Las Provincias

El móvil del delito

El móvil del delito
  • El 'smartphone' nos hace más vulnerables al crimen pero también se ha convertido en una poderosa arma para la policía a la hora de cazar delincuentes

Dicen las estadísticas que pasamos hasta cinco horas de media al día pegados al móvil. En menos de una década, el invento del siglo ha cambiado la forma que tenemos de trabajar, de relacionarnos con los demás... y también de delinquir. Las posibilidades tecnológicas que ofrece ese aparato que llevamos en el bolsillo -para el que la definición de teléfono se queda ya muy corta- contribuyen a facilitar, amplificar o difundir conductas criminales. La actualidad ha dejado un rosario de casos que lo ilustran. Desde el joven que instaló un programa espía en el móvil de su pareja con el fin de tenerla controlada y para quien el fiscal pide siete años de cárcel, hasta la supuesta violación múltiple que empañó los últimos sanfermines. Compartir su 'hazaña' en un grupo de WhatsApp a través de un vídeo de imágenes explícitas ayudará a esclarecer la responsabilidad de los acusados. En este sentido, la tecnología móvil se ha revelado como un arma de doble filo. A la vez que facilita el delito, brinda una valiosa información para luchar contra él.

«En el dispositivo móvil se almacena un montón de información sensible que nos puede hacer muy vulnerables si cae en manos malintencionadas», advierte Jorge Bermúdez, fiscal de criminalidad informática. Desde las contraseñas de correo electrónico y cuentas bancarias, un registro constante de nuestros movimientos o hábitos de consumo, hasta fotografías comprometedoras. Delitos como el ciberacoso -que endurece las consecuencias humillantes para la víctima-, el secuestro 'virtual' o la extorsión mediante el acceso a aplicaciones de contactos sencillamente no existían hace unos años, lo que ha obligado a jueces y fuerzas del orden a adaptarse a los cambios en la sociedad.

Pero de momento los 'hackers' van más rápido. La nueva Ley de Enjuiciamiento Criminal entró en vigor el pasado 4 de diciembre, incorporando una batería de medidas destinadas a valerse de las nuevas tecnologías para luchar contra el crimen. Permite intervenir conversaciones privadas «en caso de urgencia» o en investigaciones relacionadas con «bandas armadas o terroristas». También autoriza a la Policía Judicial a 'patrullar' las comunicaciones privadas con agentes informáticos encubiertos y, previa autorización judicial, faculta a los cuerpos de seguridad a instalar troyanos en ordenadores o móviles de un sospechoso para avanzar en una investigación.

Para muchos la medida compromete el derecho a la intimidad y el secreto de las comunicaciones, mientras que para otros llega tarde. Bermúdez recuerda un caso de homicidio en Gipuzkoa en el que se solicitó al juez triangular las señales de teléfono móvil de la víctima porque había indicios de que podía estar en peligro. «El juez, con la ley en la mano, no podía autorizarlo. El cadáver apareció ocho días después en avanzado estado de descomposición». Antes de la reforma, la ley de 1982 sólo contemplaba el 'pinchazo' telefónico y la intervención de comunicaciones postales y telegráficas, siempre previa autorización judicial.

Aunque los cuerpos policiales cuentan con unidades especializadas para luchar contra la ciberdelincuencia y agentes con experiencia como auténticos piratas informáticos, los sindicatos policiales echan en falta más formación. «Contamos con pocos recursos económicos y pocos efectivos especializados, que en su mayoría se han formado previamente», reconoce Ramón Cosío, portavoz del Sindicato Unificado de la Policía (SUP). En su opinión, los programas de estudio de las academias policiales no prestan la atención necesaria a un ámbito que cada vez gana más peso en su trabajo diario. «Nuestra labor debería ser más preventiva que represiva, pero para eso tenemos que conocer la red mejor que los 'hackers'».

