Las Provincias

La china y el buzo

Sanmao en el desierto del Sahara a mediados de los años setenta. :: archivo familiar
Sanmao en el desierto del Sahara a mediados de los años setenta. :: archivo familiar
  • La escritora Sanmao fue toda una aventurera. Se casó con un submarinista español y ambos se afincaron en el Sahara. Sus compatriotas veneran sus libros

En la España de los años sesenta ver a un chino era tan exótico como ahora toparse en la calle con un masái. Cuando Maoping Cheng se plantó en Madrid a los 24 años debió de suscitar muchas miradas de asombro y admiración. Venía de Alemania después de errar por EE UU. Era una mujer refinada, libre y bella. Corría el año 1967 y Cheng se alojó en el populoso barrio madrileño de La Concepción. Por recomendación de la familia se alojó en un piso de un amigo de sus padres, Yaoming Shu, el cocinero oficial de la embajada de Taiwán en Madrid. Al verla José María Quero, un adolescente de 16 años que vivía justo encima del cocinero, se enamoró perdidamente de ella. Así empieza una de las historias de amor más extrañas y apasionantes del pasado siglo. El chico esperó pacientemente a hacerse mayor para casarse con la mujer que adoraba. Y lo hizo en el Sahara, donde oficializaron su idilio bajo un sol implacable que calentaba a 50 grados. Con el tiempo él se hizo buzo y ella, para ganarse la vida, escribía colaboraciones para un periódico. Hoy esa narradora, que adoptó el pseudónimo de Sanmao, es idolatrada en su país, donde se han vendido diez millones de ejemplares de sus libros en sólo una década.

La editorial Rata publica por primera vez en España a Sanmao, y lo hace con sus 'Diarios del Sahara'. No se sabe muy bien por qué, pero Sanmao es una perfecta desconocida en Occidente. Pionera en muchas cosas, la escritora vertió al chino las peripecias de Mafalda.

Sanmao nació en 1943 y bien pronto tomó la determinación de que nada la iba a parar por el hecho de ser mujer. Vino al mundo en Chongqing, una megalópolis de la China interior, pero su padre, un profesional liberal con aversión al régimen comunista, se exilió en Taipéi, capital de Taiwán.

A través de los hijos del cocinero Shu, Cheng -a quien sus allegados llamaban Echo- conoció a un José María Quero que bebía los vientos por ella, pero al que nunca tomó en serio. ¿Liarse con un crío al que sacaba ocho años? No, al menos al principio. La protagonista de esta historia regresó a Taiwán e impartió clases en la universidad. Fue allí donde conoció a un profesor de alemán con el que iba a casarse. Pero el infortunio siempre la persiguió con saña. La víspera de la boda, él murió. Y Sanmao, desesperada, intentó suicidarse cortándose las venas. Al poco tiempo regresó a Madrid.

Servicio militar

Al cabo de cinco años, en 1973, José María y Sanmao se reencontraron. Él no la había olvidado. José había cumplido el servicio militar en Cádiz, Cartagena y El Aaiún, y en el Ejército aprovechó la oportunidad para hacerse buzo. «Mi hermano tenía dos grandes pasiones: Sanmao y el mar», subraya Carmen Quero. «Cuando la vio de nuevo, se dijo: 'esta es la mía'». Al submarinista profesional le había surgido un trabajo en El Aaiún y propuso a la china que se casara con él. Esta vez ella dijo sí. Lo hizo por amor, pero para una viajera incorregible como ella, vivir en el desierto era un propuesta seductora. En el Sahara conoció a niñas de ocho años desvirgadas en un salvaje rito matrimonial que consentía la violación sistemática. Y a punto estuvo de ver cómo las arenas movedizas engullían a José. En la desolación del Sahara, la escritora se sintió acompañada. José regaló a la novia un cráneo de camello.

Al comenzar la Marcha Verde, en 1975, los españoles huyeron del Sahara. Sanmao y José Quero se trasladaron a Canarias, donde la compañía Entrecanales y Távora le ofreció al buzo trabajos esporádicos. En La Palma la tragedia se cebó de nuevo en la vida de Sanmao. Con unos amigos, José se fue a practicar pesca submarina a pulmón libre. Confió demasiado en sus fuerzas, persiguió absurdamente una barracuda y se ahogó.

Sus padres se la llevaron de regreso a Taiwán. Sólo sobrevivió a su marido 12 años. En 1991, después de que le diagnosticaran un cáncer, se quitó la vida ahorcándose con unas medias de seda.

LUGAR DE PEREGRINACIÓN

Los restos de José reposan en un osario del cementerio de Santa Cruz de La Palma y su tumba se ha convertido en lugar de peregrinación para los admiradores asiáticos de Sanmao. La hermana de José, Carmen Quero, recuerda a Sanmao como una mujer «simpática, atractiva, viajera y con una mentalidad muy abierta». Ello no obsta para que a veces se mostrara «reservada y distante». «Por ejemplo, ella nunca me habló de su familia ni de sus tres hermanos. Era muy fuerte y a la vez muy sensible, cualquier cosa le podía ofender».

«Cuando murió José, ella escribió un poema, 'El olivo de mis sueños', que un grupo de pop-rock muy exitoso en China convirtió en todo un 'hit'», apunta Iolanda Batallé, editora de Rata.

«Aunque siempre mostraba su mejor cara a los amigos, era propensa a la depresión y padecía insomnio. Se sentía agobiada por la presión de los editores. No en vano llegó a publicar doce libros», asegura Nancy Chang, amiga de Sanmao, quien frecuentó en Las Palmas a la reducida colonia taiwanesa. Sanmao vendió el piso que tenía en la isla en 1986 y donó toda su biblioteca a su amiga Nancy.nqiue

Temas