APOROFOBIA, LA PALABRA PARA DESIGNAR EL ODIO A LOS POBRES

La mitad de las 30.000 personas que viven en las calles españolas ha sufrido algún tipo de agresión, en el 30% de los casos por parte de jóvenes que iban de fiesta

ISABEL IBÁÑEZ

La mitad de las 30.000 personas que viven en las calles españolas ha sufrido algún tipo de agresión, en el 30% de los casos por parte de jóvenes que iban de fiesta. Ya hay una palabra para designar el odio o rechazo a los desfavorecidos: aporofobia.

La persona que dio nombre a este odio, hace 20 años, se llama Adela Cortina, catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia. Acaba de presentar el libro 'Aporofobia, el rechazo al pobre'. «No tenemos fobia al extranjero sino al pobre ('aporos' en griego). Nos molestan las personas que vienen en patera porque traen problemas, pero nadie manifiesta rechazo hacia los 75 millones de turistas extranjeros acomodados que han visitado nuestro país el último año». Alega que hay un componente cerebral que intenta que dejemos de lado a los pobres, «porque no nos traen beneficio». «Todos somos aporófobos», dice, aunque enarbola la plasticidad del cerebro, la educación, para reconducirnos. Les ofrecemos a continuación algunos testimonios de personas que han sufrido ese odio y que incluso han sido agredidas físicamente.

Cristina Sánchez | Empresaria de okupa con dos hijos «Vienen a darte dinero para que te acuestes con ellos»
Cristina pide en el metro de Barcelona.
Cristina pide en el metro de Barcelona. / LAGARDER DANCIU

Su historia es la confirmación de que a cualquiera en un momento la vida se le da la vuelta. Cristina Sánchez, 39 años, regentaba la floristería familiar en Barcelona cuando, por la crisis y la 'desaparición' del padre de sus criaturas, acabó arruinada y desahuciada por el banco con dos hijos pequeños. «La primera visita a los servicios sociales me espantó, porque lo primero que hacen cuando te ven así es abrir un expediente de desamparo para quitarte a tus hijos si fuera necesario, con lo que somos muchas las que no recurrimos ya a ellos. Eso es aporofobia institucional. Todo esto les pasa a muchas madres, te sientes súper atacada por ser pobre, te pueden quitar la tutela de tus niños sin pasar por un juez».

Y mientras sus hijos están en la escuela, ella pide limosna por las calles y el metro de Barcelona. Evidentemente, con dos niños de 5 y 3 años, no duerme en la calle; un conocido la ayudó en octubre de 2016 a dar la «patada en la puerta» para poder vivir de okupa. «Mis propios educadores sociales me lo aconsejaron». Y así sigue hoy.

«Al hacerlo, arriesgué mi libertad y ahora vivo en la ilegalidad. De la noche a la mañana. Vas pidiendo a familia y amigos hasta que ya no puedes más y descubres que puedes mendigar para llenar la nevera. Me llaman sinvergüenza con cara de asco y me dicen que me ponga a trabajar, aunque al 95% le eres indiferente. Yo me indigno y les digo que eso no es tan fácil». Conoce a muchas madres que han tenido que recurrir a la prostitución porque «si sabes que te pueden quitar a tus hijos, haces lo que sea. Yo no lo permitiría, mis niños y yo somos inseparables».

Asegura que dormir en la calle «es lo último para una mujer, por las violaciones, agresiones, el miedo a que se metan contigo. A mí me han ofrecido dinero por acostarme, vienen hombres del barrio que conocen mi situación a proponérmelo... Un hombre de 70 años me ofreció trabajar de jardinera en su casa cuando lo que quería era otra cosa... En fin, yo espero que mi vida cambie, pero, de momento, hemos formado un grupo de mujeres, madres en la misma situación, para pelear por nuestros derechos. Porque, a pesar de todo, lo peor es la aporofobia institucional». Su historia está en YouTube: 'Madre de dos hijos pidiendo en el metro de Barcelona'.

Fidel Arbillaga | Pudo escapar «Te insultan, es de noche, te vienen recuerdos... y lloras»
Fidel es ahora vigilante jurado y activista social.
Fidel es ahora vigilante jurado y activista social. / F. A.

