Las Provincias

Dos horas y veinte minutos con Mariano

Revilla y Rajoy, durante la entrevista en la Moncloa, en noviembre de 2015.
Revilla y Rajoy, durante la entrevista en la Moncloa, en noviembre de 2015.
  • Miguel Ángel Revilla publica 'Ser feliz no es caro' (Espasa), un libro en el que el simpar presidente cántabro relata anécdotas, deseos y pensamientos para tratar de ser feliz

Han pasado trece años desde el mes de agosto de 2003, cuando, recién elegido presidente de Cantabria con el apoyo del Partido Socialista -el PRC era la tercera fuerza política de la región-, recibí la convocatoria protocolaria para mantener una entrevista en La Moncloa con el entonces presidente del Gobierno, José María Aznar, en la cumbre de su poderío político.

Hasta entonces, en Cantabria siempre había gobernado la derecha. Un volantazo político como el que se había producido me hacía presagiar un recibimiento poco amistoso. Me quedé corto en las previsiones.

Ya conté en 'Nadie es más que nadie' los pormenores de aquella reunión. Pero refresco brevemente lo que ocurrió.

Llegar en taxi a la Moncloa fue una odisea. En la puerta no me recibió Aznar, sino el incombustible Javier Arenas, que era ministro de Administraciones Públicas. Me hizo pasar al salón donde recibe el presidente y allí Aznar, sin apenas levantarse del sofá, me extendió su mano flácida y me invitó a sentarme.

Treinta minutos duró la reunión, sin que el presidente articulara palabra ni anotase la retahíla de peticiones que le planteé. En la rueda de prensa posterior, pensando que me quedaban cuatro años de «convivencia» con aquel hombre, dulcifiqué lo ocurrido e hice hincapié en las reivindicaciones de Cantabria, señalando que el presidente no había dicho ni sí ni no a mis peticiones, aunque las había escuchado con aparente interés.

El 24 de mayo de 2015, y tras un paréntesis de cuatro años, el PRC volvió a desalojar al PP del Gobierno de Cantabria, en esta ocasión reforzado al obtener un 30 por ciento de los votos de los cántabros.

El PP ganó las elecciones, pero solo por los pelos, con un 32,5 por ciento. Esa «facilidad» que le caracteriza a Rajoy para hacer amigos y pactos le llevó a renunciar al Gobierno ya en la misma noche electoral para presagiar un pacto PRC-PSOE, como así ocurrió.

Cantabria está de nuevo gobernada por una coalición progresista mientras el Gobierno central se encuentra en manos del PP, presidido por Mariano Rajoy. El peor cóctel posible. Tras los trámites para formar gobierno y la investidura y toma de posesión, llegué al despacho presidencial el día 10 de julio de 2015. A los pocos días, el Gobierno de Rajoy aprobaba los presupuestos del Estado para 2016, vistos los cuales le envié a don Mariano una carta...

Pasó el verano, llegó el otoño y por fin, ya con las elecciones generales convocadas para el 20 de diciembre, me llegó la respuesta. Sería recibido en La Moncloa el 2 de noviembre, a las 19.00 horas, en una jornada maratoniana en la que Rajoy mantenía encuentros desde las 10.00 horas con Pablo Iglesias y los presidentes de Valencia -Ximo Puig-, La Rioja -José Ignacio Ceniceros- y Madrid -Cristina Cifuentes-, antes de cerrar la agenda del día conmigo.

Dados los antecedentes de aquella reunión con Aznar, mis previsiones ante este encuentro no eran nada positivas. Además, había que tener en cuenta que yo he sido una de las personas más duras con Mariano Rajoy, por varias razones. En España, jamás ha habido otro político que haya incumplido de manera más flagrante su programa electoral, aplicando subidas brutales de impuestos y recortes que han supuesto la desaparición de una parte de las clases medias españolas y un evidente retroceso en los servicios básicos de educación, sanidad y dependencia, consecuencia de su plegamiento reverencial a la dueña política de Europa, la señora Angela Merkel.

Pero, sobre todo, ha sido cómplice de la corrupción sistemática que se ha producido en España y, muy concretamente, en el entorno de su partido.

Nadie en su sano juicio entiende que el presidente de un partido no esté al corriente de lo que hacen sus tesoreros, que no solo se han enriquecido personalmente, sino que también han recaudado ingentes cantidades de dinero de empresas donantes que luego se postulaban en condiciones de ventaja en la adjudicación de todo tipo de contratos. Ese dinero sirvió para «dopar» al Partido Popular en las sucesivas elecciones.

