Las Provincias

5 años sin ETA

5 años sin ETA

  • El 20 de octubre de 2011 la banda terrorista decretó su «cese definitivo». Ciudadanos que vivieron los tiempos más duros de la violencia relatan lo que ha sido para ellos este periodo en paz. Otros muchos han preferido guardar silencio y no aparecer en este reportaje

Marta Buesa, hija de Fernando Buesa: «Hemos vivido con tanto miedo que seguimos callando»

Aquella mañana acababan de montar un armario en casa. «Me había casado y estábamos construyendo nuestro hogar, estaba muy ilusionada», relata Marta Buesa. Era martes, 22 de febrero de 2000. Tenía 28 años. Después de comer, recogió todo y se fue al despacho de abogados en el que trabaja. «Escuché sirenas de policía y ambulancias... Y alguien dijo: ‘Ese ruido ha tenido que ser una bomba’», evoca. Marta miró por la ventana y vio «una columna de humo a lo lejos». Llamó a casa, pero no cogió nadie. «Tuve que ir a hacer una visita por trabajo y al montarme en el coche puse la radio. En cuanto escuché que ETA había puesto una bomba, tuve un pálpito», revela. Volvió a telefonear a la vivienda familiar. Esta vez descolgó su hermano, Carlos: «Ha sido papá, lo han matado».

Fernando Buesa caminaba desde su domicilio hacia su oficina, junto a su escolta Jorge Díez, cuando a su paso la banda hizo estallar un coche bomba que les provocó la muerte a ambos. El doble asesinato tuvo lugar en la zona universitaria de Vitoria, en torno a las 16.30 horas. La explosión se escuchó desde el Parlamento vasco, donde era portavoz del PSE.

«Un compañero me llevó a la casa de mi madre. Tardamos mucho porque estaba todo el tráfico detenido. Al llegar, la puerta estaba abierta. A partir de entonces es como si todo se cubriera de un fondo negro, recuerdo flashes», describe Marta. La vivienda «se llenó de gente». «Estaba en un sofá y de vez en cuando alguien te cogía de la mano», rememora. Hay un detalle que se le ha quedado grabado. «Mi padre fumaba puros y, cada tarde, antes de ir a trabajar, encendía uno con la llama de una vela que dejaba luego para quitar el humo de la sala. Esa tarde seguía encendida. Pensé: Eso es lo último que ha hecho. Alguien sopló, no recuerdo quién, y se apagó. Dijimos: ‘Mira, así se ha ido él».

Los detalles se suceden a medida que su voz se entrecorta. El «ataúd cerrado» en el Parlamento, «el olor a flores en la catedral», «los dibujos de niños» en el lugar del atentado...

Cuando ETA anunció hace cinco años el cese de su actividad armada, Marta rompió en «llanto». «Me repetía: !Qué pena, qué pena, y qué tarde! Cuánto dolor, cuánto sufrimiento inútil», expresa. Se acordó de su madre, de sus hermanos... «Me vino la imagen de mi padre. Deseé alargar mi brazo hasta esa tarde de febrero y decirle ‘coge mi mano y ven aquí, que ya no te va a pasar nada’», comparte.

«Descorazonador y cruel»

Su vida cotidiana «no ha cambiado en estos años». «Yo, al contrario que muchas otras víctimas, tuve la suerte de poder seguir viviendo en mi ciudad, Vitoria, y en mi barrio», remarca. Considera que el final del terrorismo debería llevar aparejado «un nuevo tiempo». «Pero hemos vivido con un miedo tan férreo que seguimos en esa inercia de callar lo ocurrido y eso no puede ser. Si queremos una convivencia sana debemos afrontarlo», defiende.