Vivía con su madre en Sevilla desde que escapó de los malos tratos que le daba su marido. Pero en 2015 ella enfermó y, tras dos semanas en el hospital sin separarse de su cama, murió. Las deudas se acumulaban, tenía un trabajo precario y tuvo que dejar la casa de alquiler. «Me fui al albergue, donde estuve cinco días, y te puedo decir que no se lo recomiendo ni a un perro. Porque la empresa que gestiona ese centro se lleva nuestro dinero para dar de comer y acoger a la gente sin hogar, y no veas el servicio que dan. Aparte de que tienes los días contados».

Así las cosas, el gijonés Fidel Arbillaga, 51 años, acabó sin techo. Cuatro meses que no se los desea a nadie. «Soy vigilante jurado de profesión y he visto muchas cosas en la calle, pero es que es una jungla, literalmente. Como no seas un poco fuerte, no sobrevives. Me han llamado pordiosero, mendigo de las narices... Y te intentas hacer fuerte, pero cuando llega la noche y te quedas pensativo... Te vienen los recuerdos de tu vida, de tu madre que se acaba de ir... y te pones a llorar ahí, tú solo...».

Tuvo la suerte de dar con la asociación La Carpa, que, tras acogerle 78 días en un campamento con otras 200 personas, le ayudó a dejar las calles de Sevilla. «Aunque hay que decir que nos desalojaron de malos modos, hasta a los enfermos, tirando sus medicamentos a la basura, cuando estaba todo súper limpio... Eso también es aporofobia». Ahora trabaja de guarda jurado y colabora con ellos. «La calle me ha dado la oportunidad de conocer a gente maravillosa que contaba historias que encogían el corazón». Pero siempre tuvo claro que aquello no era para él: «Veía a muchos compañeros de la seguridad que habían acabado en la calle, alcoholizados, con drogas, algo en lo que yo nunca he caído, y andaban sonámbulos... Me vi reflejado y eso me impulsó a salir».

Habla de los jóvenes que agreden por diversión: «Proceden de familias acomodadas, que no les falta de nada porque se lo dan papá y mamá. No se dan cuenta del daño que hacen». Y reconoce que siente miedo. Del día a la noche, la cosa cambia. «Te tiran botellas a distancia, varios compañeros acabaron con heridas... Por Sevilla anda un hombre con medio cuerpo quemado porque le prendieron fuego en un cajero. De noche no duermes, duermes de día».

Rocío Roldán | Cuatro años sin hogar «Tiran botellas de cristal, caca de perro, orinan cerca...»
Rocío recibe la ayuda de la ONG Invisibles Coslada.
Rocío recibe la ayuda de la ONG Invisibles Coslada. / VIRGINIA CARRASCO

Tener una infancia y juventud complicadas, muy complicadas, no ayuda a generar una buena base para el futuro. No todos partimos con las mismas oportunidades. Y aunque esa es otra historia, para Rocío Roldán -30 años y dos hijos de 6 y 4- fue la raíz de que acabara viviendo en las calles de Madrid cuatro años. En 2006, la residencia de ancianos donde trabajaba cerró y se quedó con una mano delante y otra detrás. La primera noche se fue a un parque de Alcalá de Henares y no pegó ojo. Luego llegaron muchas más... «Me tiraban bolsas de basura, cacas de perro, orinaban cerca... Vendí mi móvil y me fui a Madrid, a pasar el día en la estación de autobuses de Avenida América para asearme. Pedía comida por ahí y por la noche me iba a las escaleras de una estación de metro poco concurrida. O a un parque».

Un año sola -«aprendí mucho, a defenderme, a valorar las cosas»-, hasta que conoció al legionario Manolo. Le llamaban Lolo, 60 años. «Por el día estábamos juntos, hablábamos de nuestras cosas, de las ilusiones, de dejar la calle». Y por la noche cada uno se iba a su sitio, hasta que descubrieron un teatro que había sido hotel y que estaba abandonado. Ahí empezó una buena etapa, porque en la calle, en medio de las penurias, también hay momentos felices. «Invitábamos a otros a dormir en nuestro 'hotel'. Una mujer a la que ayudaba a hacer la compra nos regaló un camping gas y un día cocinamos una pierna de cordero...». Claro que también sufrieron ataques. Una noche dormían en un cajero y unos chicos atrancaron la puerta, la rociaron con alcohol y la prendieron fuego. «Tuvieron que venir los bomberos a sacarnos».

