Las Provincias

El paraíso agrietado

Con García Márquez, una amistad mantenida hasta la muerte. :: reuters
Con García Márquez, una amistad mantenida hasta la muerte. :: reuters
  • La fascinación de los intelectuales por Castro duró solo una década, hasta el 'caso Padilla'

El romance entre intelectuales y artistas y la Revolución cubana encarnada en su líder se rompió abruptamente el 27 de abril de 1971 ante medio centenar de testigos y con una cámara de cine filmándolo todo. Durante los años 60, Cuba había representado la Utopía, el Paraíso del arte y el pensamiento asentado sobre un régimen que quería acabar con las desigualdades y prometía el cielo en la Tierra. Como sucedió durante los años 20 en la URSS, escritores, cineastas, filósofos y creadores de todos los ámbitos visitaron la isla y regresaron maravillados. Cuando Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir contaron en París cuanto habían visto en La Habana y calificaron a Fidel Castro de «amigo», la revolución alcanzó su cénit. Las viejas democracias occidentales eran el pasado, una página en la Historia ante el sueño hecho realidad por los barbudos que bajaron de la sierra.

Pero esa noche de la primavera caribeña, bajo el calor asfixiante de los focos que iluminaban la escena, la fascinación se disipó. Un escritor de 39 años llamado Heberto Padilla, galardonado tres años antes con el premio más importante de la poesía cubana, leyó con la entonación de un mal actor una confesión de culpa que sonaba a pactada con los comisarios políticos del régimen: «Yo he injuriado constantemente a la revolución». Para entonces, la presión sobre los intelectuales era de sobra conocida. Nicolás Guillén, el poeta del son, entonces presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac), jugó un papel miserable para alguien de su talla literaria. Ajeno a toda épica, y desde luego a la lírica, había ejercido de correveidile del Gobierno para que se negara el pan y la sal a Padilla y algunos más que empezaban a criticar tímidamente al régimen. Incluso el embajador de Chile, el también escritor Jorge Edwards -nombrado por Salvador Allende- fue 'invitado' a irse.

Dieciocho días antes del juicio-farsa a Padilla, el diario francés 'Le Monde' publicaba una carta dirigida a Castro por un grupo de intelectuales «solidarios con los principios y objetivos de la revolución cubana» en la que le advertían de que «el uso de medidas represivas contra (...) quienes han ejercido el derecho a la crítica (...) puede únicamente tener repercusiones sumamente negativas entre las fuerzas antiimperialistas del mundo entero». La firmaban los antes tan entusiastas Sartre y Beauvoir, junto a Jean Daniel, Marguerite Duras, Hans Magnus Enzensberger, Alberto Moravia, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Juan y Luis Goytisolo, Octavio Paz y otros muchos.

«Desprecio a la dignidad»

La falsa confesión de Padilla era el precio por la autorización a salir del país. Pero para muchos simbolizó además el fin del Paraíso. En una segunda carta con más firmantes -se sumaron Pasolini, Sontag, Valente y Marsé, por ejemplo- y también dirigida a Castro, se mostraban menos comprensivos. «Creemos un deber comunicarle nuestra vergüenza y nuestra cólera», anunciaban en las primeras líneas. Y tras avisar del riesgo de que La Habana copiara «el sistema represivo que impuso el estalinismo en los países socialistas», calificaban el juicio a Padilla de «desprecio a la dignidad humana». García Márquez, por su amistad inquebrantable con Castro, no la firmó. Cortázar, que tampoco lo hizo, envió otra a Haydée Santamaría, directora de la Casa de las Américas, tan ambigua que no queda claro de qué lado estaba.

A partir de ahí, el número de intelectuales cautivados por la revolución cubana cayó en picado. El poeta José Ángel Valente escribió en 'Triunfo' que las reformas hechas a los principios fundacionales de la revolución habían ido creando una «sociedad represiva». Castro se defendía a su manera ante los aplausos de los más irreductibles de entre los suyos: «Somos un país bloqueado y por lo tanto el arte también debe ser un arma defensiva de la revolución». Centenares de escritores y artistas que en los años 30 pasaron por la terrible cárcel de la Lubianka, en el centro de Moscú, habían escuchado el mismo argumento.

Hubo una cierta liberalización en los años 80, pero la grave situación económica de los 90 -generada sobre todo por la caída de la URSS- supuso una vuelta a la represión más dura. En 2003 fusilaron a tres personas que secuestraron una lancha para dirigirse con ella a EE UU y en plena ola de persecución de disidentes encarcelaron a 75 de ellos, incluido el poeta Raúl Rivero. Entonces, José Saramago dijo basta. En un breve artículo titulado 'Hasta aquí he llegado', el Nobel portugués anunciaba su postura: «Desde ahora en adelante Cuba seguirá su camino, yo me quedo». El uruguayo Eduardo Galeano, otro de los pocos aún fieles a La Habana, lo dijo de forma más poética, pero el mensaje era el mismo: «Cuba duele». Alrededor de sesenta escritores de todo el mundo, muchos de los cuales habían sido grandes defensores del castrismo tiempo atrás, alzaron su voz contra la persecución que parecía no cesar en la isla. Intelectuales españoles tomaron una iniciativa similar para pedir que terminara de una vez la política de «escudarse en las atrocidades del enemigo para cometer impunemente las propias». Del fuego del viejo amor ya no quedaban ni los rescoldos.