Las Provincias

INCÓGNITAS EN EL AIRE

Hasta ahora, se creía que la evolución notable del régimen cubano no sería posible bajo la sombra de Fidel, condicionando la conducta de Raúl. No obstante, el régimen raulista lo ha estado intentando. La Habana no era una amenaza, podía contribuir a la estabilidad al sur de Cayo Hueso y la implicación en incitar a movimientos peligrosos eran cosa del pasado.

Así se llegó al final de la segunda administración de Obama, al que le faltaba un anuncio espectacular que corrigiera las predicciones negativas del pasado. Se decía entonces que la inercia del mantenimiento del embargo se debía al convencimiento de que ningún presidente norteamericano quería pasar a la Historia para ser el primero que había transigido ante los Castro a cambio de ninguna recompensa sustancial. Raúl, por su parte, reforzaría este argumento al afirmar que no se sentaría a negociar sin que se eliminara el embargo.

Ambos líderes sorprendieron a la opinión pública. Cuba se sentaba a negociar, aceptaba la reanudación de plenas relaciones diplomáticas y abría la puerta del país al turismo y al comercio. Obama comenzaba una agenda de erosión impresionante de las condiciones del embargo, con notable riesgo de ser acusado de actuar sin concesiones notables de La Habana. Los vecinos de Cuba en América, ya en camino de una evolución en algunos países hacia una moderación alejada del populismo tras la desaparición de Chávez, se aprestaban en acoger la colaboración de Cuba en delicados procesos de estabilidad como el caso del proceso de paz de Colombia.

Ya desde los tiempos de Bush, el Gobierno norteamericano había dado muestras de pragmatismo al preferir la alternativa de la estabilidad ante la incertidumbre de la acelerada democratización. Se trataba de evitar una repetición del éxodo del Mariel. Se primaba la colaboración de Cuba en la seguridad de Guantánamo y la protección de las líneas de transporte marítimo. Si el precio era la inercia en la continuidad del régimen cubano, por cierto tiempo, el cargo era asequible.

En ese contexto, Washington y La Habana parecía que habían abandonado un guion incómodo que se repetía frecuentemente cuando parecía que había una posibilidad de cierto acuerdo en estabilidad. Raúl no optaría por episodios trágicos como el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate ni por dar rienda suelta al éxodo de balseros. Estados Unidos cesaba de provocar con exigencias inasequibles para La Habana.

Este ambiente de cierta calma ha sido heredado por Raúl en los momentos coincidentes de la muerte de su hermano y el triunfo electoral de Trump. El nuevo presidente norteamericano tiene un dilema. Si opta por acosar a Raúl con exigencias drásticas que borren importantes concesiones de Obama corre el riesgo de una respuesta nacionalista que haga peligrar la estabilidad de la zona. Si elige mantenerse prudente traicionará sus promesas electorales. En cualquier caso, Raúl puede aparecer como ganador.

Trump puede entonces adaptar el método de su intención de rescatar ciertos aspectos de la agenda de Obama en los programas de salud. Pero la inconsistencia de sus planes y su cumplimiento dejan una impresionante incógnita en el aire. De momento, habrá que esperar a la formación de su propio gabinete en materia exterior y quizá todo deba esperar también a que el régimen cubano ofrezca una notable evolución con la salida del propio Raúl en 2018.