«Si amanece un muertito, es que se salió del caminito»

Control policial en el pueblo de Valle de Bravo.
Control policial en el pueblo de Valle de Bravo. / L. López

«Aquí el 'narco', el Gobierno y el pueblo vivimos en paz». Lo cuenta Dionisio, que repartía cervezas en los campos de marihuana y amapola entre México y Michoacán

LUIS LÓPEZ

«Aquí le decimos: 'Cada quien en su tiendita', que quiere decir que cada uno se ocupa de su negocio. Y es así que el 'narco', el Gobierno y el pueblo vivimos en paz y nos ayudamos unos a otros». Dionisio es un mexicano grande y bigotón con vocecita de niño pequeño. Ya se acerca a los sesenta años y vive en la región boscosa y abrupta que se extiende entre los estados de México y Michoacán. Un lugar tranquilo. Aquí está el Valle de Bravo, emplazamiento elegido por las elites del país para pasar los fines de semana en sus fincas, al fresco del embalse. Por eso es una especie de remanso con respecto a la convulsión violenta que sufre el resto del país. «Aquí no nos metemos unos con otros, al contrario, nos ayudamos, nos cuidamos. Cuando nos cruzamos por la calle nos decimos, 'bonito día hoy', '¿qué tal la familia?', 'Dios le bendiga'. Y si alguien hace algo mal para el turismo, el propio 'narco' le castiga».

- ¿Cómo le castiga?

- Ya saben ellos...

Digamos que estamos en una zona franca de violencia, como es Yucatán o Campeche, al sur, donde dicen que viven las familias de los grandes señores del narcotráfico mexicano; como era en su día Cartagena de Indias en Colombia, cuando el resto del país era una carnicería en llamas.

Antes de que el lugar se pusiese de moda para el solaz de los potentados, los cultivos de amapola y marihuana estaban en las zonas bajas. «Andaban muy a la vista y no podía ser, así que se los llevaron arriba, a la sierra y a las cañadas». Allí, decenas de hombres armados cuidan ahora de las plantas y protegen el lugar. Pero todo es tranquilo. «Los del 'narco' no agreden a nadie, si usted se acerca por allá sólo le dicen que no se meta por la cañada, que no se puede pasar, pero no tiran balazos. Los señores no quieren muertitos aquí, 'no matéis a nadie', les dicen a sus hombres. Aquí vivimos en paz».

Durante mucho tiempo Dionisio tuvo una especie de concesión otorgada por el 'narco' para surtir de cerveza a esas plantaciones donde ya no se mata a la gente. Sólo él podía circular por los caminos de tierra con su camión desvencijado y su cargamento de Corona, Victoria, Negra Modelo y hielo. Como el lugar carece de infraestructura alguna más allá de un puñado de chamizos destartalados, el personal cava agujeros en estas precarias construcciones, los forra con serrín, y ahí se conserva durante horas el hielo que enfría las botellas.

«Me bajaba con buena 'lana' de la sierra, con mucho billete...», dice divertido, y mueve sus manos como para abarcar esos fajos imaginarios que ya no tiene. Además, allí arriba abundaba la buena gente solícita a hacer favores: «Me decían que si alguien me faltaba al respeto, les dijera, que ya ellos intervendrían. Así nos cuidamos unos a otros».

Dionisio dejó esa vida hace un tiempo porque ya no tiene edad para andar botando por caminos repletos de hoyos ni para cargar grandes pesos. Pero los códigos siguen siendo los mismos.

- Esto no es tan tranquilo como usted dice...

- ¡Cómo no!

- Hay asesinatos.

- Cuando amanece un muertito por aquí o por allá es de los 'narcos', es entre ellos. Y sólo pasa cuando alguien se sale del caminito, que le decimos aquí, cuando hay gente que se quiere poner por su cuenta. O cuando alguien divulga. O cuando alguien deja de estar 'alineadito' y se quiere salir. Si se sale o divulga, es cuando le matan a uno. Si no divulga, todo está en paz. También puede pasar que venga una mafia mala de fuera, y entonces la mafia buena, la de aquí, es cuando dice, 'quiero que me apaguen a esas personas'.

En fin, que no gustan los soplones, ni los chismosos, ni los que presumen, ni los que llegan a competir por el negocio.

Dice Dionisio que la relación con el Gobierno, en general, es fluida. Por las carreteras hay controles policiales de aspecto agresivo que dan a la región un aire como militarizado. «Pero son tranquilos», asegura. «Cuando el 'narco' tiene un cargamento les avisan para que no les vayan a molestar. Como les dije, cada cual en su tiendita». Por supuesto, de vez en cuando hay un enfrentamiento a balazos, porque así tiene que ser, «y entonces ya sabemos que tenemos que darnos la vuelta».

Pero, de normal, la convivencia es plácida en una región donde hay que conocer mejor las leyes no escritas que las que sí están escritas. Por ejemplo, hay una zona donde nadie puede entrar armado, la que rodea al pueblo de Valle de Bravo, y cuyos accesos están vigilados por controles policiales. «De ahí para allá hay que ir 'limpito'», dice Dionisio señalando el operativo al que rodean filas de conos alineados y destellos azules y rojos. «Los jefes 'narco' y sus hombres dejan sus armas en sus camionetas unos metros antes y piden taxis. Ahí van con sus mujeres y sus hijos a hacer sus compritas, a tomar sus traguitos... Aquí saben que están tranquilos, y ellos no se meten con nadie». A veces se sabe que llega alguien gordo, narcos muy importantes, porque aparece «una 'mara' de carros negros, diez por delante y diez por detrás, sobre todo camino de Avándaro».

Avándaro es una población próxima donde hace cuatro décadas se celebró un festival de rock cuyo recuerdo aún conmociona a los lugareños. «Allí estaban hombres y mujeres venidos de todas las partes del país y de América, desnudos, bebiendo, drogándose... Un puro relajo».

¿No resulta curioso que escandalice tanto que alguien se drogue en un lugar donde se cultiva tanta droga? «La droga nunca se va a acabar», alega Dionisio. Es un negocio que genera beneficios, y si esos beneficios se quedan cerca, mejor. «Aquí los señores tienen sus ranchos, sus fincas, sus laguitos, compran sus bosquecitos, y ponen a la gente a cuidar de todo. Hay trabajo para todo el mundo. Y todos vivimos en paz».

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