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El náufrago que comía tortugas

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Salvador, ayer en Madrid. Abajo, cuando llegó a puerto tras errar 12.000 kilómetros. :: virginia carrasco

  • Salvador Alvarenga estuvo a la deriva 438 días. Pensó en suicidarse cuatro veces, pero recapacitó. «No me quito la vida hasta que Dios me lleve»

Afeitado y con el pelo corto, Salvador Alvarenga es muy distinto al náufrago que pasó 14 meses a la deriva. Nada que ver con el hombre desnudo que apareció en la otra punta del mundo, en las Islas Marshall (Micronesia), con barba y melena estropajosas. Es menudo, pero de una voluntad de acero. Hay que serlo para aguantar 438 días dentro de una barca, sin rumbo fijo, teniendo como único menú pescado crudo, carne de tortuga, su propia orina y agua de lluvia. Aguantó lo indecible, estuvo a punto de suicidarse cuatro veces y casi llegó a perder la cordura cuando comenzó abrazar y hablar con el cadáver de su compañero de fatigas, que acabó muriendo de hambre por la repugnancia que le causaba semejante dieta. «Fui cobarde, quise clavarme el cuchillo pero luego pensé: no me quito la vida hasta que Dios me lleve», dice este salvadoreño que partió de Costa Azul, en la región de Chiapas (México), y recorrió sin quererlo 12.000 kilómetros. Su modesta embarcación parecía destinada a la zozobra: se llamaba 'Titanic'. Ni que decir tiene que su relato causó desconfianza.

A Salvador Alvarenga, de 38 años, le han llamado de todo, ha sido tachado de farsante y caníbal. En sus primeras declaraciones a la Policía, su versión presentaba contradicciones, pero él sostiene que las susceptibilidades carecen de consistencia. Jonathan Franklin, el periodista que ha escrito un libro sobre su odisea y que trabaja para 'The New York Times' y 'The Guardian', la historia contada por Alvarenga no ofrece resquicio para la duda. «En ningún lugar vi pruebas que insinuaran falsedad o fraude», asevera. En su obra, 'Salvador. La increíble historia de Salvador Alvarenga y sus 438 días a la deriva' (Alienta), relata testimonios de docenas de testigos que le vieron partir la noche en que desapareció.

Todavía aturdido por el infernal tráfico de Madrid y por las visitas a los estudios televisivos, Salvador Alvarenga atiende a este periódico en un céntrico hotel. Parco en palabras, habla sin levantar la voz. Ya no es el hombre que fue. Le espanta el rugido del trueno y no ha vuelto a navegar. «Mi psicóloga me dice que lo haga».

El náufrago no era un advenedizo al aventurarse en el mar. Su compañero, Ezequiel Córdoba, de 24 años, sí. Pese a que el parte meteorológico anunciaba tormentas, al salvadoreño le preocupaba más no zarpar sin sus provisiones de limones y sal para preparar su ceviche que los vientos huracanados. El 17 de noviembre de 2012 se hicieron a la mar los dos hombres. Catorce meses después únicamente Salvador tocó tierra. Ezequiel se había derrumbado psicológicamente y muerto de inanición. El náufrago arrojó su cadáver al mar. Una decisión que maldijo siempre la familia de Ezequiel. «Yo me comía las tripas, los ojos, las patas de los pájaros. Era yo el que agarraba las presas. Él vomitaba, no podía hacer eso. Se murió de hambre y sed, no usaba la sangre de las tortugas. Quería y no quería morir. Perdió la mente».

Cuando se vio atrapado por vientos huracanados que soplaban a 120 kilómetros por hora echó pestes por su imprudencia. Llevaba una buena racha y no quería interrumpirla. «Cuando vino la marea fuerte, me dije: voy a descansar. Llamé a mi patrón por radio. Ya volvía de pescar. Entonces los motores se pararon y comenzaron los tumbazones, las olas muy alteradas. No me quedó más remedio que tirar todo mi pescado al mar. Saqué una boya y amarré a la lancha unos bidones que flotaban. Por eso no me hundí».

«Con el dinero hice mi casa»

Por fortuna se abstuvieron de comer las tortugas muertas que encontraban flotando. Estaban hinchadas como un globo y tenían un color morado. Sin embargo, pronto aprendió a cazarlas cuando topaban contra el casco de la barca. Hundí los brazos en el agua y las cogía de la parte trasera. «Maté la tortuga con el cuchillo y recordé los tubos que salían del motor. Arranqué un pedazo de tubo y lo utilicé a modo de pajita», contó el náufrago a Jonathan Frankin. Aparte de la sangre que extraían para colmar su sed atroz, los marineros comían sus huevos y aletas. Lo aprovechaban todo. ¿Cómo cazaba los pájaros? Salvador sale de un ensimismamiento y con el brazo simula un zarpazo. «Como los gatos», apunta. El Pacífico, un océano muy contaminado, le aprovisionó de botellas de plástico abandonadas que rellenó con agua de lluvia. Si arreciaba el temporal o el frío se metía dentro de una caja donde cabían 600 libras de pescado (270 kilos). «Volteaba la hielera, nunca la tiré». Tras su rescate, su adaptación a la vida normal fue dolorosa. Derrotó al sol, a la sal y a las olas, pero empezó a sufrir de agorafobia. «Con los derechos [de autor del libro] me compré un carro e hice mi casa. Tendré que trabajar porque no puedo estar siempre entre cuatro paredes».