Las Provincias

Castañas frente a calabazas

Castañas frente a calabazas
  • Nuestro humilde fruto otoñal resiste la invasión de Halloween con fiestas en muchos pueblos de España... y con leyendas. Por cada una que nos zampemos la noche de los muertos, un alma se liberará del purgatorio

Hay una hora en la noche, la más triste y fatídica, en la que espíritus y fantasmas dejan sus moradas y vienen a este mundo a expiar sus culpas, bañando de terror las mentes de los sencillos labradores. Es poco después de las nueve cuando empiezan a distinguirse a lo lejos multitud de luces que, pausada y majestuosamente, caminan sin rumbo ni dirección fija. Apenas estas luces se divisan en la aldea, el terror se apodera de todos los vecinos que cierran las ventanas y atrancan las puertas mientras cada uno se encomienda a su santo preferido».

Puede que alguien crea que esta historia es el preámbulo de una de las cientos de miles de fiestas de Halloween que estos días poblarán la tierra, pero nada más lejos de la realidad. El relato, firmado por el periodista gallego Claudio Cuveiro allá por mediados del siglo XIX, es la prueba irrefutable de que en esta parte del mundo, mucho antes de que nuestras tiendas, calles, casas y colegios se sembraran de telas de araña, brujas y calabazas luminosas, hace siglos que celebramos la Noche de Difuntos a nuestra manera.

Dice la historia que fueron los celtas los que prendieron en la península la idea de que, durante la madrugada del 31 de octubre al 1 de noviembre, la delgada línea que separa el mundo de los vivos del de los espíritus dejaba de existir. Dice también que, en este lugar del planeta, el fuego y las castañas siempre han ayudado a pasar el trago. Vamos, que Halloween -o la Noche de Todos los Santos, como prefiera usted llamarlo- es cualquier cosa menos un invento americano, por más que a ellos, con su todopoderoso poder de convicción, les hayan bastado unos pocos años para convencernos de lo divertido que puede llegar a ser vaciar una calabaza y dibujarle una sonrisa maléfica.

Gaztañarres, magostos, calbotadas., hay un montón de nombres con los que aquí se conoce las celebraciones de culto a los muertos que, desde el 1 de noviembre hasta mediados de mes, se suceden en Galicia, Cantabria, País Vasco, en las sierras de Salamanca y la comarca leonesa del Bierzo. Una celebración que llega a Andalucía un poco antes, a finales de octubre, y a Extremadura el primer fin de semana de noviembre con las castañas siempre como protagonistas.

Sustento básico

Hay leyendas que aseguran que, por cada una de ellas que nos comemos la noche de los muertos, lograremos liberar un alma del purgatorio. También las hay que sostienen que, si te zampas siete ejemplares pasados por fuego, atraerás la energía de la tierra hacia el cuerpo y fortalecerás el alma. Otras voces, desde luego menos poéticas, explican que durante siglos elegimos ese humilde fruto -en lugar de un gran paquete de caramelos-, simplemente porque teníamos poco más a mano con lo que agasajar a los espíritus y llenarnos la barriga.

«Magosto es una palabra que puede venir de Magum Ustum, el fuego mágico, por la luz de las lamparillas que servían para guiar a las ánimas. ¿Y te crees que eso de 'Truco o trato' es también una invención americana? ¡Pues tampoco! Aquí en Galicia, cuando empezaba el magosto, los niños iban llamando a las puertas y pidiendo por las casas y los adultos les daban castañas y otros frutos de otoño». Gerardo Dasairas, un maestro de Cangas do Morrazo (Pontevedra) que lleva años sumergiéndose en la historia de su tierra y escribiendo sobre sus tradiciones, lo tiene claro. Tanto como José Manuel González Suárez, responsable de la agencia de turismo de Allariz, un pueblecito medieval de la provincia de Orense, de poco más de seis mil habitantes, en donde cuentan las horas para festejar su magosto. «Aquí, como en la mayor parte del resto de las aldeas del norte, siempre se ha celebrado eso que ahora, de algún modo, todos conocen como Halloween. Eso sí, en nuestras fiestas, la castaña es un elemento fundamental; está ligada a nuestro paisaje y a nuestra dieta . Es verdad que ahora no es un bien tan preciado, pero ese fruto, asado, cocido o convertido en harina, ha sido la base de nuestro sustento durante siglos».

Si alguien tiene alguna duda de que aquí tenemos nuestra particular forma de honrar a los muertos e invocar a los espíritus, solo tiene que echar un vistazo a los escritos de Javier Pérez, autor de 'Están aquí. Son los otros»' (Ed. Espasa). Pérez cuenta que en la región de Las Hurdes, en Extremadura, cientos de personas han vivido encuentros con seres sobrenaturales y que allí, entre el 31 de octubre y el 1 de noviembre, los vecinos cocinan para las almas que regresan del otro lado. Él mismo ha podido comprobar cómo, en el interior de un restaurante, en una mesa reservada para los espíritus de los familiares fallecidos, esperaban pacientes dos platos y una enorme olla humeante. Eso sí... ni rastro de calabazas.