Marta Buesa es consciente de que será «un proceso largo». «Las personas necesitamos tiempo. Unos para contar lo que nos ha ocurrido y otros, para escuchar. Algunos -en alusión a la izquierda abertzale- tienen mucho que trabajar, y deberían hacerlo con valentía y decisión», sostiene. «Es necesario un mensaje explícito y contundente que deslegitime el terrorismo de ETA; decir que se pide perdón a todas las víctimas ‘por si algo de lo que se hubiera hecho pudo contribuir a ahondar en su sufrimiento’ carece de valor. Es una burla. Ver a un ex preso de ETA homenajeado en el sillón de un alcalde es descorazonador y cruel. Hay que ser intolerante ante esas acciones porque sin una reacción pública contundente estamos colocando muy bajo el listón del respeto a las víctimas. A veces me pregunto cuántas personas de EH Bildu han estado delante de una víctima de ETA y han escuchado su testimonio. Quizás deberíamos empezar por ahí», apostilla.

Antonio Salvá, padre de Diego Salvá: «Puedes querer perdonar, pero telo tienen que pedir»

Antonio Salvá recuerda «minuto a minuto» lo ocurrido aquel trágico 30 de julio de 2009. «No se me olvidará nunca». Fue el día en el que ETA asesinó a su hijo Diego en Mallorca. A la mañana ambos se cruzaron en el pasillo de casa antes de ir a trabajar. «¿A dónde vas?», le dijo Antonio. «Iba directo a mi baño y le pregunté si me había pedido permiso para entrar. Me respondió: ‘No, pero me lo ha dado mi madre’», evoca.

Diego Salvá tenía 27 años y acababa de empezar una nueva vida. Un accidente de moto le dejó en coma varias semanas y le obligó a hacer un paréntesis en su profesión. Era guardia civil. Sus seis hermanos se turnaban para cuidarle. Tenía previsto incorporarse al trabajo el 1 de agosto, pero recibió una llamada informándole de que le había sido concedido el puesto que había solicitado, por lo que debía estar en Palmanova dos días antes. Uno de sus compañeros era Carlos Sáenz de Tejada, de 28 años y natural de Burgos. Una bomba lapa colocada a los bajos de un vehículo de la Guardia Civil aparcado junto al cuartel acabó con sus vidas. Fue el primer atentado mortal en Mallorca y el último cometido por ETA en España. En marzo de 2010 mató al policía francés Jean-Serge Nérin en París.

Antonio, médico de profesión, estaba en su consulta de Ibiza cuando una de sus hijas le llamó y le contó que habían puesto una bomba en Palmanova. «Marqué el móvil de mi hijo, pero no daba señal. Sospeché lo peor», relata. Telefoneó a la Delegación del Gobierno, a la Comandancia de la Guardia Civil... «Nadie me quería decir nada». «Dos horas después» del atentado, el médico de la Guardia Civil confirmó sus temores: «Es tu hijo». Antonio llamó a su mujer, Montserrat Lezaun, y a toda la familia. «Nos lo han matado», les transmitió. «Se me vino el mundo abajo, fue como si me clavaran un puñal», se sincera. Un helicóptero de Protección Civil le recogió cerca de Ibiza y le trasladó hasta Calviá. «Allí, la juez me dijo: ‘Puede usted ver el cadáver, pero no se lo aconsejo’. Soy médico, sabía lo que me iba a encontrar, así que... Preferí quedarme con otra imagen de mi hijo», revela.

Habla con templanza. «Tienes que asumirlo. Lo que nos han hecho es algo que no le deseo a nadie, ni a los etarras. Quiero que cumplan sus condenas, pero nunca que les maten a un hijo», expresa. Han pasado siete años desde que ETA asesinara a Diego y todavía hoy espera «que no haya más víctimas». «El hallazgo en Francia del último zulo con armas ha sido una buena noticia, pero aún no se han disuelto», remarca.

«El odio a España»

Antonio asistió al cese de ETA del 20 de octubre de 2011 con «escepticismo total». «No me lo creía, y eso que tengo muchos amigos en el País Vasco que me decían que era de verdad», explica. Su familia vivió durante diez años en Pamplona. Fue donde nació Diego. «Ver los carteles de Bildu y saber que gobiernan allí... Me tengo que tomar un omeoprazol», reconoce.

En este último lustro, los Salvá Lezaun han intentado llevar «una vida normal». «Los que más lo sufren son mis hijos», señala Antonio, que ha sido abuelo hace poco más de un año. Tiene claro que «uno puede tener la disposición de perdonar, pero para eso le tienen que pedir perdón». «Y hacerlo públicamente», subraya. «Sobre todo, con la vista puesta en las nuevas generaciones».

