Las Provincias

Gregorio Salvador: «He sobrepasado la edad conveniente»

«He sobrepasado la edad conveniente»
  • El filólogo andaluz, bibliotecario perpetuo de la RAE, confiesa que sólo una vez le han llamado del ministerio, y fue para un traslado forzoso

El bibliotecario perpetuo de la Real Academia Española (RAE) tiene su casa llena de libros. No los ha contado nunca, pero son muchos. Decenas de miles, seguramente, entre los de su piso de Madrid y los que ha ido llevando a una casa de Murcia donde pasa el verano. Y lo peor, lo «angustioso», según sus propias palabras, es que no ha «tenido tiempo de leerlos todos». Una confesión amarga de un hombre sabio que ha iluminado a tantos discípulos y que ha participado en tantos foros y a quien, sin embargo, jamás le han llamado del Ministerio de Educación y Cultura para pedirle consejo sobre una reforma educativa o un programa de promoción de las letras españolas. Tampoco ha recibido el homenaje de la Diputación y el Ayuntamiento de Granada que han solicitado para él numerosos intelectuales. La única vez que recibió una llamada de la Administración fue para apartarlo de su cátedra en un instituto de Algeciras y darle 24 horas para elegir entre Astorga y Figueras su nuevo destino. Un episodio que terminó por ser afortunado y decisivo en la vida de un filólogo que ha sido también un hombre de acción. Ahora, sentado en el salón, en una tarde gris y propicia a las confidencias, Gregorio Salvador (Cúllar, Granada, 1927) va desgranando recuerdos y sensaciones de una vida larga. Lo primero es una confesión que hace sin perder la sonrisa: «A mí me ha desaparecido el futuro».

Llevo tres meses de mi año 90, y a esta edad no se pueden hacer planes con vistas a sacarlos adelante. Aceptada esta situación, mi vida ahora es muy distinta a la de etapas anteriores.

¿Cómo es ahora su día a día?

Estoy bastante desconectado. Es el primer curso en el que, salvo la Academia, lo he dejado todo. He sido un poco acelerado toda mi vida, pero ahora ya no. Me acuesto tarde, nunca antes de las dos de la mañana, y me levanto tarde también. Leo, anoto algunas cosas... pero ya nada importante. Me siento pasado de fecha y no se pueden hacer filigranas. Para mí era inimaginable haber llegado a esta edad, y en este momento sería una osadía abordar cualquier proyecto.

Acaba de decir que dedica bastante tiempo a leer. ¿Cuántos libros tiene?

No lo sé. La casa está llena, y otra que tengo en Murcia, donde vive una hija que es médico. Hija y médico, qué gran combinación (se ríe). Toda la vida comprando libros y recibiéndolos porque tanta gente me los envía, compañeros de la Academia, colegas, discípulos... Lo malo es no haber podido leerlos todos.

Hablemos de su infancia. Antes de que usted naciera, su padre fundó un pueblo en Argentina. Podía haber venido al mundo allí.

Mi padre fundó General Alvear, y el primer nacimiento que se registró allí fue el de uno de mis hermanos, que ya ha muerto. Mi padre nadaba entonces en la abundancia. Durante unas vacaciones de verano, vinieron a España a que los abuelos conocieran al nuevo nieto y mientras estaban aquí estalló la Primera Guerra Mundial. Mi padre, entonces, tuvo que regresar por sus negocios, mientras mi madre y los tres hijos se quedaron aquí. Aquello cambió la vida de todos.

¿Qué sucedió?

Mi padre terminó mal, se arruinó, incluso estuvo perdido durante años, sin que su familia supiera nada de él. Sobrevivió a una peste bubónica en Uruguay, y no pudo regresar hasta 1919. Entonces estaba vacante una plaza de secretario del ayuntamiento en el que luego sería mi pueblo, en Granada, y él, que era profesor mercantil, la sacó.

Su madre murió muy pronto. ¿Qué recuerdos tiene de ella?

Murió cuando yo tenía seis años. Le diagnosticaron un cáncer tres antes y casi desde aquel momento ya no tuve madre. Me ha faltado tener una madre de verdad. Adoptivas tuve varias, pero solo eso.