Recuerda ver pasar a la gente y pensar que una vez fue como ellos, que qué le había pasado para acabar así... En una ocasión intentaron violarla en un callejón... «Le rompí la mandíbula con un hierro que encontré, ese no volverá a intentarlo». Y sufrió la pérdida de amigos, incluido Lolo: «Estaba muy mayor, le costaba respirar, llamamos al Samur y se lo llevó. Murió ese día». Empezó una relación amorosa con otro hombre de la calle con el que consiguió ir a una habitación de alquiler. Tuvieron un hijo, pero les quitaron la tutela por los malos tratos que él le daba y que le llevaron a la cárcel, donde hoy sigue. La otra hija que tuvo con él, Esmeralda, le ayuda a levantarse cada día.

Lagarder Danciu | 'Sin techo' y activista «Te quedas en la calle y entonces ves el genocidio»
Tras dos años sin hogar, hoy vive en la calle por elección.
Tras dos años sin hogar, hoy vive en la calle por elección. / L. D.

Se crió en orfanatos de la Rumanía de Ceaucescu -«allí vi de todo»-, aunque no se queja; de todo se aprende, dice, y siempre agradecerá la ayuda que le dio una de sus maestras, que le aportó educación y de comer. Harto de que se metieran con él por gitano y gay (y por pobre, claro), Lagarder Danciu, 37 años, se vino con 22 terminada la carrera de Trabajo Social. Primero a Portugal, donde conoció y denunció las redes de explotación de inmigrantes en el campo: «Setenta personas hacinadas en una casa con ratas, el poder que tiene el miedo de paralizarte y lo difícil que es salir una vez que has entrado en el círculo». Luego pasó a España, a trabajar en el campo andaluz, y después vivió una mala experiencia con unas oposiciones a Educación en las que denunció irregularidades. Ha pasado dos años de su vida en la calle.

«Descubrí este mundo y lo que vi es la bota de la opresión. La aporofobia es un síntoma, esas personas de la calle nos están diciendo que sigamos como esclavos del sistema porque si no acabaremos como ellos. Hay muchos casos de gente joven que te odia, que te ven como una bolsa de basura, les provocamos rechazo. A esos chavales que agreden yo no les metería presos, les daría dos o tres años de trabajo con gente de la calle para que arreglen su falta de empatía».

Dice que al quedarse sin hogar descubrió «el genocidio». «Al convivir con ellos te implican, y también generas mucha impotencia. La calle es un viaje que te lleva a la muerte». Señala que entre los desfavorecidos hay mucha diversidad; incide en que las personas sin hogar «no son solo las que duermen a la intemperie porque no se atreven a dar una patada a una puerta, sino los okupas, los que duermen en los coches, en las furgonetas, en tiendas de campaña...». Está empeñado en denunciar los servicios sociales que están gestionados por empresas privadas y exige que las instituciones públicas se hagan cargo de este asunto.

Le han dado patadas y puñetazos por la espalda. Hoy sigue durmiendo con personas sin hogar por elección, para hacerlas visibles. Por eso también ha escrito un libro, 'Sin techo' (Editorial Deskontrol). «Me encanta pasar la noche con ellos, estar cerca. Pero, después de los ataques, ya no me atrevo a hacerlo en la calle. Ahora estoy de okupa».

Miquel Fuster | 15 años en la calle «Me partieron la nariz con un adoquín y se reían»
El dibujante charla con chavales sobre su vida en la calle.
El dibujante charla con chavales sobre su vida en la calle. / ARRELS

Llevo 15 años fuera de la calle, el mismo tiempo que pasé en ella, y sucedió al principio... Pues lo recuerdo como si fuera ahora. Una noche, tres chavales bien vestidos, con buen léxico, se acercaron a hablarme y empecé a desconfiar. Pero uno de ellos dijo: 'Que le vaya bien', y yo pensé: '¿Se van a ir sin hacerme nada?'. Entonces vi el adoquín y, desde tres metros, me lo tiró a la cara. Me partió el tabique nasal; si me da más arriba me deja ciego o me mata. Se fueron riendo...». Dibujante de Bruguera, el catalán Miquel Fuster (Barcelona, 1944) acabó en la calle con cuarenta y pico por esas cosas de la vida; un desamor, un incendio que asoló su casa, el alcohol...

