Las Provincias

Radiografía del castrismo

Radiografía del castrismo
  • Desde Sierra Maestra al hundimiento de la URSS, los ecos de la revolución cubana han reverberado en todo el mundo

En una destartalada población del interior de Angola, entre palmeras y viejos chalés destartalados de la época colonial portuguesa, una comitiva de periodistas se encontró a finales de 2002 con un cubano que regentaba un modesto restaurante. «Vivo aquí porque, digámoslo así, no le caigo bien a Fidel», ironizó, mientras servía pollo con arroz a los forasteros.

A unas decenas de kilómetros se alzaba una escuela que un obispo español quería rehabilitar y a la que sólo se podía llegar por una senda en medio de un campo minado. Ese lugar había sido escenario de encarnizados combates entre las tropas cubanas que apoyaban al régimen socialista de Eduardo Dos Santos y las fuerzas rebeldes de Jonas Savimbi, reforzadas por soldados surafricanos. En 2001, la guerra civil había terminado, pero en Angola se quedaron algunos cubanos. Dos de ellos pilotaron el avión que transportó a los visitantes a un campo de refugiados en la frontera con el antiguo Congo belga, el país que el Che Guevara había conocido en 1965. Acompañado por un grupo de cubanos de raza negra, entraron en la región, asolada por las guerras civiles, para que se adhiriera al antiimperialismo de la época.

En los sesenta, el mundo estaba inmerso en la Guerra Fría. Desde el alzamiento de Sierra Maestra, donde el único comunista que había era Raúl Castro, los ecos de la revolución cubana reverberaron en todo el mundo. Influirían en movimientos de izquierda y en grupos terroristas europeos -algunos no se acuerdan de ello-, y llegarían al Magreb (guerras de Argelia y el Sáhara), al África subsahariana (República del Congo, Angola, Mozambique y Etiopía), y a Bolivia, país este último donde el Che desembarcó en 1966 para crear un foco guerrillero cuando el Gobierno local ya había concedido algunas tierras a los campesinos indígenas. Allí terminó su biografía real, en 1967, y empezó la leyenda.

Veintidós años de leyenda, para ser más precisos; los transcurridos hasta el hundimiento de la Unión Soviética en 1989. En todo ese periodo, La Habana apoyó y dio cobijo a revoluciones y movimientos armados en todo el mundo (en Latinoamérica, por citar dos, la revolución sandinista y la de la isla caribeña de Granada, invadida por Estados Unidos en tiempos de Reagan). Sin embargo, con la caída del Muro de Berlín arrancó el proceso de depauperación económica y política de Cuba, cuyo influjo exterior cambió de signo. El legado de Castro evolucionó hasta apadrinar la 'revolución bolivariana', un movimiento populista que surgió en Venezuela y cuyos actuales albaceas son el régimen chavista de Nicolás Maduro y los gobiernos de Quito y La Paz. La influencia diplomática que conserva La Habana ha quedado patente en el final de las FARC en Colombia, que se ha cocinado en la capital cubana.

El desastre de Cochinos

Este devaneo del castrismo por la escena internacional, su marcha hacia el marxismo y su imagen de resistencia frente a la gran potencia de EE UU, tiene tres momentos cruciales. El primero es el embargo estadounidense decretado contra Cuba en 1960. El segundo es el desembarco de 2.000 cubanos en la bahía de Cochinos en 1961, una operación contra Fidel Castro financiada por la CIA que acabó en un desastre por estar mal planificada (se hizo de noche). Y porque Kennedy, que llegó a la Casa Blanca cuando el proyecto estaba en marcha, decidió no apoyar militarmente a los sublevados, que se quedaron solos.

El tercer hito del castrismo se produjo un año después, cuando estalló la mayor crisis nuclear de la historia. Estados Unidos tenía desplegados misiles Júpiter en Turquía (podían llegar en diez minutos a Moscú), y la Unión Soviética colocó baterías nucleares en Cuba. Cuando Kennedy ordenó el bloqueo marítimo de la isla en 1962, Fidel Castro pidió a Kruschev que atacara. En el último momento, Washington y Moscú negociaron al margen de La Habana. A cambio del desmantelamiento de las baterías soviéticas, Kennedy se comprometió a no invadir Cuba y aceptó retirar su arsenal en Turquía.

El entonces secretario de Defensa de EE UU, Robert McNamara, confesaría después que, efectivamente, el mundo estuvo a punto de ser destruido por una guerra nuclear. Esa afirmación fue matizada por un exmilitar soviético que estuvo en La Habana durante la crisis. Era un niño de la guerra que, siendo soldado en la URSS, fue enviado a Cuba para hacer de intérprete entre un general ruso y los jefes cubanos. Conoció fugazmente a Fidel y Raúl. «Todos los días sobrevolaba la isla un avión americano que la fotografiaba palmo a palmo -relató a este periódico-. Los cubanos no le podían acertar porque iba demasiado alto, de modo que preguntaron a los rusos si tenían algo para darle. Así empezó todo».