Las Provincias

Un policía resuelve el asesinato de Ötzi

Misterio. Dos alpinistas, junto a la momia  descubierta por el deshielo. A la derecha, recreación de Ötzi y, abajo, el inspector Alexander Horn. :: r. c.
Misterio. Dos alpinistas, junto a la momia descubierta por el deshielo. A la derecha, recreación de Ötzi y, abajo, el inspector Alexander Horn. :: r. c.
  • El museo italiano que exhibe la momia del 'hombre de los hielos' encarga a un inspector alemán reconstruir los días previos a su muerte, hace más de 5.000 años

Alexander Horn pasaba un día más en la oficina cuando una llamada le trasladó el encargo más extraño de su vida. Durante su brillante carrera profesional había desentrañado decenas de asesinatos enrevesados. Unos violentos, otros misteriosos. De todo tipo. Pero ninguno como el que suponía este cadáver que ponían en sus manos. Porque la propuesta, más bien un reto, era especialmente particular: resolver un crimen de hace 5.300 años.

La llamada la había realizado Angelika Fleckinger, la directora del Museo de Arqueología del Tirol del Sur, en el norte de Italia, que desafió al reputado Horn a resolver el misterio de Ötzi, la momia del personaje conocido mundialmente como 'Iceman', el hombre de los hielos.

A 'Iceman' se lo encontraron Erika y Helmut Simon, dos montañeros alemanes que caminaban aquel 19 de septiembre de 1991 por el glaciar de Val Senales, en la cresta de los Alpes de Ötztal, un nombre que inspiró al periodista vienés Karl Wendl a bautizar aquella momia como Ötzi. El calentamiento del planeta había consumido parte de aquella lengua helada y dejó al descubierto un cuerpo que aquellos andarines interpretaron como un cadáver reciente. Paradójicamente, a Helmut Simon se lo encontrarían años después muerto en medio de una montaña alpina. El matrimonio llamó a la Policía austriaca y a los carabinieri porque no tenían muy claro a qué país pertenecía aquel remoto lugar a 3.210 metros de altitud que, como se comprobó después, estaba en Italia pero a solo 93 metros de la frontera.

Cuando el inspector Horn viajó a Bolzano, donde se encuentra el museo que cobija a Ötzi, aplicó el mismo método que había utilizado con cadáveres 'calientes': examinó el cuerpo de arriba abajo, realizó una inspección ocular del lugar de los hechos e interrogó a los 'testigos', que en este caso eran arqueólogos del museo y expertos en medicina forense, radiología y antropología. La vieja osamenta de, aproximadamente, el año 3.200 aC, durante la Edad de Cobre, conservada milagrosamente bajo ese manto de hielo húmedo, se encuentra desde 1998 en una cámara que reproduce las condiciones del glaciar.

Porque hay momias tan antiguas como Ötzi, pero ninguna tan bien conservada. Sus 'contemporáneas' eran fruto de un rito y, además de estar preservadas con productos químicos, les habían sustraído los órganos internos. El gran valor de la momia del hombre de los hielos, que atrae cada año a 300.000 turistas hasta Bolzano, es que el hielo mantuvo los órganos y la piel casi intactos. Ahora se pretende que siga igual durante siglos gracias a una temperatura constante de -6º y una humedad del 99%. Y, aún así, para que no se reseque, se pulveriza regularmente con agua estéril.

Los órganos dieron información muy valiosa a Horn, que pudo averiguar qué había en su estómago 5.300 años después de sus últimas comidas: carne de cabra montesa, trigo Einkorn, algo graso como queso o tocino y helechos. El inspector muniqués encontró un patrón después de examinar a la víctima. Ötzi murió por la punta de pedernal de una flecha que se clavó en su espalda, bajo un hombro. Pero en su mano pudo hallar otra herida, un corte profundo que permitió al detective conjeturar con una pelea previa, quizá en su aldea, de la que debió salir triunfal porque no hay más cicatrices ni hematomas.

Luego, según dedujo Horn, se marchó bien provisto de víveres y rescoldos dentro de una corteza de abedul con los que hacer un fuego y subió a la montaña, donde fue sorprendido por su enemigo, algo que dedujo porque iba sin prisas y montó una especie de campamento en un barranco protegido -el Yugo de Tisa- donde extendió todas sus pertenencias y media hora antes de su muerte había ingerido una buena comida. «Si estás en apuros y lo prioritario es huir de alguien que trata de matarte, (un almuerzo opíparo) no es algo que tú haces», razonó.

Atacado por un vecino

Ötzi, un viejo de 45 años que se conservaba en buena forma, cuerpo fibroso de unos 50 kilos de peso y 1,65 metros de estatura, fue atacado por la espalda por alguien, una persona que quiso evitar un enfrentamiento cuerpo a cuerpo y le mató con una flecha lanzada desde unos 30 metros que se clavó junto a la axila y le cortó la arteria subclavia.

Horn descartó el móvil del robo al comprobar las pertenencias del cadáver, entre las que había un hacha de cobre, un objeto de gran valor en aquel segmento de la historia, que también le hizo concluir que podía ser un vecino suyo. «Si vuelves a tu aldea con un hacha tan inusual, sería bastante obvio lo sucedido».

De 'Iceman' se sabe mucho más. Que el cobre de su hacha -el primer metal con el que el hombre produjo armas y herramientas- provenía del sur de la Toscana. Que era intolerante a la lactosa y que su sangre era 0+. Que vestía con unos pantalones de piel de cabra, un abrigo que mezclaba pieles de cabra y oveja y un gorro de oso pardo. Que lucía 61 tatuajes, básicamente líneas y cruces, hechos con incisiones en la epidermis con polvo de carbón, y que no era por motivos ornamentales sino, sospechan, por una función terapéutica, una especie de acupuntura para aliviar dolores. Y los restos de polen permitieron acotar que el incidente se produjo a finales de la primavera o al principio del verano. Vamos, prácticamente un crimen resuelto. Aunque Horn tuvo que rendirse con algún fleco. «No soy optimista con que podamos encontrar al asesino de Ötzi», bromeó.

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