Las Provincias

Patatas que merecen la pena

Un recluso desayuna en la cárcel  californiana de Yucaipa.  :: reuters
Un recluso desayuna en la cárcel californiana de Yucaipa. :: reuters
  • Sólo se venden en las cárceles de EE UU y entusiasman a los reclusos. «Son un orgasmo en la boca»

  • La presión de los expresos ha logrado que se comercialicen en internet

En Estados Unidos, cuando algún reincidente vuelve a dar con sus huesos en la cárcel, puede encontrar al menos un pequeño consuelo a su aflicción: sabe que entre rejas disfrutará de un manjar inaccesible para los de fuera, un sabor maravilloso que se ha convertido en un raro privilegio de los reclusos. No es que baste para compensar la pérdida de libertad, pero muchos convictos esperan el reencuentro con ilusión, como quien evoca uno de esos platos de la infancia con los que seguimos soñando el resto de nuestra vida. Ese bocado mágico son las patatas fritas The Whole Shabang, un 'snack' «supersazonado», según describe la empresa que lo fabrica, que solo tiene una pequeña pega: cuando completan su condena, esos mismos presos se desesperan ante la imposibilidad de conseguirlo en la calle, porque su paladar se ha acostumbrado a las emociones fuertes y las patatas del mercado convencional les parecen insípidas y tristes.

Las patatas The Whole Shabang obran el prodigio de que los ex reclusos sientan nostalgia por una pequeña parcela de la vida penitenciaria. Desde hace años, funciona un activo mercado negro en el que participan presos, familiares y también funcionarios, los únicos que tienen fácil lo de abastecer sus hogares con el codiciado alijo. Las comisiones de libertad condicional suelen reservar bolsas en las cárceles que les toca visitar, para animar con un toque de sabor intenso su tarea de entrevistar a presos. Y, en internet, proliferan los elogios, las consultas sobre la mejor manera de hacerse con ellas, las reventas a precios abusivos en eBay y las peticiones a los fabricantes para que las comercialicen de una vez en las tiendas.

«Son unas patatas asombrosas. Cumplí una pena de 60 días y no habría sobrevivido de no ser por las Whole Shabang -escribe Michael Sister en uno de los grupos consagrados a rendir culto a las famosas patatas-. Gracias por salvarme y por descubrir a mis papilas este sabor divino, propio de la realeza». Otro mensaje, de Nicole Duarte: «No las he probado en más de doce años, desde que salí de la cárcel de Framingham. ¿Dónde coño puedo encontrarlas? Estoy dispuesta a hacerlas yo misma». Y uno más, de Megan Slater: «Mi novio, su hermano y yo, que hemos pasado demasiado tiempo en la cárcel, hemos probado muchísimas patatas nuevas, hemos mezclado unas con otras, hemos añadido condimentos, y nada se les acerca».

Más caras fuera que dentro

Tanta insistencia ha acabado obteniendo su fruto, porque los fabricantes de The Whole Shabang, al principio muy reacios, han empezado a venderlas también a través de internet. La empresa Keefe Group empezó suministrando café a hoteles y a mediados de los 70 amplió su mercado a las instituciones penitenciarias: se convirtió, de hecho, en una firma pionera en el embolsado de productos que habitualmente se envasan en botellas, tarros de cristal o latas, recipientes prohibidos en las cárceles. Hoy es un gigante del sector, que provee a los reclusos de cualquier aliciente que les esté permitido disfrutar: desde sopa china de fideos hasta calzoncillos, desde colutorio hasta radios portátiles, desde suplementos vitamínicos hasta buzón de mensajería por email. Eso sí, en su tienda virtual, las patatas (fabricadas, por cierto, en Canadá) salen bastante más caras que en prisión.

Los reclusos pagan en torno a un euro por la bolsa de 170 gramos, un precio que casi se triplica en la venta 'online', donde también se ofrece un suntuoso 'pack' de degustación de 32 euros que incluye dos bolsas con la receta original, cuatro con la «receta extrema», dos de palomitas y cuatro de cacahuetes.

Pero ¿qué tienen de especial estas patatas para dar lugar a tanta obsesión? La clave se esconde en el nombre: 'the whole shebang' es una frase hecha que viene a significar 'todo el asunto', equivalente muchas veces a nuestro 'no le falta de nada'. Y parece que, ciertamente, al 'snack' carcelario le faltan pocas cosas, porque está sazonado generosamente con todos los condimentos disponibles en el mercado, o al menos con los más potentes: sal, vinagre, salsa barbacoa, ajo, sabor ahumado y especias secretas, según enumeró hace unos años el diario 'Lincoln Journal'. Es puro maximalismo gastronómico, una adición que conduce a la adicción. Un expresidiario que se hace llamar Buckshot ('Perdigón') describe así el resultado en su blog: «Piensa en la cosa más alucinante que hayas probado y concentra ese sabor multiplicado por un millón en una pequeña lámina de patata que se puede disolver en la lengua. The Whole Shabang es más que una patata frita: es un verdadero orgasmo en la boca. Si intentas analizar la composición exacta del sabor, experimentarás el equivalente gustativo a un viaje de ácido».