Antonio tiene la sensación de que «han pasado los años y todo sigue igual, salvo que los terroristas ya no matan». «El odio hacia España aún sigue ahí y mientras exista ese caldo de cultivo, ETA puede resurgir», considera. «Lo que sería un sinsentido en la Europa actual», añade. Salvá siempre recurre al mismo ejemplo. Ilustrativo. «El día que pueda montar una peluquería en Hernani con una bandera de España y no me insulten ni me rompan el cristal ni me miren mal, ese día sí se habrá acabado».

Rubén Puelles, hijo de Eduardo Puelles: «Hay personas a las que les da igual lo que nos ha pasado»

Rubén Puelles no se encontraba ese viernes en casa. Se había quedado a dormir con su novia de entonces. Pasadas las nueve de la mañana empezó a sonar el teléfono. «El de ella, porque yo apagaba el mío por las noches», apunta. Era un amigo del barrio -residían en el barrio bilbaíno de La Peña, su madre sigue viviendo en el mismo piso-, que le informó de que había explotado un coche «y que fuera rápido». «Miré la hora y lo supe. Era cuando mi padre salía de casa todas las mañanas», señala. Le llamó al móvil, «pero salía apagado, cuando siempre lo llevaba encendido». Cogió el coche, puso los intermitentes de emergencia y pisó el acelerador. «No paraba ni en los semáforos, estaba muy nervioso», relata.

19 de junio de 2009. El policía nacional Eduardo Puelles se montó en su coche para ir a trabajar. El vehículo estaba estacionado en un aparcamiento exterior de la calle Santa Isabel del municipio vizcaíno de Arrigorriaga, a escasos metros del domicilio familiar. Lo puso en marcha. En ese momento, hizo explosión la bomba lapa que los etarras habían colocado junto al depósito de combustible. Fue la última víctima mortal de la banda terrorista en Euskadi.

«Cuando llegué no nos dejaron pasar al parking, por si había otra bomba», evoca su hijo mayor. Rubén tenía entonces 22 años y su hermano Asier, 16. Recuerda la imagen de su madre. Paqui Hernández escuchó el estruendo de la bomba y salió a la calle. Fue testigo de los últimos minutos de agonía de su marido. «No sabía qué hacer, creo que nadie sabría qué hacer en ese momento. Recuerdo que le dio un ataque de ansiedad y que acabamos en el hospital», narra Rubén. Paqui «nunca va a volver a estar bien al cien por cien. Nosotros tenemos nuestras relaciones, nuestro trabajo... Pero ella tenía su vida con mi padre», expresa el hijo mayor de los Puelles. Pasados los meses desde el atentado, Rubén y Asier decidieron regalar a su madre un perro, un pincher enano que bautizaron como Willy, «para que no se sintiera tan sola». «Evidentemente un perro no sustituye a un marido, pero le hace compañía», matiza. Willy sigue viviendo hoy con Paqui.

«Un referente»

Rubén Puelles tiene claro que «aunque es cierto que ETA no pone bombas ni asesina a gente, el resto de cosas siguen igual». «Si no entregan las armas... Creo que se han dado cuenta de que no les salía rentable seguir matando, que había que optar por la política para entrar en las instituciones y vivir bien. Y lo peor es que no les está saliendo mal porque la gente les apoya», lamenta. «Hay personas a las que les da igual lo que les haya pasado a los demás», reprocha.

Para Rubén, la lista de ejemplos que «prueban» que queda «mucho» camino por recorrer es larga: «en las fiestas sigue habiendo fotografías de terroristas por todos lados, se homenajea a presos en los colegios e incluso en las redes sociales tienes que ver cómo alguien de Cádiz, que no sabe ni de qué va la historia, aplaude a ETA», desgrana. «El otro día fue 12 de octubre. ¿Por qué no se puede sacar aquí una bandera de España al balcón? Si pones la ikurriña está bien, pero si es la otra... Entonces es provocar», critica.