Aquella agresión no fue la única: «Los cajeros son siniestros, te van a quemar y estás encerrado, los fines de semana van a sacar dinero de madrugada hasta el culo de todo y te pasas el rato temblando... Una vez me dijeron: 'Este es de la cofradía de Don Simón'. 'Soy pintor', contesté. Se me quedó mirando y soltó: 'Te voy a dar una patada en los cojones y vas a ver'...». Decidió irse al bosque, a Las Planas, tras la montaña del Tibidabo, con manta, vino y tabaco. «El bosque de noche da mucho miedo, pero peor son los cajeros». Vinieron perros salvajes y los asustó gritando. Con algunas personas no funcionaría. De todos sus compañeros de la calle, ninguno se libró de ataques. «Te ven indefenso y lo hacen por diversión... Mala gente, cobardes en grupo, desalmados. Si les hablas mucho -dice- puede que te dejen en paz».

Más que de aporofobia, habla de vulnerabilidad: «Atacan al vulnerable, no se meten con un tío de 100 kilos, pero sí con uno de 50». Cuando la Fundación Arrels lo recogió, pesaba 42 kilos con 1,82 metros de altura; se le cerró el estómago, dejó de ir a los comedores sociales y se alimentó años «con vino, Coca Cola, azúcar y 14 paracetamoles diarios». Reconoce que la peor parte se la llevan las mujeres: «Tíos que van de fiesta y las violan... Aunque si no caen en el alcohol, que las machaca más que a los hombres, salen más fácilmente, encuentran trabajo...». Fuster, que vive bajo techo gracias a Arrels, contó su experiencia en el cómic '15 años en la calle', donde reflejó la agresión: «Se giró hacia mí... Era una sonrisa lenta que transformó el brillo de sus ojos en un júbilo anticipado de crueldad...».

Javier Toledo | En Albergues y parques «La primera noche es de locos. Miedo, frío, hambre...»
Javier, en un banco de un parque madrileño.
Javier, en un banco de un parque madrileño. / VIRGINIA CARRASCO

«La vida se te presenta con problemas y luego están los otros, los que te buscas tú», admite Javier Toledo, 28 años, que sufre desorden bipolar. Una gran discusión con sus padres fue la gota que colmó el vaso y de ahí pasó a vivir en albergues, en las salas de espera de los hospitales -«donde al menos estás caliente y no te mojas»- y, si no había otra, en bancos del parque, cajeros bancarios, furgonetas abiertas... «La primera noche en la calle es una locura, no sabes dónde ir, tienes hambre, miedo, frío, sueño... Y no duermes; como mucho, un par de horas, estás con un ojo abierto por lo que te pueda venir encima. En invierno se pasa muy, muy mal. Y en el albergue tampoco es fácil; allí me robaron el móvil, y hay alguno que se intenta aprovechar de ti sexualmente».

La medicación que toma para poder paliar su enfermedad le hace caer en un estado de somnolencia por la noche del que le cuesta salir, y por eso ha de tener más cuidado, porque eso le puede hacer blanco fácil de ataques. «Me tomo mis pastillas y en quince minutos estoy que me caigo, como sedado. En una ocasión en la que dormía en una habitación de alquiler, el dueño intentó abusar de mí y le tuve que acabar pegando...».

Dice que no le gusta pedir, quizá para un café, «porque no es agradable, y luego te dicen '¡trabaja!'. ¡Pero si me paso el día buscándome la vida! No saben que cuando te ven, inmediatamente piensan que no mereces la pena, que no vas a ser capaz de trabajar, de hacer nada». Tuvo la suerte de conocer a la gente de Invisibles Coslada, un proyecto de la asamblea 15M de esta localidad que se centra en visibilizar la situación de pobreza y desamparo de muchos de sus vecinos. Y son especialistas en atender y acompañar a las personas sin hogar. Ellos le ayudaron a poder dormir en un hostal. «Estoy tutelado por la Comunidad de Madrid y recibo una pensión, pero se la dan a mis padres y no veo el dinero».

La vida en la calle puede dificultar el dormir, pero no el soñar. «Me gustaría tener una habitación de forma definitiva, quiero estar siempre a cubierto, querría encontrar un trabajillo de mozo de almacén o de reponedor, y sacar dinero para poder vivir. Y una novieta. Y la lotería... Jaja, bueno, que me estoy pasando. En realidad, solo quiero lo justo para no tener que volver a la calle».

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