Tampoco se puede decir que no hayan dado pasos. La aplicación Alertcops ha servido para agilizar la comunicación con los agentes, sobre todo entre un segmento de población joven acostumbrada a comunicarse por mensajes de texto. Con un solo 'clic' permite avisar de delitos como acoso escolar, violencia de género, robos o peleas. Envía una alerta geolocalizada que pone al usuario en contacto directo con un agente de la comisaría más cercana, con el que se inicia una conversación vía chat. En su primer año de vida ronda las 285.000 descargas y ha permitido evitar, entre otros, hasta 63 casos de acoso escolar. Precisamente los ataques en las aulas son una de las conductas en las que más ha influido la irrupción del teléfono móvil. Los acosadores ya no se contentan con humillar o agredir a su víctima en clase o en el recreo, sino que han encontrado un filón en grabar sus 'proezas' y difundirlas en las redes sociales, dilatando el calvario de quienes las sufren.

Hace unos meses dos adolescentes estadounidenses dieron una mortal paliza a una compañera de 16 años en los baños de su instituto. Grabaron la agresión en vídeo y la colgaron en las redes sociales. Amy, como se llamaba su víctima, murió a los pocos minutos de llegar al hospital. Aunque las consecuencias no hayan llegado a ser tan dramáticas, casos similares se han producido en institutos de Lanzarote, donde la Policía investigaba un vídeo en las redes en las que se veía a dos chavales golpeando a un compañero a las puertas del centro educativo; en Murcia, donde la Guardia Civil detuvo a otros dos jóvenes por un caso similar, o en Girona, donde un grupo de chicas dio una paliza a una compañera y la grabaron con el móvil, por citar sólo algunos casos.

Narcisismo criminal

La necesidad casi patológica de compartir cada nimio detalle de nuestra vida a través de internet ha llegado a extremos delirantes en el caso de criminales que no han tenido escrúpulos en alimentar su narcisismo colgando en la red la prueba de sus fechorías. Uno de los casos más sonados es el del yihadista que, el pasado mes de junio, mató a un policía y a su pareja en París y retransmitió el asesinato en directo mediante la aplicación Facebook Live. Momentos antes de ser abatido a tiros por las fuerzas de seguridad, llegó incluso a grabarse con el hijo de 3 años de sus víctimas mientras comentaba a cámara: «Todavía no sé qué hacer con él». Espeluznante.

No es el único caso. En Texas un hombre de 45 años mató a su pareja y colgó un 'selfie' con el cadáver en el perfil de la víctima. Fue su madre la que, al ver la escalofriante imagen, avisó a la Policía, que detuvo al hombre antes de que pudiera quitarse la vida. También tuvo repercusión el caso de una joven de Ohio que retransmitió a través de la red Periscope el momento en el que su novio violaba a una conocida. La pareja -29 años él y 18 ella- se enfrenta a una pena de 40 años de cárcel por violación, secuestro y difusión en las redes sociales.

La violencia machista y los delitos contra la libertad sexual son precisamente los que han encontrado en las redes sociales a la vez a un cómplice y a un delator. El caso de los presuntos violadores de San Fermín es suficientemente ilustrativo, pero desgraciadamente hay más. Poco antes de los Juegos Olímpicos, el vídeo de la violación masiva de una joven de 17 años en Río indignó al mundo, especialmente porque quedó impune. Incluso cuando el acto sexual y hasta la grabación se producen con consentimiento, la difusión sin permiso constituye un delito en sí. Lo saben los jugadores del Eibar Enrich y Luna, que han sido denunciados por la mujer que aparece con ellos en un vídeo que se hizo viral hace tan sólo unos días.

A la espera de sentencia está un hombre de 22 años de Jaén por un caso de acoso en el que el móvil tuvo un papel protagonista. Regaló a su novia un teléfono que tenía instalado un programa espía con el fin de controlar su movimientos y sus comunicaciones. Pasó un año hasta que la chica se dio cuenta y lo denunció. El joven se enfrenta a una pena de hasta siete años de cárcel. Ella no sabía que cada vez que miraba el móvil, era su acosador el que la vigilaba a ella. Y así más de cinco horas al día.