Rubén está «orgulloso» de su padre. Echa en falta sus «consejos». «Era un referente, un hijo siempre suele recurrir a su padre. Ahora, mi hermano me tiene a mí, pero yo...». Sabe que puede contar con sus tíos para lo que necesite. «Pero no es lo mismo». El mayor de los Puelles, que ha tenido que ver cómo los radicales rompían año tras año el macetero y robaban la placa en recuerdo de su padre que la familia colocó en el lugar del atentado, hace un llamamiento a «no olvidar lo que ha pasado». «Las instituciones tienen que poner de su parte para que no consigan hacer borrón y cuenta nueva. No se lo podemos permitir», concluye.

Mari Carmen Hernández, vieda de Jesús María Pedrosa: «Ni hemos logrado que digan que matar estuvo mal»

Cuando ETA declaró la tregua de 1998 Mari Carmen Hernández «intuía» que no era el final. «Te tranquilizabas, te alegrabas porque paraba la persecución por un tiempo, pero se notaba en el ambiente que habría más». Maldita sensación. Poco después, en el año 2000, un pistolero asesinó a su marido, Jesús María Pedrosa, en el centro de Durango mientras poteaba con la cuadrilla. Un tiro en la nuca. A pesar de las advertencias, el concejal del PP no había aceptado llevar escolta y siempre realizaba el mismo recorrido por el casco antiguo de bar en bar. Como cualquiera. La diferencia es que Pedrosa llevaba catorce años en el Ayuntamiento y tres sufriendo un severo hostigamiento: manifestaciones a la puerta de su casa, amenazas, desconocidos que lanzaban pasquines con su rostro y su dirección... «Le han matado, pero antes no le dejaban vivir», dijo una vecina cuando acudió a consolar a la viuda. El día que la banda anunció el cese definitivo de su actividad, Hernández no dudó de que llegaba el epílogo, esta vez sí. «No tenía razón de ser que siguieran», asegura. «La gente vive ahora mucho más feliz, pero avanzamos muy lentamente. Sigue habiendo odio y miedo en la calle», advierte.

En el último lustro Mari Carmen Hernández ha sido abuela y está volcada en cuerpo y alma en su familia. Celebra con especial énfasis que la futura generación pueda crecer «sin el miedo a que haya más muertos». Lo considera prioritario. También «suspira» por ver a ETA entregando las armas, «que hayan encontrado su zulo -el pasado miércoles cerca de París- les ha chafado, les ha chafado mucho, seguro». La viuda de Pedrosa también se ha convertido en este tiempo muy a su pesar en un icono de los pasos que las víctimas del terrorismo intentan dar hacia la normalización. Nunca conoció al verdugo de su marido porque murió a los pocos meses del atentado en aquel coche que estalló en el barrio bilbaíno de Bolueta, pero ha hablado públicamente en varias ocasiones sobre la necesidad de «perdonar» y de excarcelar a los presos enfermos. «Acabar con la dispersión también ayudaría», insiste durante la conversación.

Su disposición no está exenta de reproches. Ni mucho menos. A los sucesivos gobiernos por su «inmovilismo», al PSOE «por el GAL», pero, sobre todo, a la izquierda abertzale y al entorno de la banda terrorista. «Cinco años no es poco tiempo y sigue sin poderse hablar libremente. No hemos conseguido siquiera que digan que matar estuvo mal». Hernández no pide pactos definitivos, sino que se allane el camino hacia un futuro libre de cargas. «Es cierto que hay gente que está dando pasos a título individual, pero ¿y los partidos políticos? No tienen ni un suelo sobre el que levantar acuerdos».

El nombre de una calle

En 2013 el pleno del Ayuntamiento de Durango aprobó dar el nombre de Jesús María Pedrosa a una nueva calle de la localidad, aunque EH Bildu se abstuvo en la votación. «Sigo notando la distancia en el pueblo», asegura Mari Carmen Hernández, que se niega a aceptar la estrategia de la izquierda abertzale. «Quieren hacer pensar que todo aquello ya pasó, que hay que darle carpetazo sin más, pero no. Las heridas se tienen que cerrar o esto no acabará nunca. Mira lo que pasa con la Guerra Civil». ¿Hará falta más de una generación para acabar con los recelos? «No lo sé», dice Hernández, «pero hay que estar muy al loro en las familias y en los colegios para que las nuevas generaciones lo vean de otro modo». De momento el camino no parece del todo correcto. Al menos en su caso. El hijo de esa primera vecina que la abrazó cuando su marido perdió la vida hace 16 años es ahora uno de los concejales abertzales que no vieron con buenos ojos recordar al edil asesinado con una calle.