Durante un tiempo vivió con una cuñada.

Uno de mis hermanos mayores se casó con una chica gallega y se fueron a vivir a Pontevedra. Mi hermano me llevó con ellos cuando yo tenía siete años. Aún recuerdo la casa de azulejos verdes, junto al río, en la que vivíamos. A la semana de empezar la guerra, llegaron a las tres de la madrugada y se llevaron a mi hermano, que era el delegado provincial de Trabajo. Salvó la vida porque lo reconoció un jurídico militar de los sublevados, que había sido su amigo de la infancia. Estuvo en el penal de Burgos hasta 1941.

También su padre fue encarcelado.

Y mis tres hermanos mayores. Unos fueron detenidos por los sublevados y otros por los republicanos.

Estábamos en que se quedó solo con su cuñada.

Sí, y cuando ella volvió a su pueblo, en el municipio de Lalín, me fui con ella. Su familia se dedicaba al campo, y yo ayudaba en las tareas. Una de las pocas cosas que podía hacer un niño de mi edad era guardar las vacas. Como había muchos libros en aquella casa siempre me llevaba alguno.

El problema sería cuando llovía...

Y allí llueve mucho. Esos días me echaba una capa por encima y con ella tapaba el libro para que no se mojara.

De Astorga a Maryland

Gregorio Salvador se detiene en el tiempo en que fue catedrático de instituto. Ahí se acumulan los mejores recuerdos, los de los primeros destinos, los años iniciales de su matrimonio y un par de golpes de fortuna que siguieron a lo que podría haber sido una catástrofe debido a una denuncia confusa en un tiempo en el que todo lo que no respondiera con exactitud a unas normas estrechas era considerado sospechoso. Esa etapa empieza con las oposiciones a cátedra de instituto -«eran lo más duro que había entonces, porque eran considerados un cuerpo de élite»-, que gana y obtiene su primer destino en Cartagena. Allí estuvo solo un mes, porque concursó para ocupar una vacante en Algeciras, y se hizo con ella.

Una amiga de mi mujer, que también era profesora de instituto, como nosotros, nos recomendó ir allí, donde ya estaba ella instalada. Así que nos animamos.

En Cartagena estuvieron un mes. ¿Y en Algeciras?

Un año.

¿Por qué tan poco tiempo si era el destino que deseaban?

Me llamaron del Ministerio para decirme que tenía 24 horas para dejar Algeciras y trasladarme al instituto de Astorga o el de Figueras.

¿Qué sucedió?

Nunca lo supe con claridad. Hubo una denuncia que al parecer hizo uno de los obispos auxiliares de Cádiz. Había dos, uno era Añoveros, pero no tengo certeza de que fuera él. Se trataba de algo relacionado con la religión, o el comportamiento. Arbitraron una situación digamos pecaminosa. Contaron que la relación que teníamos con aquella amiga de mi mujer de la que le hablaba era dudosa.

¿No le dieron opción a negarse al traslado?

Me dijeron que si no me marchaba inmediatamente debería atenerme a las consecuencias. Así que, contra mi voluntad, elegí Astorga y al final fue una enorme suerte.

¿En qué sentido?

Allí tuve una gran acogida. A los pocos meses, el otro catedrático que había se marchó y fui automáticamente nombrado director del instituto, y muy poco después nombraron director general de Enseñanzas Medias a una persona de Astorga. Pronto nos conocimos, porque él iba mucho por el pueblo, e hicimos amistad.

En esos años estuvo en Maryland (EE UU). ¿Cómo surgió esa oportunidad?

Me llegó una invitación para pasar un semestre como profesor invitado. Conseguí la excedencia con toda facilidad gracias al director general. Más tarde fui otra vez porque habían invitado a Guillermo Díaz Plaja, pero enfermó en el último momento y pensaron que yo podía sustituirlo.

¿Qué supuso esa etapa americana en su vida?

