Las Provincias

El café y los nacionalismos

El café y los nacionalismos
  • Hay aún más maneras de pedirlo que autonomías tiene España. O faltan cafés, o sobran autonomías. O ambas cosas

A nadie debe extrañar que en cada esquina de España surja un nacionalismo pedáneo. Ni que el español tenga fama literaria y real de individualista, además de irracional, bronco y copero. Gerald Brenan, el hispanista británico ya lo escribió en 1957 ('Al sur de Granada'). Es un relato periodístico de su estancia intermitente, pero durante seis años, en Yegen, un pueblecito de La Alpujarra granadina, donde vivió desde 1920 hasta 1934.

Y poco ha cambiado el carácter del español y de la sociedad (repárese en la enconada actualidad política) desde los tiempos de Yegen: incultura, fanfarronería, individualismo egoísta o incapacidad para la convivencia y el respeto al adversario.

Una de las pruebas de lo dicho son las cien mil manías a la hora de pedir el café en un bar o en un restaurante. En este gesto cotidiano, mecánico (de buena mañana los ciudadanos madrugadores todavía no se han despertado), rutinario, está toda la esencia de lo hispánico.

Hay otras consideraciones subjetivas. Es el caso de Josep Pla, quien, en su brillante dietario 'Madrid 1921', confiesa su horror por el café con leche. Y más si iba acompañado por churros o porras. Sin embargo, no debemos olvidar que el combustible del genial ampurdanés fue siempre el whisky.

Estas son algunas -no todas- de las chifladuras hispánicas al pedir un café. La primera de todas atañe al mero sentido común y al lenguaje entre seres humanos. Cliente: «Póngame un café». Camarero: «¿Sólo?» Absurda pregunta. Un café es un café, salvo que el parroquiano lo pida en compañía de algo. A continuación, varias demostraciones del carácter individualista español (aquí incluimos a los nacionalistas de aldea: todos son de aldea tribal): Corto de café. Largo de café. Con sacarina. En vaso. En taza. El café, con la leche desnatada. Descafeinado de máquina. La leche, fría; o caliente; o condensada. En tazón o en vaso. Un bombón. Tibio. Un café con leche con un cubito de hielo. Café 'del tiempo'...

Café manchado o 'tocado': de Fundador, ron Negrita, Bacardí, Soberano, Cutty Sark, orujo, orujo de hierbas, anís del Mono pero también Castellana o Marie Brizard. La leche, tibia, en taza, vaso o tazón, con tres gotitas de café y azúcar moreno. O la leche muy caliente, con un poquito de café descafeinado que no queme y en vaso de tubo.

Un café 'del tiempo', con un cubo de hielo, o dos, y una rodaja de limón, descafeinado de máquina (el limón que sea murciano). En vaso de duralex. Un café del tiempo, descafeinado de sobre, con un hielo pequeño y 'tocado' con café licor de Alcoi.

Carajillo de ron Negrita, el de la etiqueta blanca o el de la negra, y a ser posible flameado con azúcar moreno. Carajillo de vodka con dos gotas de leche condensada El Castillo. Leche fría, o natural, o caliente, en vaso de tubo o tazón, con sacarina.

¿Y el café solo y solitario? En vías de extinción. Antes se pedía un café y era, precisamente, un café, como un melón es un melón, una paella es una paella y un gerifalte de Compromís es un boniato ('moniato' en la 'llengua pròpia') «¿Tomará café el señor?» «Sí». «¿Solo?» Y digo yo: ¿es que un café no posee una identidad nacional propia?

Es el embrollo español. Hay 17 autonomías en España. Pero más de 17 maneras (añadir Ceuta y Melilla) de beber café. Algo falla. O faltan cafés o sobran autonomías. O ambas cosas.

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