Garbiñe Biurrun, jueza: «Es responsabilidad nuestra abordar el pasado para contribuir a la paz»

"No es fácil contar lo que ha ocurrido ni asumir que lo hemos vivido. Menos aún que hay personas, muchas de ellas amigas, que no están aquí porque han sido asesinadas o porque han huido. O que aún sufren miedo y dolor. Será difícil explicar que todo esto ocurría en nuestras calles, que hemos visto cadáveres, torturas e injusticias y crueldades impensables. Pero todo esto ha ocurrido tan cerca, tan dentro, que no se puede obviar. Lo más justo será relatar la verdad y el sufrimiento vivido y la perplejidad que ahora podemos sentir. Cada cual ha de expresar lo que vio y lo que sintió y lo que siente ahora, que puede no ser lo mismo. Tenemos una gran responsabilidad en este ejercicio de abordaje del pasado porque, sobre todo, tenemos un gran deseo y una gran oportunidad de contribuir a la paz y a la convivencia. Por eso debemos combinar la reflexión sobre el pasado y el camino hacia el futuro con una permanente visión de la justicia y los derechos de todas las personas. Porque aún hay derechos vulnerados y sufrimiento cada día y esto también forma parte de lo que sigue ocurriendo."

Luisa Etxenike, escritora: «¿Cuántos años de homenajes a etarras; de víctimas ninguneadas...?»

"Conocemos el trágico balance de la acción de ETA: casi un millar de asesinados; miles de amenazados, extorsionados, heridos. Una sociedad dividida, por la propia ETA, entre los afines a los que se puede dejar tranquilos y los otros a los que hay que acallar e incluso eliminar. Una sociedad tensada en distintas actitudes frente al terrorismo: rechazo; miedo/inhibición; indiferencia; apoyo (tan presente en el espacio público). Una democracia, por ello, bajo constante presión; necesitada de respuestas políticas que muchas veces no se supieron dar, o se dieron a destiempo o ambiguamente (¿cuántos años de homenajes consentidos a etarras; de víctimas ninguneadas; de pintadas ultrajantes sin borrar; de ausencia de una verdadera pedagogía democrática en las aulas…?). Y ello, junto a una Europa mayormente ausente e indiferente. Y poco a poco cambios decisivos a mejor: una creciente valentía y asertividad ciudadana contra la violencia, y en apoyo a las víctimas. Una clase política más cohesionada en la lucha antiterrorista. Y una Europa más colaboradora y consciente de lo sucedido. Así hasta dejar a ETA sin sitio entre nosotros."

Jose Ibarrola, artista plástico: «Los métodos mafiosos asfixiaron la convivencia ciudadana»

"En ETA el desdén por los principios democráticos, la libertad, la dignidad y los derechos humanos era inversamente proporcional a su reverencia por la violencia revolucionaria y la mitificación tribal. Se convirtieron en una maquinaria depredadora necesitada de sus propias acciones para seguir justificando su quimérica recuperación de una Tierra Feliz arrebatada. Podían haber acabado como los GRAPO o los FRAP, diluidos entre la desidia y el abandono social, pero se encontraron con una parte de la sociedad dispuesta a justificar sus desmanes en aras a una Solución Superior. Los métodos mafiosos, la violencia, el sectarismo y la intransigencia asfixiaron la convivencia ciudadana y ,sobre todo en las zonas rurales, convirtieron las relaciones sociales en un hervidero tóxico de silencios cobardes, apoyos indisimulados, coberturas forzadas, miedos y rituales de integración en la tribu. La sociedad, como cualquier cuerpo, necesitará un tiempo para desintoxicarse y un diagnóstico real de su enfermedad mientras supura las heridas."