Rajoy ha defendido a corruptos y a presuntos corruptos hasta que han entrado en la cárcel, se han sentado en el banquillo o se les ha imputado. La lista es interminable: Luis Bárcenas y su «nadie podrá probar que no es inocente»; Jaume Matas -«yo quiero un gobierno como el que preside Jaume Matas en Baleares»-; Alfonso Rus, presidente de la Diputación de Valencia -«¡Te quiero, Alfonso. Coño, te quiero. Coño!»-; Carlos Fabra -«un ejemplo de honradez»-; Rato, Rita Barberá, Camps, Baltar, Gómez Peña. La lista parece interminable.

El simple hecho de apoyar a Luis Bárcenas, una vez conocido que tenía 49 millones de euros en Suiza, con aquel «Luis, sé fuerte. Hacemos lo que podemos. Mañana te llamaré», es tremendo. Este lacónico mensaje adquiere una enorme trascendencia y su traducción más amplia congela el ánimo. ¿Qué le traslada Mariano a su amigo Luis? ¿Tal vez que están haciendo todo lo posible para parar el asunto en vía judicial? A fe que lo hicieron, nombrando al actual embajador en Inglaterra, Federico Trillo, experto muñidor en temas judiciales, para parar el asunto en los juzgados, amén de pagarle los mejores abogados. En una primera fase lo consiguieron catequizando, para que exonerara a Bárcenas, a un pobre juez, mayor y enfermo, Antonio Pedreira, fallecido hace poco más de un año. Pero el azar determinó que dos bravas fiscales siguieran tirando del ovillo hasta que llegaron de Suiza los papeles del escándalo.

Supongo que en algún momento Luis y Mariano mantendrían conversaciones sobre el asunto. Eran íntimos amigos. Es posible que Luis le dijera que se había limitado a cumplir órdenes y a seguir una tradición heredada desde la fundación del Partido Popular: contar con una caja B para financiarse en las campañas electorales y pagar sobresueldos a los cargos orgánicos para compensarles la escasa retribución de la actividad pública, incluyendo en esa paga en negro al propio presidente.

El escándalo ocupó todos los espacios de los medios de comunicación. Cuando ya era imparable, Mariano no cumplió la última parte del mensaje: «Mañana te llamaré». En cualquier país serio, un presidente que dirigiese palabras de apoyo a un presunto delincuente como las que utilizó don Mariano habría tenido que presentar su dimisión de manera fulminante. ¿Alguien se imagina que en Estados Unidos, en los años treinta, el presidente Hoover hubiera mandado a Al Capone, después de ser cazado por evasión fiscal, un SMS con el texto «Al, sé fuerte. Hacemos lo que podemos»?

Pues bien, en este contexto de durísimas críticas, el 2 de noviembre de 2015 cogí un taxi con tiempo suficiente para acudir puntual a mi cita de las 19.00 horas. Como llegamos a la puerta del complejo residencial con veinte minutos de adelanto, paramos en un bar cercano e invité al taxista a un café. Caía una pertinaz lluvia.

Ya he dicho que iba preparado para una reedición de mi encuentro con Aznar en 2003. Pasamos el control sin ninguna complicación, dado que ya forma parte de la rutina verme llegar en taxi a la Moncloa y a la Zarzuela. El vehículo avanzaba lentamente hacia su destino cuando yo, que siempre voy en el asiento del copiloto, y a pesar de que era de noche, divisé a unos treinta metros la figura inconfundible del presidente, cubriéndose con un paraguas. Estaba esperándome en la explanada del edificio. Yo no daba crédito. Me bajé del coche y se acercó a saludarme con extraordinaria efusividad. Subimos las escaleras y posamos para los informadores gráficos de los medios de comunicación dándonos la mano.

Las primeras palabras que me dirigió fueron para decirme que tenía muchas ganas de conocerme. Con anterioridad a ese día, nos habíamos saludado en cuatro o cinco ocasiones, pero nunca tuvimos oportunidad de mantener una conversación.

Nos acomodamos en el sofá y fue entonces cuando procedí a sacar de mi bolsa de 'Cantabria Infinita' una buena lata de anchoas. Le expliqué que eran muy especiales, hechas en Castro Urdiales por la fábrica Lolín, y le indiqué que debía conservarlas en la nevera hasta su consumo. Entonces cogió el móvil y llamó a su esposa:

- Viri, estoy con Revilla y me trae unas anchoas. Ahora te las suben. Me dice que las pongas en la nevera.