Un lujo. Fue muy importante para la preparación de las pruebas para la oposición a una cátedra de Universidad, que era lo que perseguía. Vivía en Washington, en la zona de Tacoma Park. Tenía mucho tiempo libre y me pasaba los días en la Biblioteca del Congreso, que es un sitio inmejorable para preparar unas oposiciones. Hasta tenía un pupitre preparado a primera hora, cuando llegaba. Y conseguí más información que el tribunal, de manera que cuando fui a hacer los ejercicios les hablé de libros que ellos aún no habían podido leer.

La ficción y otras pasiones

Se levanta para mostrar una pila de libros donde están algunos que él ha escrito. Destaca, por encima de todos, el monumental 'Atlas Lingüístico y Etnográfico de Andalucía', en el que trabajó junto a su profesor Manuel Alvar y Antonio Llorente. Pero por ahí está también 'El eje del compás', una novela que publicó cumplidos los 75 años.

¿Tenía clavada la espina de la ficción?

Algo así. Uno estudiaba Filosofía y Letras, al menos en mi generación, porque le gustaba la literatura. A esa edad la gramática no es algo que pueda atraer mucho. Luego la carrera era algo bastante especial. Había que esperar a que muriera un profesor para ocupar su puesto. Cuando falleció uno que era amigo mío lo sentí mucho, pero al tiempo me sirvió para progresar académicamente... Después de una carrera así, la novela fue un entretenimiento.

¿Nunca tuvo la tentación de buscar un éxito comercial, como hizo su colega Lázaro Carreter con el guion de 'La ciudad no es para mí'?

La tentación de la literatura sí la tuve. Esa novela de la que hablaba la escribí durante un verano que empezaba a tener menos ocupaciones. Pero soy un escritor lento. Escribir me cuesta mucho esfuerzo.

¿Y el fútbol? Ha escrito mucho en periódicos sobre ese deporte.

Siempre me ha gustado. En Granada iba mucho al campo. Luego ya, una vez en Madrid, dejé de ir. Ahora lo veo en televisión, que es donde mejor se observa el juego.

Cuesta imaginarlo vociferando en la grada.

No me ha gustado hacerlo en ningún sitio. Tampoco en la grada.

Hablando de ánimos encrespados, parece que ahora hay tensión en la RAE.

Siempre ha habido en la Academia un tono respetuoso en los debates. Creo que esta discusión pública entre Francisco Rico y Arturo Pérez-Reverte es la primera que se produce. No me ha gustado nada lo sucedido.

Con un tono muy civilizado, pero usted también ha protagonizado polémicas sobre el castellano y su enseñanza, con algunos filólogos pero sobre todo con políticos nacionalistas. ¿Le molesta lo que han dicho de usted?

Uno ya no puede andar preocupándose por esas cosas. He dicho lo que tenía que decir y ya está. Solo tiene sentido estar en una lucha cuando sirve para algo. Para meterse en pleitos hay que tener futuro. En cambio, yo estoy ya en una edad propia de morirme, y no me importa. Ya he sobrepasado la edad conveniente y si algo me retiene es que mi mujer ha quedado ciega y la cuido. No quisiera irme antes que ella.

¿Cómo le gustaría ser recordado?

De cualquier manera. Es una aspiración muy humana buscar el recuerdo. Me gustaría que me recordaran por lo que he escrito, y que mis libros de relatos llegaran a situarse en el lugar que les corresponde. Eso y que se sigan leyendo mis ensayos.

Acaba de sugerir que no tiene miedo a la muerte. La vio muy de cerca hace quince años.

Sí, sufrimos un terrible accidente de coche en el que murieron mi nieta mayor y mi hermana. Íbamos a Astorga, donde me habían invitado a un acto en recuerdo de los nueve años que pasé allí de director del instituto. Era una fiesta y se convirtió en una tragedia.

Si ahora mismo le dijeran que eligiera el último libro que podría leer, ¿cuál escogería?

A la mayor parte de los que tengo los quiero mucho. Muchas veces paso delante de las estanterías y me fijo en uno, lo miro y me doy cuenta de que no lo he leído. Es difícil responder cuál. Ahora mismo estoy leyendo 'Musa décima' de José María Merino, que se sienta a mi lado en la RAE, y me lo dio él mismo.