Enrique Urbizu, cineasta: «Habría que preguntar a todo dios en el País Vasco si quiere oír la verdad»

"Cómo contar lo que pasó en este país hasta hace cinco años es la pregunta del millón. Justo ahora estoy devorando el libro de Edurne Portela ‘El eco de los disparos’, que habla de eso: del silencio, de los equidistantes... Muy interesante. No es fácil responder porque no hay un cómo, sino una suma de cómos. Si quieres hacer el retrato de los 90 puedes sumar ‘Todo por la pasta’ -que hablaba de este país cuando no lo hacían los periódicos-, un disco de Kortatu, alguna novela... Un caleidoscopio de los mismos temas desde diferentes perspectivas que puede conformar un relato. ¿Cómo hay que contarlo? Pues diría que diciendo la verdad, no habría que enmascarar, ni mentir, ni disimular, ni salir por piernas. Quizás habría que empezar por preguntar a todo dios en Euskadi si quiere oír la verdad. Igual nadie quiere recordar qué ocurrió en este país y entonces no hay nada que contar. De lo que no me cabe la menor duda es que serán los nietos que están ahora en el colegio los que lo harán. Los que vengan tendrán una manera más libre y menos prejuiciosa de establecer ese relato."

Bárbara Goenaga, actriz: «No tenemos que callar ni olvidar, porque así nose perdona»

"Me planteo muy a menudo cómo contar lo que ha ocurrido en este país. Mis hijos por suerte no lo vivieron, ni siquiera mi hermano de 24 años parece ser muy consciente de lo que pasó. Y me da la sensación de que nosotros lo estamos siendo ahora. Vivimos una película de terror sin darnos cuenta de que, pocos años después, íbamos a pensar en lo que hemos callado y aguantado. Ni siquiera se podía hablar y lo asumíamos como algo natural. No tenemos que callar ni olvidar, porque así no se perdona. Hay que hacer un ejercicio de autocrítica muy profunda. Yo he hecho alguna película sobre la Guerra Civil, y siempre me ha inquietado pensar por qué nuestros abuelos no nos habían hablado de ella. Y ahora, en estos cinco años, me asusto de cómo nos ha parecido normal algo tan terrorífico. Casi todos hemos sido bastante cómplices, y yo me incluyo la primera. Había muertes en mayúscula y en minúscula. Unos asesinatos nos dolían más porque creías que políticamente estabas más cercano a la víctima. Hay que pedir perdón y no en un sentido político, porque se ha matado. Todavía queda mucho trabajo por hacer."

Víctor Urrutia, sociólogo: «ETA fue tan importante porque contó con notable apoyo social»

"Si ETA existió y fue tan eficaz a la hora de intentar bloquear el desarrollo democrático fue porque contó con un apoyo notable de una gran parte de la sociedad, que hoy sigue votando a sus sucesores, y por otro grupo social muy importante, los nacionalistas, que contemplaron con indiferencia esa situación. La indiferencia, el miedo y los intereses políticos excluyentes han sido los auténticos enemigos de la democracia. Pero finalmente el sistema democrático ha sido tan fuerte que ha vencido a esos intentos de la violencia de ETA por destruirlo. Yo no utilizaría la expresión de vencedores y vencidos porque eso implicaría la existencia de bandos. En Euskadi no ha habido bandos, porque no ha existido ninguna guerra. Lo que sí ha habido es un grupo de terroristas apoyados por otro grupo social que ha intentado bloquear las vías democráticas, pero finalmente la democracia ha conseguido vencer al uso de la violencia y del terror de ETA. Aunque actualmente sus sucesores, que se han beneficiado de esa violencia, se encuentran tranquilamente establecidos en los Parlamentos."