Además de anchoas, yo llevaba en la cartera cuatro asuntos fundamentales para Cantabria: el famoso tren a Madrid que Pepiño Blanco se comprometió a iniciar en marzo de 2011, para luego incumplir su palabra; la financiación íntegra de las obras de reconstrucción realizadas en el Hospital Universitario Marqués de Valdecilla; la declaración de Torrelavega, una de las comarcas más deprimidas de España a consecuencia de la crisis, como zona de urgente reindustrialización, y el apoyo del presidente a los ganaderos de leche de Cantabria, obligados a abandonar una actividad histórica en nuestra tierra debido a los precios humillantes de la leche. Días antes ya le había avanzado estos temas, por lo que el presidente estaba muy preparado para responder a cada uno de ellos.

Me prometió que si volvía a ser presidente atendería las tres reivindicaciones. Yo así lo esperaba, estando como estábamos en vísperas de unas elecciones generales.

Hablamos de la situación de España y le expuse con toda dureza y claridad mi pensamiento sobre su política económica y su tolerancia con la corrupción. Le insté a analizar las razones por las que al PP le resulta prácticamente imposible conseguir alianzas con otras formaciones políticas. Aguantó estoicamente y en directo los mismos argumentos que he utilizado tantas veces en los medios de comunicación sobre su persona y su partido. Sin ningún éxito, trató de convencerme de la necesidad de sus políticas.

Acostumbrado a su habitual envaramiento en los actos públicos y a su gusto por el plasma en sus comparecencias ante los medios de comunicación, he de decir que gana en las distancias cortas. Naturalmente, hablamos de deporte, un tema en el que está empapadísimo.

Y estaba al corriente del encuentro que yo tenía previsto mantener a la semana siguiente con el lehendakari Urkullu, iniciativa que alabó. Al hilo de la conversación sobre el País Vasco, se refirió a lo que ha cambiado el Athletic de Bilbao, tras incorporar al negro Williams a sus filas. «Si resucita Sabino Arana, se muere del susto», me dijo. Le recordé que el nombre de pila de Williams es Iñaki y que nació en Bilbao.

Me habló de su familia y de sus platos favoritos, e incluso me pidió que le relatara lo ocurrido cuando su hombre en Cantabria fue cazado pisándome los puros.

Cuando ya llevábamos dos horas de conversación, le pregunté si no estaba cansado después de un día tan denso de entrevistas. Él me preguntó si tenía prisa:

- Bueno, he quedado a cenar a las nueve con dos «amigos tuyos»: el periodista Jesús Cintora y el economista José Carlos Díez, pero entenderán que estar contigo es una prioridad.

- Me encuentro muy cómodo contigo, apostilló él.

Seguidamente me espetó:

- Tienes fama de acertar los resultados electorales. ¿Me podrías aventurar lo que ocurrirá el próximo 20 de diciembre?

- Donde suelo acertar es en Cantabria, pero me voy a arriesgar a darte un pronóstico, le contesté.

Cogió papel y bolígrafo y se quedó expectante:

- Toma nota, Mariano: PP, 28 por ciento; PSOE, 22 por ciento; Ciudadanos, 19 por ciento y Podemos, 16 por ciento.

Clavé el resultado de PP y PSOE, pero me equivoqué con Ciudadanos y Podemos. Rajoy no puso mala cara ante los datos que le di. Lo que no le gustó nada fue lo que agregué a continuación:

- No tienes ninguna posibilidad de ser presidente.

- ¿Por qué?, me preguntó poniendo ojos de búho.

- En el improbable caso de que podáis reunir entre PP y Ciudadanos los 175 diputados que dan la mayoría, Albert Rivera pondrá como condición para cualquier posible pacto que tú renuncies a la Presidencia.

- Ya he escuchado esa teoría a otras personas, pero tengo la garantía de Rivera de que eso no va a ocurrir, me respondió.

- Bueno, el tiempo dirá quién está en lo cierto, le repliqué.

Eran las 21.20 horas cuando terminamos la entrevista.

Los periodistas estaban sorprendidos por lo larga que había sido la reunión. Me acompañó hasta la puerta y me despidió muy cariñosamente.

En la rueda de prensa posterior, resalté que me había encontrado a un Mariano receptivo, amable y hasta simpático. Al día siguiente algún periódico tituló: «Revilla, abducido por Rajoy». Tras esa entrevista, sigo considerando a Rajoy un gobernante nefasto y que ha hecho méritos suficientes para volver cuanto antes a Santa Pola a disfrutar de su Registro de la Propiedad. Pero es justo reconocer que he descubierto que también es buen conversador, encajador y que tiene incluso una dosis notable de sentido del humor.