«Mi chica me dice que soy atractivo y yo me lo creo»

Raúl Gay, autor de 'Retrón. Querer es poder (a veces)', en la presentación de su libro./
Raúl Gay, autor de 'Retrón. Querer es poder (a veces)', en la presentación de su libro.

Raúl Gay nació sin brazos y con las piernas atrofiadas. Odia la compasión y los relatos de autoayuda. Es ateo desde que un cura le bautizó y al rato le dio la extremaunción. Lo cuenta en un libro que destila humor negro

ANTONIO PANIAGUA

A Raúl Gay las manos le nacen directamente de los hombros. Mide 1,20 metros de estatura y vino al mundo con las piernas atrofiadas -los pies, a la altura de las ingles-. Los médicos le dieron pronto por desahuciado. Sufre focomelia, una enfermedad que hace que sus manos se asemejen a las aletas de una foca. Otros en su caso estarían amargados, pero a Gay le anima un sentido del humor negro e irreverente que le mueve a reírse de sí mismo. Este periodista de 35 años y licenciado en Ciencias Políticas nunca pensó escribir un libro sobre la discapacidad, entre otras cosas porque detesta los relatos de autoayuda y superación.

Al final, una editora persuasiva le lio y alumbró un libro duro y divertido a la vez, cuyo mayor mérito es su impúdica sinceridad. 'Retrón. Querer es poder (a veces)', publicado por Next Door, recoge sus vicisitudes diarias y las dificultades para desenvolverse en la vida, incluso las más escatológicas. «La discapacidad es una putada. Si se carece de una cuenta corriente saneada para pagar ciertas ayudas técnicas, la vida no es agradable. Muchas cosas no puedo hacerlas y las que puedo me cuestan más tiempo, más esfuerzo y más dinero», asegura.

Raúl ha estado varias veces a punto de morir porque, como él mismo dice, sus órganos «fallan más que un módem de Telefónica». Su existencia está llena de contratiempos. Puede ponerse una camiseta, pero no abrocharse el abrigo. Puede comer con tenedor, pero no cortar la carne. Ha adquirido cierta pericia para coger una cerveza del frigorífico siempre que no esté muy al fondo o bajar una escalera de culo. Puede incluso, como Neruda, «escribir los versos más tristes esta noche», pero pulsando las techas en el móvil con el labio inferior. «Si lo hago a mano nadie va a entenderlos».

«Eres un egoísta»

Con sus padres ha hablado poco sobre los detalles de su nacimiento. No le apetecía hurgar en historias de incubadoras ni de un cura demasiado diligente. Al enterarse el sacerdote de que el crío estaba en las últimas, tan pronto como le bautizó le dio la extremaunción. Es probable que ahí empezara a cuajar su descreimiento hacia todo lo religioso. Un sentimiento que se exacerbó años después, cuando fue al colegio. Entonces un profesor de Religión demandó a sus alumnos que escribieran en un papel una petición a Dios. Mientras sus compañeros desearon la paz mundial o la erradicación del hambre en el mundo, Raúl pidió tener unos brazos fuertes. «Al cura no le gustó y me dijo que era un egoísta».

Con 32 años nunca había tenido novia. Ahora, con 35, está casado y su mujer espera un hijo que, a la vista de las ecografías, no heredará su patología. Si las pruebas diagnósticas hubieran dicho lo contrario, Raúl y su mujer, Elena, habrían recurrido al aborto. «Ya estamos pensando que tendrá que aprender a cocinar para nosotros y ser lo más independiente posible; su padre no lo va a poder coger mucho en brazos».

A la hora de escribir, Raúl lo hace con un estilo impúdico. Puede que su descaro se deba a que para llevar una vida normal tenga que depender de favores incómodos, desde que alguien le desvista a que le peinen por las mañanas. Un criterio para decidir si invitaba a un amigo a su boda fue si le había acompañado al baño. Los que lo hicieron entraron en la lista.

Antes de conocer a su esposa frecuentó los prostíbulos y era un asiduo de las plataformas digitales para ligar. No le importa reconocer que perdió la virginidad en un burdel. «Los discapacitados no somos asexuales. Tampoco solemos ser atractivos. Entre Brad Pitt y yo, la gente suele elegir a Brad Pitt. Está muy arraigado el tópico de que hay que fijarse en el interior, ¡ya! Eso no quita para que mi chica me diga que soy atractivo, y yo me lo creo».

Gay no es de esos discapacitados que tratan de vencer la adversidad escalando una montaña. Abomina de ese latiguillo de «querer es poder», como si todo dependiera de la voluntad y el esfuerzo. Comprar una silla de ruedas eléctrica le sale por 4.500 euros. Para hacer su casa accesible tuvo que reformar baños y ventanas, automatizar persianas, quitar el escalón de la terraza. Unas reformas que le costaron 30.000 euros. «Si eres discapacitado tienes que contar con una base económica fuerte, que en mi caso provenía de mis padres». Ellos le han reprochado que se haya expuesto tanto, pero creía necesario derribar tabúes. «Le dije a mi editora que iba a hacer un 'striptease' casi integral. No era por vender más o alimentar el ego. Se habla mucho de escalones y rampas, pero a mí lo que más me limita es no poder ducharme, vestirme o ir al baño solo».

Tras pasar más de una decena de veces por el quirófano (cuando le hacían análisis de sangre le pinchaban en el cuello), sus pequeñas piernas están ahora moderadamente enderezadas. Gracias a unos aparatos que refuerzan sus extremidades, puede realizar paseos cortos sin que sus huesos se fracturen. Su caminar bamboleante recuerda al de un tentetieso. «Manuel Fraga, en sus últimos años, imitaba mi andar», señala este zaragozano, amigo de otro paisano en silla de ruedas: Pablo Echenique, el dirigente de Podemos.

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