Las Provincias

LA HISTORIA DE UN FRACASO

En el momento de la muerte de Fidel Castro, el comandante en jefe de una revolución que ha dejado una honda huella en la historia universal, es hora de constatar el fracaso de un proyecto totalitario que ha llevado a Cuba la pobreza, la ausencia de libertad y el militarismo.

Fidel Castro ha sido un ejemplo paradigmático de las contradicciones entre ideales y hechos: la revolución cubana se presentaba como un proyecto antimilitarista y antimperialista, pero Fidel no se desprendió de su uniforme verde olivo hasta su grave enfermedad, para sustituirlo por un nuevo uniforme, el chándal de Adidas. La herencia, que administra su hermano, es una Cuba en manos del ejército que monopoliza la economía del país y funciona como un auténtico gobierno en la sombra.

Mientras Castro clamaba contra la injerencia extranjera en los países en vías de desarrollo, Cuba enviaba revolucionarios a Bolivia y Nicaragua para extender el poder comunista caribeño por toda América. Y el imperialismo cubano no se detuvo en su continente, sino que participó activamente con sus tropas en las guerras por el control de Angola, Mozambique y Etiopía. Un nuevo intervencionismo nació del castrismo y cosechó un sonoro fracaso. En esa aventura imperialista por extender su ideología por medio mundo, murió Che Guevara, icono de un movimiento que hizo de la purga, la pena de muerte y represión su bandera. Una represión sangrienta que acabó con quienes disentían de las tesis comunistas.

Sobre el cercenamiento de las libertades no se precisan muchas explicaciones, basta con conocer las limitaciones con las que viven los cubanos. El castrismo ha suprimido cualquier atisbo de libertad de expresión y solamente en estos últimos años los avances tecnológicos, que han derribado fronteras, permiten que una parte de la población de la isla acceda a noticias sin censura.

La persecución de los homosexuales, en los primeros años del castrismo, es una lacra que siempre se mantendrá sobre un régimen que nunca ha pedido perdón por el encarcelamiento de poetas como Virgilio Piñera o Reinaldo Arenas o la condena al ostracismo del gran poeta y novelista cubano Lezama Lima.

Si bajamos a la realidad del día a día en la isla, vemos cómo las condiciones de vida de los cubanos son precarias, con grandes bolsas de pobreza severa. El pueblo está sometido a una cartilla de racionamiento y la existencia de tres monedas (el dólar/euro, el peso convertible y el peso cubano) es una prueba de las restricciones que padecen los cubanos, un país en el que una buena parte del tiempo se debe emplear en 'resolver', palabra que se utiliza para definir la forma de obtener cien gramos de carne, una bombilla, medio kilo de arroz o la pieza que se precisa para reparar el viejo frigorífico.

La prueba ineluctable de los niveles de pobreza es que un millón de cubanos ha 'votado con los pies', y se ha exiliado a Estados Unidos, Europa y México.

La muerte de Fidel no cambiará casi nada a corto plazo. La saga Castro, como si de una monarquía se tratase, se mantiene en el poder, pero sí es verdad que la desaparición del emblema de la revolución permitirá a Raúl una mayor libertad de movimientos, un avance -desesperadamente lento- hacia la transformación de una dictadura en un sistema de libertades. Con la muerte de Fidel Castro se cierra un episodio de la historia. Ahora, será la nueva administración norteamericana, las decisiones de la UE y la voluntad del castrismo por evolucionar, las que marquen el futuro del pueblo cubano.