Las Provincias

La medalla de sus vidas

La medalla de sus vidas
/ REUTERS
  • Un podio olímpico da mucho más que la gloria deportiva

Dejó dicho el barón Pierre Fredy de Coubertin que «lo más importante del deporte no es ganar, sino participar». En el ámbito profesional, donde imperan los réditos del éxito, encontraremos no pocas voces que discutan el lema, pero incluso en ese mundo se admite como bueno, sensato e instructivo el mensaje con el que trataba de ensalzar la cultura del esfuerzo el fundador de los Juegos Olímpicos de la era moderna. El pedagogo e historiador francés resumió un ideal y marcó una línea de pensamiento para una cita que se repite cada cuatro años y que en la última edición celebrada en Río de Janeiro congregó una audiencia mundial próxima a los 5.000 millones de personas. Será por la colorista paleta cultural que presenta, por el amplio abanico de espectáculos concentrados en el mismo recipiente..., lo cierto es que un encuentro olímpico ejerce una atracción irresistible para deportistas y espectadores. Los primeros sucumben a ese imán sin condiciones y por ello se preparan duramente a lo largo de cuatro años para no perder un tren que para la mayoría es un objetivo en sí mismo. Tomar parte en una Olimpiada constituye una experiencia única, un acontecimiento imborrable. Tanto que se esfuerzan por participar en él incluso deportistas que gozan de fama internacional previa y cuentas corrientes multimillonarias.

Y si estar ya es un sueño, ¡qué decir de encaramarse a uno de los tres cajones del podio! La gloria olímpica proporciona un subidón de adrenalina igualmente único -basta con observar las caras y las lágrimas de los medallistas-, pero también otras cosas. Y no hablamos únicamente de dinero, que también: en el caso español, 94.000 euros por el oro, 48.000 por la plata y 30.000 por el bronce en deportes individuales, además de dos años garantizados de beca ADO, cuyos importes van de los 22.000 a los 60.000 euros anuales, según modalidad y color del metal. No está nada mal, pero hay bastante más. Una presea olímpica otorga un reconocimiento, unas vías de promoción y unos horizontes de estabilidad que no ofrece ningún otro torneo en la mayoría de las disciplinas. Especialmente en las minoritarias. Los cuatro nombres que nos cuentan aquí su caso dan fe de ello. Los piragüistas Marcus Walz y Saúl Craviotto, el ciclista de montaña Carlos Coloma y la windsurfista Marina Alabau ya conocían el éxito internacional antes de unos Juegos, pero admiten que estos les han cambiado la vida con nuevas expectativas. Algunos de sus compañeros han declinado la invitación, «cansados» de que los medios solo nos acordemos de los deportes menos populares al olor del triunfo. Tocado. Admitámoslo y entonemos el mea culpa.

MARCUS COOPER WALZ - PIRAGÜISMO

«El cambio de vida ha sido radical»

El nombre y los apellidos delatan su origen anglosajón; su físico y su rubio intenso, también. El piragüista Marcus Cooper Walz nació en Oxford hace 22 años de padre inglés y madre alemana, pero se siente «orgulloso» de ser español. Lo es desde los tres meses de edad, cuando su madre se lo llevó con ella a vivir a Mallorca. Doce años después aquel bebé comenzó a practicar el remo en el club de Porto Petro de la isla balear. Y hasta hoy. Su medalla de oro en los 1.000 metros de K1 ha coronado todos estos años de sudor salado en aguas del Mediterráneo y le ha abierto los ojos a un mundo prometedor. «Todo me ha cambiado de forma radical. Ahora tengo más patrocinadores, sales en los periódicos y me llaman para homenajes, recibimientos, entrevistas...». Otro, u otra, huiría de tanto ajetreo. Marcus no. «No, no, esta dinámica no me agobia para nada. Al contrario, estoy encantado». ¿Y no añora algo de la tranquilidad anterior? «No echo nada en falta; cuando no puedo asistir a un acto no voy y ya está. Todo perfecto». Y más que el joven campeón olímpico espera que esté. Porque el éxito en Río le ha mostrado el camino. Walz fue tercero en el Mundial de 2014 en K1 500 metros y segundo hace un año en la misma distancia de K2, pero las expectativas propias no le situaban en lo más alto del podio de Brasil. Eso va a cambiar. «El oro va a hacer también que enfoque nuevos objetivos. A partir de ahora voy a salir siempre a ganar».

