Las Provincias

Un negro de alma blanca

Obama,sentado en el asiento 'para blancos' de un autobús de Alabama que usó Rosa Parks, activista negra contra la discriminación racial.
Obama,sentado en el asiento 'para blancos' de un autobús de Alabama que usó Rosa Parks, activista negra contra la discriminación racial.
  • Obama, el primer presidente de color, ha visto desde la barrera el aumento de los conflictos raciales durante su mandato

Antes de ser Barack Obama fue Barry, un niño criado por sus abuelos blancos de Kansas en Hawai, donde la población de color apenas pasaba del 1%. Para calmar la inquietud de sentirse diferente, su abuelo le dijo que era hijo de un príncipe africano. Tan distinto de los otros negros llegó a sentirse, que cuando los niños de su escuela se burlaron de él y le dijeron que era el novio de una niña negra, él se revolvió y le dio un empujón a la chica.

Poco a poco en sus años de juventud fue reconciliándose con su identidad racial y para cuando empezó a salir con Genevieve Cook, la hija de un diplomático australiano que también iba a la Universidad de Columbia, Obama ya había decidido que la mujer de sus sueños era «alta, fuerte, inteligente, negra y con una risa rotunda». La última novia blanca de Obama lo apuntó en su diario, de dónde lo recogió el periodista Davis Maraniss en su libro 'Barack Obama: The Story'. «A veces me siento un impostor. Soy tan blanco...», le confió.

Su padre llegó de Kenia con un visado universitario, por lo que Obama no lleva grabado en los genes el sufrimientos de unos antepasados que llegaron hacinados en bodegas infectas, que murieron a latigazos, fueron violados repetidamente, se criaron en guetos segregados, lucharon con su vida por el derecho al voto y aún viven marginados. A Obama lo vieron como su redentor. Es improbable que hubiera llegado a la presidencia sin el 96% del voto afroamericano y de todos los que creyeron que con su elección redimirían el pecado capital de EE UU. Sin embargo, el primer presidente negro ha visto desde la barrera el aumento de los conflictos raciales durante su mandato, sin intervenir.

Nunca fue a Ferguson, ni siquiera a Baltimore. Tan sólo convocó en la Casa Blanca a algunos activistas de Black Lives Matter para escuchar su versión. Cuando ha tenido que condenar la brutalidad policial ha elegido cuidadosamente las palabras para alabar a las fuerzas del orden. Su elección de dos ministros de Justicia negros no ha afectado a los casi 18.000 departamentos de Policía locales que siguen sus propias reglas. Desde la impotencia del Estado federal, ha reducido las condenas para los encarcelados por posesión de drogas y ha conmutado la pena de 774 reos, la gran mayoría de color. Más que los anteriores once presidentes juntos, pero una gota en el océano.

«Aún estamos esperando al primer presidente negro», confiesa Steven Taylor, profesor de Gobierno de la Universidad de Washington. Taylor recuerda que a un negro no se le identifica sólo por su color de piel, sino por sus señas culturales. Y culturalmente, Obama es blanco. De haberlo percibido como a un negro, Taylor no cree que los blancos le hubieran convertido en estrella de rock y alzado hasta la Casa Blanca. La mitad blanca de Obama no les intimidaba. Y esa es la que veían en él, unida al misticismo de superar las divisiones raciales.

«Ahora tendré que decirle a mi hijo que voté dos veces por el presidente que más hispanos ha deportado», se lamenta Tory Russell, un activista de Ferguson seguidor de Malcon X, para quien el sueño sigue sin cumplirse.