Las Provincias

La larga muerte del niño pintor

La larga muerte del niño pintor
  • La familia del chico desaparecido hace 29 años en Málaga ha tenido que declarar su fallecimiento para desbloquear una herencia. Para la madre sigue «muy vivo»

El 6 de abril de 1987 Málaga estaba revuelta. La Reina tenía que aparecer por la tarde para asistir a un concierto de la Orquesta Sinfónica Ciudad de Málaga y presidir la reinauguración del teatro Cervantes. Doña Sofía iba a llegar desde el aeropuerto y a lo largo del recorrido se iban colocando curiosos y monárquicos devotos. Aquella tarde, David Guerrero, un niño de trece años con un don para el pincel, había vuelto del colegio, se había tomado un yogur y volvía a marcharse a la calle. Tenía clase de pintura, pero antes tenía que pasar por la galería La Maison para ser entrevistado por una radio local. Un cuadro suyo del Cristo de la Buena Suerte figuraba en la exposición colectiva 'Recorriendo la Semana Santa'. Su talento empezaba a llamar la atención y la pintura estaba valorada en 60.000 pesetas.

Aquel Lunes de Pasión, antes de marcharse, su padre le hizo un croquis para que no se despistara en el autobús y le explicó dónde tenía que bajar. Eran los 80 y, en aquella época, no era raro que un niño de 13 años viajara solo en autocar. Sobre las seis y media, David, el niño pintor, cogió su bolsa vaquera con los trastos de pintura, el carnet escolar y un bonobús, salió de la modesta casa de los Guerrero Guevara, frente a la Tabacalera, en la barriada 25 Años de Paz, y pegó un portazo.

José Guerrero acudió a las nueve en punto, como siempre, a recoger al chiquillo. Pero no estaba. Pensó que igual seguía en la galería y se fue para allá. Pero tampoco. Aún no había móviles y la familia no tenía teléfono, así que el padre aceleró hacia el barrio, abrió la puerta y encontró a su mujer preparando la cena. José escupió su inquietud. «¿Pero David no está aquí?».

David no volvió a aparecer. Ni esa noche ni ninguna otra. Tenía 13 años y hoy, 29 otoños después, ya habría cumplido los 43. Nadie sabe si está vivo o muerto. Es un caso insólito. Una desaparición limpia. Apenas hay pistas. Y nadie, en esa Málaga ajetreada del 6 de abril del 87, vio a aquel chaval de pelo castaño y ojos verdes. Ni de casa a la parada. Ni en el autobús. Ni en la zona donde debía haberse apeado. Se lo tragó la ciudad.

Su padre, que durante años fue a la comisaría todos los santos días a preguntar por su hijo, murió hace diez meses. El fallecimiento abrió una herida inesperada. Como no ha aparecido el cadáver, el niño pintor está oficialmente vivo y eso supone que es heredero de los bienes de su progenitor. La única forma de desbloquear la herencia es darlo por muerto, una opción que recoge el Código Civil cuando han pasado diez años sin noticias del desaparecido.

Por eso, el miércoles, Antonia Guevara, un alma en pena desde hace 29 años, se armó de valor, apretó los dientes y se fue, acompañada de uno de sus otros dos hijos y un par de vecinas, al juzgado de Primera Instancia número 8 de Málaga para declarar que hace más de una década que no tienen noticias de David Guerrero, pese a que asegura que sigue «vivo, esté donde esté».

Antonia es ahora una mujer de 70 años más consumida por el dolor y la angustia que por el tiempo. No ha vuelto a celebrar bodas, comuniones ni cumpleaños. Qué puede empujarle a brindar a una madre que un día dejó de ver a su hijo y a quien en 29 años nadie ha podido aclararle qué le pasó a ese crío. Por eso es tan agrio remover el pasado. «Llevo dos semanas muy nerviosa por la declaración, es un paso muy desagradable», declaró en la puerta del juzgado. Su hijo no tardará en estar legalmente muerto, pero en su corazón sigue y seguirá «muy vivo».

Un caso abierto

Este trámite legal para desbloquear la herencia no afectará a su investigación. El del niño pintor sigue siendo oficialmente un caso abierto, aunque hace un lustro que ya apenas late. En estos 29 años ha ido pasando de mano en mano. Cada nuevo jefe del Grupo de Homicidios de la Policía Nacional heredaba este galimatías indescifrable y tenía que darle una vuelta.

No han abundado las pistas, pese a que los investigadores han tirado de todos los hilos. Desde la información de personas que juraban haberlo visto hasta la opinión de médiums y videntes. Las dos opciones que se han barajado con más convicción son el secuestro y la fuga voluntaria. Ambas cojeaban: nadie pidió un rescate y el chico nunca tuvo problemas familiares. David era un chaval reservado sin muchos amigos. Prefería quedarse en casa pintando con Raúl, su hermano pequeño.

Éste también sufrió el pellizco de la vida y en las primeras Navidades después de la desaparición leyó un mensaje por si lo escuchaba su hermano. «Aquí está esperando toda la casa. Mamá ya no tiene lágrimas de tanto llorar. Papá llora para adentro como los hombres», decía el texto. Y, unas líneas después, añadía: «Te propongo una cosa: vuelve. Da señales de vida. Vuelve para hacernos las Navidades más felices del mundo. Aquí te esperamos, junto a la mesa y la silla. Tu silla, tu sitio, tu lugar y tu comida».

La Interpol cree que es el caso de desaparecidos más desconcertante de Europa. Nadie vio aquella tarde al niño pintor. Ni los viandantes ni los conductores de los autobuses. Y los que creyeron verlo de ahí en adelante estaban equivocados. La Policía siguió su rastro por Almería, Montserrat, Ibiza, Motril, Italia, Francia, Marruecos, Venezuela y México. Un matrimonio canario que estaba de luna de miel en Lisboa juró y perjuró que lo vio, junto a otros niños, dibujando en una zona turística. Pero dieron con ellos y David no estaba.

Solo hay una pista algo sólida: la servilleta que encontró una camarera de hotel, tres años después, donde se podía leer 'David Guevara. Huelin'. Su nombre, su segundo apellido y un barrio colindante con el suyo. En aquel hotel se había hospedado un acaudalado ciudadano suizo de 70 años al que David le había hecho una caricatura. La Policía contactó con su exmujer en Berna y averiguaron que había fallecido, de muerte natural, meses atrás. Por ella supieron que en la Costa del Sol le gustaba fotografiar a la gente y les permitió ver sus retratos. No encontraron ninguno del malagueño más buscado.

Antonia Guevara dejó sin pasar el pestillo durante meses por si una noche aparecía su hijo. Le llora casi cada día y cuando pasea por la calle mira a los mendigos y se pregunta si no serán él. Luego vuelve a casa, ya sin compañía, y ve su cama y sus cuadros colgando de las paredes, incluido uno de Sylvester Stallone haciendo de 'Rocky' que le pidió un amigo de su padre para colgarlo en el gimnasio. Se lo devolvió cuando cerró el negocio. Para el 'museo' del niño pintor.