Las Provincias

Rivales de vestuario

  • Lorenzo y Rossi no son un caso aislado. El deporte profesional rebosa de enemistades dentro de un mismo equipo. Los egos y la exigencia competitiva tienen la culpa, según los especialistas

La riña entre Valentino Rossi y Jorge Lorenzo no tiene arreglo. O eso parece. Al contrario, se enfanga y encona cada semana que pasa. Son compañeros en la escudería Yamaha, pero lo disimulan de miedo. Hace quince días discutieron tras la carrera en el circuito de Misano y el domingo al italiano le enfurecieron el abrazo y felicitación de Lorenzo a su mayor rival, Marc Márquez, ganador en Alcañiz y virtual triunfador del presente Mundial de MotoGP con el equipo Honda. «Nuestra relación es nula. Compartimos equipo y garaje, pero nada más», proclaman sin ambages Valentino y Jorge. Apenas se dirigen la palabra. Y siendo así es de suponer que tampoco se llamen, ni se escriban, ni se envíen mensajes de whatsapp, ni se feliciten los cumpleaños... Solo se dedican puyas el uno al otro a través de los medios.

El suyo no un caso único. Ni siquiera raro. Enemigos de vestuario hay multitud. A fin de cuentas, compartir colores no garantiza sintonía ni idénticos objetivos en disciplinas donde el éxito final es individual. Rossi y Lorenzo no pueden ganar el Mundial al mismo tiempo. Como tampoco era posible que Contador y Armstrong subieran juntos al primer cajón del podio del Tour de 2009 por mucho que ambos militasen en las filas de Astana. Era uno u otro. Fue el madrileño el que se anotó la ronda gala de ese año a pesar de las zancadillas que tuvo que sortear del estadounidense y de su propio equipo, dirigido por Johan Bruynnel. La primera, antes incluso del inicio de la carrera, cuando el Astana anunció que recuperaba para el ciclismo a Armstrong, retirado oficialmente cuatro años antes, sin comunicar siquiera esa decisión a Contador. El español tuvo la sospecha de que quedaba en cuestión su condición de jefe de filas. Ya en carretera tuvo la certeza de ello. Armstrong hizo la guerra por su cuenta, no colaboró ni ayudó nunca al de Pinto y, por si no estaba debidamente claro, Contador tuvo que acudir a la crono de la etapa 18 en un coche particular. Los vehículos libres del Astana habían ido a recoger a la familia de Armstrong al aeropuerto y Bruynnel decidió seguir en el suyo al estadounidense. Solo, sin transmisor, sin comunicación, sin referencias, el ciclista madrileño dio una exhibición en esa etapa que le sirvió para coronarse en los Campos Elíseos. El americano acabó tercero, un puesto del que fue desposeído más tarde al ser sancionado de por vida por dopaje, un castigo por el que también perdió sus siete tours y el bronce en Sidney'2000. «Nunca he admirado ni admiraré a Armstrong», sentenció entonces Contador. Una batallita muy similar vivió Carles Sastre en la edición anterior de la misma prueba, la que ganó en 2008 enrolado en el CSC, donde también competían los hermanos Andy y Frank Schleck. Compañeros que no aliados, la fraternal pareja llegó a tirar en alguna subida del austriaco Bernhard Kohl, uno de los principales rivales de Sastre en la general.

Retrocediendo un poco más, a 2007, y cambiando de deporte, el Mundial de Fórmula 1 fue testigo de la contienda abierta entre Fernando Alonso y Lewis Hamilton en el seno de McLaren Mercedes. El piloto asturiano se sintió siempre víctima de «decisiones extrañas», de lo que consideró una conspiración urdida para favorecer a su británico compañero por una escudra de la misma nacionalidad y un presidente de la FIA (Federación Internacional de Automovilismo) casualmente londinense, Max Mosley. El malestar y las declaraciones cruzadas fueron constantes. Mal negocio. ¿Resultado? Lewis y Alonso se repartieron el segundo y tercer puestos finales y el finlandés Kimi Raikkonen pescó en el revuelto río para colocarse la corona de laureles. Al año siguiente Alonso regresó a Renault.

«Estas situaciones son intrínsecas al deporte de máximo nivel», valora Chema Buceta, director del Master de Psicología del Deporte en la UNED (Universidad Nacional de Educación a Distancia). «La propia exigencia del deportista profesional genera máxima rivalidad y competitividad cuando el rendimiento tiene que ser el mejor. Por esto es importante determinar bien los roles en el equipo. Las reglas de juego internas deben estar claras y hay que saber medir la convivencia, ver si los individuos son compatibles y buscar el equilibrio para que nadie se sienta infravalorado», añade Buceta.