CARLOS COLOMA NICOLÁS - BICICLETA DE MONTAÑA

Tranquilidad para el 'boxeador'

Doble pase de muleta, una a cada lado, y mano derecha a los genitales antes de lanzar al aire dos gritos rabiosos. ¿Quién no recuerda la llamativa celebración de Carlos Coloma al entrar tercero en la meta de la prueba de campo a través de bicicleta de montaña en los pasados Juegos de Río? Era el domingo 21 de agosto, última jornada de la cita olímpica. ¿Era necesaria tanta escenografía? Veamos: a punto de cumplir ese día los 35 años, ahora ya los tiene, el ciclista riojano recordaba la doble operación de hombro que le tuvo un año en blanco apenas 24 meses antes de la cita brasileña. En su apretada cuenta atrás para llegar a Brasil, Coloma confió parte de sus entrenamientos al exboxeador José Ignacio Barruetabeña con el fin de fortalecer la clavícula. Resultado óptimo, consecuencias inmejorables. «La medalla me ha cambiado mucho la vida», relata Carlos sin tapujos. «Antes me conocían en el mountain bike; ahora en todas partes. La repercusión mediática ha sido grande y, sabiendo que esto no es fútbol, las marcas se están volcando». No entra en detalles, pero cifra en más de diez los nuevos patrocinadores, con lo que ha duplicado los que ya tenía. «Este respaldo económico es muy importante, me da una tranquilidad y una estabilidad grandes». Tras 17 temporadas como profesional, no era Coloma un desconocido -ganó el Mundial en 1999 y cuatro años después acabó tercero-, pero admite que Río le ha transportado a otra dimensión.

SAÚL CRAVIOTTO RIVERO - PIRAGÜISMO

Oros, plata y bronce de ley

Saúl Craviotto, un catalán de Lleida afincado en Gijón, se ha familiarizado con los podios. Ha subido a ellos en siete Mundiales, en cuatro Europeos y, sobre todo, en otros cuatro Juegos Olímpicos: oro en Pekín'2008 en K2 500 metros, plata en Londres'2012 en K1 200 metros y oro en K2 y bronce en K1 en Río, en ambos casos en 200 metros. Todo ello en el plazo de ocho años. Tal vez por esto su primera declaración es desconcertante: «Las medallas no me han cambiado mucho la vida. Intento mantener la rutina de siempre, entre otras cosas porque tengo una hija de dos años». Valentina, como se llama la niña, reclama su tiempo, claro. Pero el discurso entra pronto en matices. «Hombre, con la medalla de Pekín me llegaron más patrocinadores, sí». Y no solo eso. «La verdad es que me llaman para muchos actos, recepciones... Hasta mediados de enero tengo la agenda completa, casi apenas unos días libres». Craviotto, que colabora además en desfiles solidarios, compagina este ir y venir con sus entrenamientos y su trabajo como policía nacional. Él y el resto de hombres de ley que compiten a nivel internacional encuentran el respaldo del Consejo Superior de Deportes, que les facilita tiempo para entrenamientos y competiciones. Para policía quiere preparase también su compañero en Río, Cristian Toro, que, a diferencia de Saúl Craviotto, se encuentra ahora sin patrocinios. Con el colchón, eso sí, de los 75.000 euros de la medalla, la beca del plan ADO y ayudas de la Xunta de Galicia.

MARINA ALABAU NEIRA - WINDSURF

La hija del título olímpico

El caso de Marina Alabau presenta una particularidad llamativa. Si Cristian Toro, el compañero de Saúl Craviotto en Río, no encuentra patrocinadores después de ganar una medalla de oro, resulta que, peor aún, la windsurfista sevillana perdió alguno de los que tenía después de proclamarse campeona olímpica hace cuatro años en Londres. ¿La crisis? Seguramente. Al menos a los recortes públicos se debió la desaparición del equipo Turismo y Deporte, con el que la Junta de Andalucía ofrecía ayuda económica a un puñado de deportistas de la comunidad, incluida Marina. No era para celebrarlo, obviamente, pero ella contaba con una red importante: los 94.000 euros derivados de la medalla de oro y los dos años de beca ADO. Estabilidad que le permitió plantearse una meta extradeportiva. «Después de Londres decidí tomarme un año sabático para quedarme embarazada». Y al poco nació la pequeña Marta, que ahora tiene 3 años. «Sí, puede decirse que ella es hija de la medalla, ja, ja...», acepta la broma la madre. La regatista vivió por tanto un cambio importante en su vida, un regalazo. En lo que afecta a aspectos más triviales, Marina cuenta que su éxito olímpico ha alterado poco su rutina. «Durante un tiempo, al principio, sí te afecta. Hay un impacto. Pero con el tiempo se olvida y todo vuelve a la normalidad». Es el sino de los deportes minoritarios. Y desde algún punto de vista, también su suerte. Ahora, Marina Alabau, quinta en Río, se plantea la meta de Tokio'2020. Allí veremos cómo sopla su vela.