Las Provincias

El corsé de la reina

El corsé de Isabel II, con la  sangre reseca y el agujero  hecho por el estilete del  cura Merino. ::  jaime garcía
El corsé de Isabel II, con la sangre reseca y el agujero hecho por el estilete del cura Merino. :: jaime garcía
  • Isabel II sorteó el puñal del cura Merino gracias a su ropa interior. La prenda conserva sangre real y se va a exhibir en el Museo del Romanticismo

Aveces lo que tortura y quita la respiración resulta providencial. Isabel II le debe la vida a su corsé, una maldita prenda diseñada para el disfrute de los varones y que oprime tanto el cuerpo que deja sin resuello a la mujer. Las feministas abominan de él con razón, pero por una vez esta ropa interior prestó un buen servicio. El 2 de febrero de 1852 el clérigo Martín Merino intentó acabar con la vida de 'la Reina Castiza'. Lo que iba a ser una puñalada en el pecho se quedó en un pinchazo sin importancia en la parte derecha del abdomen. El estilete que esgrimía el regicida tropezó con las barbas de la ballena del corsé. Por añadidura, el grueso manto de terciopelo carmesí bordado con oro que lucía Isabel II hizo de peto protector. El corsé está guardado en los almacenes del Museo Arqueológico Nacional (MAN) desde hace más de un siglo y medio. El público no lo puede ver porque se trata de una pieza muy delicada que se muestra en contadas ocasiones. Sin embargo, pronto los curiosos y amantes de la historia disfrutarán de una oportunidad de oro para contemplarlo. A partir del 29 de noviembre, la prenda se exhibirá en el Museo del Romanticismo, en Madrid, como pieza invitada.

«Las barbas de ballena que recorren la silueta del corsé están estratégicamente colocadas y configuran un armazón de queratina, de suerte que el material resultante es muy elástico y además resistente», explica Marian Granados, conservadora jefe del Departamento de Edad Moderna del MAN. Con semejante armadura, el clérigo sólo pudo infligir a la monarca una incisión de apenas 15 milímetros.

El corsé, confeccionado con lino, está dotado con un refuerzo en la cintura, donde se concentra el mayor número de varillas, realizadas con las barbas de la ballena. De ahí su nombre. Las varillas del cetáceo se empleaban en la fabricación de corsés en el siglo XVIII, pero a partir del XIX comenzaron a utilizarse las de acero y, más adelante, las de materiales plásticos. Pese a estar adornado con encajes y puntillas, no se puede decir que el objeto sea un alarde de lujo. La parte de atrás consta de ojetes metálicos que se abrochan mediante lazos, los mismos de los que tiraban con fuerza y algo de saña las criadas para dejar un sucinto talle a sus señoras.

El lino se encuentra en un excelente estado de conservación, salvo por el corte ensangrentado que aún persiste y que convierte el corsé en una «reliquia histórica». Lógicament, acusa el paso del tiempo, como lo certifican algunas manchas. No en balde «estuvo guardado 30 años en palacio». «Tiene las señales normales de la degradación de la tela, algo de que adolecen todos los tejidos antiguos», dice Granados, que destaca que la pieza fue donada por el mayordomo real al MAN en 1871.

Pormenores técnicos al margen, la historia que se oculta detrás del corsé es apasionante. El día del atentado, una Isabel II de 21 años se disponía a asistir a la madrileña basílica de Atocha, donde se iba a la celebrar la 'misa de parida', una liturgia que serviría para presentar a la Virgen a su primogénita, Isabel de Borbón, 'La Chata'. Hacía sólo mes y medio que la madre de Alfonso XII había alumbrado a la que sería Princesa de Asturias, lo cual no fue óbice para que se pusiera el tormentoso corsé. Luego se celebraría un besamanos en palacio. Pese a la expectación suscitada, sobre el nacimiento de 'La Chata' rondaba un mal augurio. «Mala noche y parir hembra», dicen que dijo un anciano general de la corte.

Al salir de la capilla real, Merino, con fama de enajenado y arrogante, esgrimió un estilete de unos 20 centímetros. El religioso, de ideas liberales, odiaba a Narváez, el presidente del Consejo de Ministros. Quería vengar a algunos mártires del progresismo español. Sorprendentemente, Isabel II era un objetivo más fácil que el político, conocido como El Espadón de Loja por su mano de hierro.

Ya se ha dicho que el arma resbaló en el corsé como si fuera una cota de malla. Cuenta Isabel Burdiel, autora de una reconocida y premiada biografía sobre Isabel II, que al principio la opinión pública expresó su «adhesión emocional» a la monarquía. Sin embargo, los rentables efectos políticos para el matrimonio formado por Isabel II y Francisco de Asís pronto se desvanecieron. Se rumoreaba que el clérigo no había actuado solo y que el regicidio «había sido inducido desde las altas esferas carlistas o, incluso, desde el entorno del propio rey». La Iglesia temía que se repitiera una masacre de frailes como la que aconteció en 1834, cuando se consumó el divorcio entre liberales y absolutistas.

Más allá de las intrigas, el cura Merino fue apresado de inmediato, juzgado de forma sumaria y condenado a garrote. Los que vieron el cadáver recordarían después que tenía los pies atados. La cabeza se hallaba cubierta por un birrete que le llegaba hasta las orejas. Y en el cuello aparecían de manera nítida los signos de una brutal estrangulación. En su rostro angustiado nadie había limpiado las salpicaduras de sangre y bilis.