106 años dando el cante

El Tío Juan Rita admite que nunca le ha prestado especial atención a la salud. Y da fe de ello. / guillermo carrión
El Tío Juan Rita admite que nunca le ha prestado especial atención a la salud. Y da fe de ello. / guillermo carrión

El Tío Juan Rita es el artista más longevo de España. Improvisa versos que entona con la Cuadrilla de Aledo (Murcia). Pasó hambre y no se ha cuidado nada. «Si tenía sed me echaba una piedrecica a la boca»

ANTONIO PANIAGUA

No me he cuidado nada en la vida, ni ahora lo estoy haciendo. Todos los días me tomo mi café y mi copa de coñac, de esos baraticos como '1866'». Así habla el Tío Juan Rita, quien a sus 106 años es casi con toda seguridad el artista español más longevo aún en activo. Porque Juan Tudela Piernas, el nombre que figura en su documento de identidad, es un trovero, un improvisador de versos que canta con la Cuadrilla de Aledo (Murcia) cuartetas y quintillas, siempre con el acompañamiento de clarinetes, timples y guitarras. ¿Cuál es el secreto para cumplir un siglo de vida sin que el arte de la rima le abandone? El Tío Juan Rita no lo sabe muy bien. Quizá el secreto está en no preocuparse mucho por llegar a viejo y pasar hambre durante la preguerra, la guerra y la posguerra. Cuando las piernas y los riñones aguantaban se deslomaba segando esparto, labrando, pastoreando el ganado o haciendo de minero en las antiguas explotaciones de azufre. «Si me daba sed me echaba una piedrecica a la boca, me remojaba la lengua y con eso pasaba el día, y ya está». Juan Tudela recibirá el 9 junio la Medalla de Oro de la Región de Murcia por ser el custodio de la tradición oral y el folclore. Si el Tío Juan hubiera nacido en Galicia sería un regueifeiro, un bertsolari en el País Vasco, un repentista en Cuba y Brasil o un huapanguero en México. En definitiva, un poeta oral de raíz popular que alumbra versos efímeros, sin necesidad de conocer lo que es una rima asonante ni consonante. «No he sabido lo que es una escuela. Sé leer y escribir casi de casualidad. Un aficionado a maestro que salía por los campos iba cada ocho días por la noche a mi pedanía y nos daba un repaso con la cartilla. Para enseñarme a escribir me ponía una miajica de muestra. Pero ya no puedo, ahora me tiembla el pulso».

Es un hombre bienhumorado -«he sido juerguista en lo que cabe y me gustan las mujeres porque soy hijo de ellas»-, aunque llegar a la centuria también conlleva amarguras. Ha tenido tres hijos y visto morir a uno de ellos, el mayor, con 72 años. Los que le quedan tienen 80 y 77. El que iba a ser el cuarto nació muerto. «La comadrona tuvo la mala suerte de tocar por donde no era y lo mató». Con todo, no se puede quejar de estar solo, le acompañan una legión de amigos, once nietos y veintitrés biznietos.

Estuvo en el frente dentro del bando republicano, aunque puede jactarse de haberse pasado la Guerra Civil sin pegar un solo tiro. Todo porque fue cocinero. «Estaban orgullosísimos de mí porque daba de comer muy bien, casi siempre la misma cosa: garbanzos y lentejas, y lentejas y garbanzos. Yo nunca en mi vida lo había hecho».

Los más desvergonzados

Tocado por el ingenio repentino, remata los trovos con gracia, sabiendo que los más aplaudidos son los más desvergonzados. Lo sabe de sobra porque lleva canturreándolos desde que era un crío, a los ocho años, cuando se juntaban los amigos. Uno se inventaba una coplilla y los demás le secundaban tocando trozos de caldero.

El viejo trovero camina con dificultad y siempre va agarrado del brazo de alguien, especialmente de Javier Andreo, su nieto musical y miembro de la cuadrilla, quien le inspira confianza. Si se aburre inventa trovos y espanta el mal humor. Nunca se queda en blanco, de modo que si el verso tarda en brotar sale del apuro con reflejos, con lo primero que surge en su mente, «porque el trovo tiene que salir como una carretilla».

Gracias a su oficio ha viajado por España y ciudades francesas como París, Montpellier, Grenoble y Aviñón. Allí se conoce el talento del Tío Juan Rita, un sobrenombre que heredó de su abuelo paterno, que como él fue pastor, y que cuando ahijaba un borrego llamaba al ganado con la interjección de 'rita, rita'.

Por estos días no para de recibir homenajes. En el pasado carnaval su paisana Bárbara Rey le hizo entrega de la Máscara de Oro de Totana. «Se enganchó a darme besos y yo creía que me iba a matar. He sido muy amigo de su padre y de su madre». Está seguro de que el trovo no morirá, dado que hay dignos sucesores, como su «nieto postizo», Javier Andreo, del que no se despega. «Me abre muchos caminos. Tiene mucha inteligencia, ha leído y sabe bastantes cosas. Con él hacemos coplas a verso cortado», que son quintillas compuestas por varios troveros. Cada uno improvisa un verso de manera alterna hasta culminar la estrofa.

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