Efectos positivos

El especialista aporta otro detalle: «En ocasiones, los medios de comunicación y los patrocinadores activan estas rivalidades por intereses de todo tipo», afirma. ¿Sí? ¿De verdad? Coincidencia o no, aquel Tour que vivió el comentado pulso Contador-Armstrong registró la mejor audiencia en cinco años y durante un tiempo dejó de hablarse de jeringuillas, transfusiones y vampiros nocturnos...

«Los egos buscan el protagonismo y el peso en el equipo -prosigue el psicólogo deportivo-. Pero esto no siempre es malo. En ocasiones los propios entrenadores fomentan una cierta rivalidad entre sus pupilos para mejorar su rendimiento. Ahora, cuando tienes dos gallos hay que medir muy bien; si no lo controlas pueden surgir problemas».

Es probablemente lo que sucedió en Los Angeles Lakers de 1996 a 2004, que alguien no supo encarrilar el divismo de Shaquille O'Neal y Kobe Bryant. «Es gordo y vago», alcanzó a decir en cierta ocasión el segundo del primero, convencido de que el pívot no daba a menudo todo lo que debía en la cancha. La incompatibilidad llegó a tal cota que O'Neal amenazó de muerte a su compañero en la anteúltima temporada juntos. Con todo, los Lakers de estas dos megaestrellas jugaron cuatro finales de la NBA y ganaron tres anillos.

Dos títulos sumaron juntos también Fernando Martín y Drazen Petrovic en el Real Madrid de 1989, la Copa del Rey al Barcelona y la Recopa de Europa ante el Snaidero Caserta del brasileño Oscar Schmidt. Martín y Petrovic no fueron amigos nunca, pero los 62 puntos y el protagonismo casi único del croata en esa final colmaron la paciencia del español. «Fernando no aguantaba a Drazen», relataba años después en una entrevista Chechu Biriukov, integrante de aquella plantilla. «Eran dos egos enormes». Esa relación se cerró con derrota en el quinto partido por el título de Liga en el Palau y con Petrovic en la NBA ese mismo verano. El divorcio de dos genios, dos líderes que compartieron estrellato, fama, reconocimiento y... un final trágico al volante.

A veces, con el tiempo, las enemistades se suavizan. Está sucediendo con Alonso y Hamilton y con Bryant y O'Neal, que ahora parecen admirarse. En otras ocasiones, la animadversión dura, dura y perdura. El delantero Zlatan Ibrahimovic desdeñaba al «filósofo» Pep Guardiola, su entrenador en la única campaña que jugó en el Barcelona, y hoy lo sigue haciendo. «Soy amigo de todos los técnicos menos de Guardiola», ha sentenciado recientemente.

Los líos de alcoba también pasan factura

Los egos, el prurito personal, las portadas de los periódicos, las primas de clubes y patrocinadores, entre otras causas, se encuentran a menudo en la base de las disputas entre compañeros de equipo. En definitiva, la competencia. Razones mundanas que se amplían en ocasiones a pasiones puramente fisiológicas.

Los enredos sexuales han provocado de hecho abundantes antagonismos de vestuario. Puede dar fe de ello, por ejemplo, el futbolista John Terry, que en su día puso los cuernos a su entonces compañero en el Chelsea Wayne Bridge. Terry vivió hace siete años, y por espacio de cuatro meses, un romance con la modelo Vanessa Perroncel, por aquel momento novia de Bridge. El escándalo acabó con la amistad de los jugadores, la relación de la pareja y la capitanía de Terry en la selección inglesa.

A Karim Benzema se le ha involucrado después en un intento de extorsión a su compañero en Francia Mathieu Valbuena, al que le exigieron 150.000 euros como condición para no difundir un vídeo de contenido sexual en el que él aparece de fogoso protagonista. A Benzema se le imputa un presunto delito de cómplice de chantaje. Él lo niega y afirma que solo quiso intermediar en ayuda de su amigo. O examigo, para ser más precisos. Culpable o inocente, de momento el delantero madridista fue apartado del combinado galo y tuvo que ver la pasada Eurocopa por televisión.

El lío de cama más reciente sucedió en los pasados Juegos Olímpicos de Río y en el mismo participaron dos saltadoras de trampolín y un remero. Los tres brasileños. Ingrid de Oliveira y Giovanna Pedrosa han formado en los últimos tiempos una exitosa pareja en salto sincronizado. Hace un año se colgaron la medalla de plata en los Panamericanos de Toronto y este verano aspiraban a volver a pisar el podio. La víspera de la final, Ingrid pidió a su compañera que saliera de la habitación que compartían para mantener relaciones sexuales con otro deportista. Giovanna se negó, su amiga la echó «a golpes» y pasó la noche con el piraguista Pedro Gonçalves. A la mañana siguiente, las dos saltadoras completaron una pésima actuación. Quedaron últimas. El precio de una madrugada loca. El Comité Olímpico Brasileño expulsó a Ingrid del equipo por «falta grave». Una sanción comprensible, claro, pero nadie ha informado de que se aplicara idéntico castigo a Gonçalves.