Las Provincias

La gran muralla chicana

Cientos de cruces blancas a uno y otro lado del río Grande recordaron hace unos días a los miles de fallecidos que jamás alcanzaron suelo estadounidense.
Cientos de cruces blancas a uno y otro lado del río Grande recordaron hace unos días a los miles de fallecidos que jamás alcanzaron suelo estadounidense. / Reuters
  • Un tercio de la frontera entre Estados Unidos y México está ya vallada

Build the wall! Build the wall! Build de wall!» («¡Construye el muro!»). La arenga de los simpatizantes de Donald Trump en sus mítines aún resuena en cada rincón de Estados Unidos y, tras la contundente victoria del magnate rubio platino, la peor pesadilla para los mexicanos tiene todos los visos de convertirse en realidad. Da lo mismo que hace unos días centenares de cruces blancas se extendiesen a un lado y otro del río Grande para recordar, entre un rumor de oraciones, a los que murieron intentando alcanzar el sueño americano. Nada ni nadie parece que pueda echar el freno a la gran promesa del ya presidente electo.

En los últimos años, al menos 6.500 cuerpos han sido recuperados en sus riberas; otros 1.500 se enterraron sin ser antes identificados; un número indeterminado de desheredados jamás ha sido rescatado. Quizá, quién sabe, la corriente se llevó sus vidas y sus anhelos río abajo. A Trump esa cifra se la trae al pairo. Las que le importan son la del medio millón de inmigrantes que cada año entran a su país de forma ilegal y la de los más de dos millones de detenciones que se han efectuado en la frontera durante el último lustro. El verdugo de Hillary Clinton no sólo no está dispuesto a aparcar su compromiso estrella sino que, además, insiste en que le saldrá gratis, pese a que el presidente mexicano, Enrique Peña Nieto, le ha expresado su rotunda negativa a costearlo.

El magnate ya adelantó durante la campaña que no pensaba soltar ni un solo dólar para brindar una muga por la que se cuela «gente que tienen muchos problemas; que traen drogas, cometen crímenes o son violadores». Allá por el verano, un 36% de sus compatriotas aplaudía su plan de contención de seres humanos, reveló un sondeo del Pew Center. Ahora, la mayoría le ha dado alas para que lo lleve a cabo. En realidad, para que lo remate.

Corría el año 1994 -y precisamente Bill Clinton comandaba el Despacho Oval-, cuando se alzó el primer tramo de valla en la frontera de San Diego (California) al objeto de sofocar la cascada de indocumentados que se colaba fácilmente en la tierra de las oportunidades. Aquella incipiente muralla se prolonga en la actualidad a lo largo de más de 1.100 kilómetros, sobre un línea imaginaria que roza los 3.000, que dispone de cuarenta accesos oficiales por los que cada año transitan legalmente 350 millones de personas. O lo que es lo mismo, un millón al día, además de unos 300.000 automóviles y 15.000 camiones de gran tonelaje.

Catapultas y voleivol

En cuestión de metros, el paisaje en la frontera que separa el país de los burritos y el de las hamburguesas cambia drásticamente, como muestran las imágenes. Lo mismo uno se encuentra una casa rodeada de maniquíes alienígenas de escala humana y platillos volantes, que la estatua de una vaca dando la bienvenida a un imponente rancho. Dos mundos, el del Norte y el Sur, completamente diferentes en los que la vida discurre de forma paralela. Una raya de trazo grueso en el mapa delimita un abismo de desigualdades del que algunos, a buen seguro votantes de Trump, se mofan, como los que emplean las vallas como redes para jugar al voleibol. Localidades como Nogales, con un pie en México y otro en Arizona, se consideran parte de ‘Améxica’. «La gente que vive en la frontera se siente muy conectada con la del otro lado», cuenta Christopher Wilson, subdirector del Instituto México del Woodrow Wilson Center. Algo más que razonable, cuando los primeros kilómetros de vallas partieron muchas familias en dos. Hasta en tres. Y es que en algunas zonas existen murallas por triplicado: una gruesa metálica de tres metros de altura, otra inclinada de más de cuatro y coronada con alambres de púas, y la última de malla cerrada. Todas se completan con sensores de movimientos, cámaras de vigilancia y más de 21.000 agentes fronterizos, un 518% más que hace dos décadas. Un impresionante dispositivo que, sin embargo, no logra amedrentar a quienes ansían un futuro mejor lejos de su casa y de los suyos.

Por supuesto, buscan rutas inhóspitas que requieren de una agónica carrera contrarreloj para zafarse de la muerte. Se trata de zonas desérticas que el sol calcina a 50 grados y que la noche enfría a temperaturas negativas. Eludir las áreas valladas y optar por el río Grande no pinta mejor. Su insaciable caudal se ha convertido en una trampa letal para cada vez más infelices. Se dice que los intentos de cruzarlo se han disparado un 50%. Las redes de contrabando también han aguzado el ingenio para superar cualquier barrera. Incluidos los cuatro metros a los que el sucesor de Obama quiere elevar el muro. Catapultas, cañones, rampas y drones se confiscan casi a diario en forma de fardos lanzados al otro lado. Eso, sin contar los túneles que se excavan para alimentar el contrabando. Pese a todo, la Agencia de Protección Fronteriza de Estados Unidos asegura que el tráfico ilegal se ha reducido en un 25% con respecto a 2015. Quedan poco más de dos meses para que Trump se acomode en la Casa Blanca. Veremos cuánto tiempo tarda en poner en marcha la hormigonera.