Borja Cobeaga, cineasta: «Disfrutar de esta situación no puede ser un bálsamopara el olvido»

"Ni como País Vasco ni como España somos un país de gran memoria. Los extremos ideológicos reniegan de ello: el PP no quiere echar la vista atrás y tenemos todavía la cuenta pendiente de la Guerra Civil; mientras, la izquierda abertzale prefiera hablar de pasar página y se escabulle de pedir perdón o cuando lo hace es con matices. Por la cantidad de víctimas que ha habido y por cómo se ha vivido, esto no puede caer en el olvido. La liberación mental y psicológica de todos ha sido muy rápida, y eso tiene algo de beneficioso, la capacidad de adaptación ha sido brutal. Disfrutamos de la situación, vivimos una celebración y no podemos estar dándonos cabezazos contra la pared, pero no puede ser un bálsamo para el olvido. En un momento en el que Europa sufre atentados terroristas tenemos que echar la vista atrás. El paso del tiempo ha hecho que muchas de las barbaridades que han ocurrido en Euskadi parezcan prehistóricas. Oyes a Felipe González hablar de pasada de «lo que les hemos hecho a los vascos» y pasa desapercibido. Y te das cuenta de que quizá haya gente que no quiere saber exactamente qué pasó. Esta es una historia sencilla y compleja a la vez, tremebunda."

Javier Vitoria, teólogo: «Por motivos políticos se liquidaba y se sometía a terror»

"Durante años y años se mataba y se perseguía a la gente simplemente por razones políticas. Se liquidaba a personas y se sometía a terror únicamente por motivos ideológicos. Y ese es el discurso más evidente. En todo ese tiempo hubo un grupo de gente que extorsionaba, mientras que otro grupo de gente se dedicaba a hacer coartadas y a justificar todos esos actos. Reconozco que me impacta la dificultad que tenemos todavía hoy para contar la historia, para explicarle al resto lo que ocurrió. Había intereses políticos muy importantes para ocultar la verdad. Lo que sucedía quedaba embutido con aspectos relacionados con los derechos humanos. Está claro que es innegable que hubo torturas, que existió el GAL, que se produjo el cierre de periódicos, que hubo personas en aislamiento... Y todo ello se fue convirtiendo en una enorme bola que tapaba parte de lo que sucedía. Sin embargo, debo decir que las torturas no se justificaban, pero las muertes, sí. Aún nos costará un tiempo que se reconozca todo el daño."

Fernando Savater, filosófo: «Había que escoger entre ser cobarde o ser mártir»

"Aunque ETA es una organización terrorista que nació cuando la dictadura ejercía a su vez una forma de terror sobre la población, la mayor parte de su vida activa ha sido ya en democracia y contra ciudadanos demócratas. Ha sido una lucha contra los demócratas y no a favor. No hace falta empuñar armas para defender ideas. Hasta hace cinco años la gente en Euskadi tenía que optar o por la complicidad con el terrorismo, o por el silencio, o por adoptar una actitud de denuncia como hicieron las organizaciones cívicas en el País Vasco. Aunque eso implicase sufrir amenazas. Algo que también sufrieron los políticos constitucionalistas, pues la violencia de ETA impidió el desarrollo normal de la democracia. Dio una ventaja indebida a los partidos nacionalistas, que podían expresarse libremente, y restó muchas posibilidades a los partidos constitucionalistas que, además de sufrir atentados, estaban siempre cohibidos. Aquí había que elegir entre ser cobarde o ser mártir. Eso no es justo, porque la gente no debería estar obligada a vivir como héroes o como mártires, sino como ciudadanos."

Óscar Terol, actor y guionista: «El milagro para mí es que se ha roto la cadena macabra del odio»

"Fue una época oscura, de mucha convulsión, en la que el odio se materializaba. Siempre habrá emociones negativas en los individuos y las sociedades, pero nuestra pequeña cota de libertad es materializarlas o no. Había una fuerza extraña que hacía que el odio se materializara de una manera concreta. Independientemente de etiquetas y bandos, esa cadena macabra del odio generaba más odio, frustración y sufrimiento. El milagro para mí es que esa cadena se ha roto. Paralelamente a esa bolsa de odio, había una sociedad que avanzaba y vivía hacia adelante, y en un momdento determinado la parte de esa sociedad que respeta a los demás ha ganado. El triunfo ha sido social, de los que en un momento decidimos que no aceptábamos ese comportamiento. No me corresponden análisis de otro tipo porque no he sido ni víctima, ni verdugo, ni político. Formo parte de esa sociedad que siempre ha tenido una especie de tristeza en el corazón porque sentía que no podía hacer mucho más que seguir viviendo esperando que algún día triunfara nuestra manera de entender la vida."