia de antecedentes penales y la mayoría de edad. Es cierto que la legislación de la mayoría de los estados exige pasar un examen psicológico, pero es tan sencillo como responder un cuestionario con preguntas del tipo '¿Experimenta cambios de humor?' o '¿Cree que los demás hablan mal de usted?'. James Holmes, que mató a doce personas en 2012 en un cine de Aurora (Colorado), padecía un trastorno bipolar, pero pudo comprar sin ningún problema las armas con las que llevó a cabo la matanza.

Pese a todo, Javier Arnaiz, presidente de la Asociación Nacional del Arma, Anarma, asegura que las legislaciones española y americana no difieren mucho. «En esencia permiten lo mismo, la única diferencia es que el trámite es más largo en la española. Y hay que tener en cuenta que allí varía en cada Estado, e incluso en ciudades: Nueva York y California, por ejemplo, son más restrictivas que España».

Él defiende que las muertes violentas no guardan relación con el número de armas. «La prueba es que en las zonas rurales, donde hay más armas, el número de homicidios es bajísimo», razona. «Es un problema social: la vida allí es más dura y exigente, es el país con más diferencias de clase de todo el mundo desarrollado. La violencia anida en el entorno urbano: cuatro o cinco ciudades ponen casi todos los muertos, y el 60% de los delitos con armas los cometen personas de raza negra, la más afectada por la discriminación y la pobreza».

En su opinión, una legislación que prohíba las armas no solucionaría el problema. «Sobre todo porque el criminal no cumple las reglas -dice-. En Chicago, donde las pistolas están prohibidas, se producen al año nada menos que 450 homicidios; y el 80% de ellos tienen lugar en un solo barrio de cien mil habitantes. En Europa no nos protege la legislación sino la calma social; Finlandia y Suiza son sociedades muy armadas, pero socialmente muy estables, y apenas se producen homicidios».

También rebate que la sofisticación de las armas esté detrás de la violencia. «Se habla muy a la ligera de potencia de fuego y de letalidad. El arma que más daño hace es la escopeta de caza», puntualiza. «El rifle que más se vende en Estados Unidos usa una munición que la OTAN eligió por su baja letalidad, ya que considera que provoca más daño económico al enemigo causarle heridos que muertos. Es todo muy relativo. El primer condicionante en la letalidad de un arma es la determinación del que aprieta el gatillo de causar el mayor daño posible. Estos días se habla mucho de la culata 'bump stock' que usó el asesino de Las Vegas, pero no del trípode fotográfico que le permitió estabilizar el arma, y que también pudo adquirir libremente».

Desenfundar primero

«¡Sólo me lo quitarán de mis manos frías y muertas!», proclamó el fallecido actor Charlton Heston, blandiendo un Winchester 1866, el día que abandonó la presidencia de la Asociación Nacional del Rifle. Fundada en Nueva York en 1871 -presume de ser la organización de derechos civiles más antigua de Estados Unido-, la NRA tiene cinco millones de socios y una inmensa influencia en la sociedad americana. Su principal objetivo es proteger la Segunda Enmienda de la Constitución de EE UU, que consagra el derecho a poseer y portar armas tanto para la defensa personal como para actividades recreativas. Y su mayor éxito, implantar en el subconsciente colectivo de aquella nación la idea de que sus libertades civiles descansan principalmente en la posesión de armas.

«Es un país violento desde su mismo origen», plantea el veterano diplomático Inocencio Arias, que como representante de España ante la ONU vivió muchos años en Estados Unidos. «La Segunda Enmienda es para ellos algo sagrado, muy poca gente aceptaría que se cercenara esa facultad de portar armas. Además, existe un 'lobby' muy potente que gasta enormes cantidades de dinero en apoyar a los candidatos para ocupar cualquier cargo, tanto de un lado como del otro, y garantizarse su apoyo. Ahora hay más detractores, pero siguen siendo muy minoritarios. Ni siquiera Obama fue capaz de regularlo, más allá de impedir que se pudiera vender armas a gente perturbada. Los americanos han mamado desde pequeños que si alguien entra en su propiedad tienen derecho a disparar antes de preguntar. En España es difícil de entender, aquí no tenemos pistolas y si olfateamos a un delincuente llamamos a la Policía. Ellos, ante cualquier amenaza, se acogen a la legítima defensa. En todas las casas hay un arma, y los padres enseñan a sus hijos a usar el rifle o la pistola desde pequeñitos».

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