Las Provincias

El exilio toma las calles de Miami para celebrar la muerte

Jóvenes exhiben una bandera de Cuba mientras circulan en coche por Little Havana. :: reuters
Jóvenes exhiben una bandera de Cuba mientras circulan en coche por Little Havana. :: reuters

Fidel Castro descansa en paz, pero en Miami no hubo ayer quien pegase ojo. Poco antes de la una de la madrugada una sinfonía de cláxones y gritos despertó a los vecinos para celebrar la noticia que la comunidad cubana en el exilio llevaba más de medio siglo esperando. Fidel había muerto. Media ciudad se echó a la calle y rompió en lágrimas que sirvieron de catarsis al rencor y la amargura acumulados por varias generaciones de exiliados. Lloraban de alegría porque el champán que guardaban en la nevera para esta ocasión lo han tenido que reemplazar varias veces y al fin lo podían descorchar. Y de tristeza pensando en los que no vivieron para celebrarlo.

Para haber ido con él a la universidad y poder alegrarse ayer de su muerte había que tener 90 años y llamarse Oswaldo Soto. Su sobrino abrió el ojo en otra parte del país donde nadie tocaba el claxon y miró las alertas del teléfono. Eran las 3.33 horas, un número que considera simbólico en su vida. Su primera reacción fue de incredulidad. «¡Bah, esa mierda ya la he leído muchas veces!», pensó el editor de 'Dose of News'. Fue cuando echó un vistazo concienzudo al origen de la noticia que tantas veces ha resultado ser falsa que notó algo distinto. Por primera vez la había dado la televisión estatal cubana. Entonces saltó de la cama y se le humedecieron los ojos pensando en los sufrimientos de toda su familia, que cuando él tenía ocho años dejó atrás todas sus propiedades para esperar en Miami el final de una revolución que ha tardado mucho más en llegar de lo que nunca pensaron. «Doy gracias a Dios de que el tío Oswaldo ha vivido para verlo», pensó en el silencio de la noche neoyorquina, que en nada se parecía a la algarabía de Miami.

Bailando bajo la lluvia

Ni siquiera el chaparrón que cayó sobre la principal ciudad de Florida poco después de que se confirmase la muerte de Fidel logró apagar los bailes y cánticos a ritmo de salsa con los que la comunidad cubana del exilio se sacudía tanto resentimiento.

Frente al café Versalles, que durante décadas ha sido el lugar de encuentro de los anticastristas más recalcitrantes, desfilaban los coches con la bandera de Cuba y las botellas chorreando de champán. «Esta bandera envolvió el ataúd de mi padre y la hemos estado guardando durante 46 años esperando este momento», contó un hombre ante las cámaras. Pronto la multitud cortó la famosa Calle 8, artería principal de La Pequeña Habana que el exilio eligió «para reconstruir en EE UU lo que Fidel destruyó en Cuba», clamó Carmen Peláez en uno de los editoriales con los que la diáspora cubana dio rienda suelta a lo que le ardía en la garganta.

«¡Castro era un asesino!», gritaba entre aplausos una mujer llamada Lidia, que lo celebraba en nombre de su padre, tres años preso por su participación en la invasión de Bahía de Cochinos. «¡Viva Cuba Libre!».

Pero mañana, cuando acabe este fin de semana de puente de Acción de Gracias, volverán al trabajo sabiendo que nada ha cambiado en la isla. Los muertos siguen en sus tumbas, los presos en sus celdas y un Castro en el poder. Les queda como esperanza el presidente Trump, en el que muchos confían para apretarle las clavijas al Gobierno cubano y lograr lo que no han conseguido ni el embargo ni la apertura en más de medio siglo.