Las Provincias

Tres Papas en La Habana

Francisco y Fidel se intercambian libros en 2015. :: efe
Francisco y Fidel se intercambian libros en 2015. :: efe

En diciembre de 1998 Fidel Castro restableció la Navidad como fiesta civil. En abril de 2012 el régimen cubano accedió a que el Viernes Santo volviera a figurar en rojo en el calendario. Ambas decisones se produjeron como gestos de buena voluntad tras las visitas de Juan Pablo II y de Benedicto XVI a la isla caribeña. Francisco también la ha visitado en septiembre de 2015 y en febrero de 2016. Está claro que la cuestión cubana ha figurado en la primera línea de la agenda diplomática de la Santa Sede. Juan XXIII, que tampoco era enemigo de Cuba, ya realizó un potente llamamiento a la paz en plena 'crisis de los misiles' para mediar entre J. F. Kennedy y Nikita Kruchev.

La llegada de Karol Wojtyla a La Habana fue un acontecimiento histórico. «Que pueda Cuba abrirse al mundo y que pueda abrirse el mundo a Cuba», dijo el pontífice polaco ante el líder de la Revolución, en una geopolítica de micropasos que anticipaba tiempos de deshielo en los últimos coletazos de la Guerra Fría. Ratzinger amartilló esa hoja de ruta en la que se fueron sucediendo eclesiásticos de primer nivel como los secretarios de Estado Tarcisio Bertone, primero, y Pietro Parolin, después, además del Sustituto para Asuntos Generales Angelo Becciu y el cardenal Beniamino Stella, antiguos nuncios -embajadores- en la delicada sede de la capital cubana. Y por supuesto, el cardenal Ortega, a quien Bergoglio pidió que retrasara su jubilación como jefe de la Iglesia católica en la isla para culminar el proceso de diálogo con EE UU.

La ecuación en el triángulo diplomático pasaba por dejar el campo abierto a la Iglesia, la apertura de las libertades y el respeto a los derechos humanos, así como la finalización del embargo norteamericano. Roma se convirtió en escenario de las intensas negociaciones hasta que, por fin, se anunció el acuerdo entre Raúl Castro y Obama con Francisco de garante.

Francisco, un papa latinoamericano y jesuita que pilota su propia revolución fustigando a un capitalismo «que mata» y defendiendo a los pobres con su interminable misericordia. Y Fidel, un comunista que se había educado en los jesuitas y se levantó en defensa «de los humildes». La madre de los Castro era gran devota de la Virgen de la Caridad del Cobre -Juan Pablo II la coronó como patrona de Cuba ante 200.000 personas-, y le ofreció una medalla para que protegiera a sus hijos durante los años de guerra, en la que participaron muchos cristianos. Ha habido sintonía entre el líder de los católicos y el líder de la revolución. «Se puede ser marxista sin dejar de ser cristiano», dejó escrito el comandante en su libro 'Fidel y la religión'. Se lo regaló al pontífice en su último encuentro.