Las Provincias

«No me pueden hacer más daño»

  • La viuda del torero Víctor Barrio trata de asumir la vida sin él. En internet le siguen llamando asquerosa.

  • «No me importa. Todo lo que deseaban ya ha pasado, pero ese odio merece que lo estudie un juez»

Un cartel a la entrada dice que es un «pueblo bonito». A veces los carteles tienen razón. Sepúlveda, en Segovia, se encarama sobre una ladera en una sucesión de casas señoriales, miradores, tejas vueltas al aire y esquinas de piedra rosa. Una carretera se pliega sobre sí misma y recorre las calles en una espiral silenciosa. El único signo de vida es el ruido de un crío detrás de una puerta que balbucea y juega escandalosamente con un camión de plástico. Los habitantes están en sus casas, como si nadie se atreviera a salir, ni a arriesgarse a que alguien le diga de nuevo que sí, que es verdad, que un toro le ha partido el corazón a Víctor Barrio en Teruel. Desde entonces, a las calles las cubre una capa de escarcha. El epicentro del frío es un piso alquilado, modesto y tranquilo en el que recibe Raquel Sanz, de 31 años, que odia que le digan viuda y que lleva el aro enrojecido de la pena en la frontera de las pupilas. «Parece que hace tanto... En estas condiciones, el tiempo es extraño. Han pasado dos meses de lo que me queda por vivir. Dos meses larguísimos, sin tocarle, sin verle, sin hablar con él. No quiero vivir esta vida».

Acaricia mecánicamente un perrillo blanco bautizado como 'Barri' que le han regalado. Al menos, así se levanta de la cama a darle de comer. A mitad de cada frase se queda sin voz y entonces en la casa solo hay susurros. Ahí sobre una silla están los periódicos sin leer y el capote que le firmaron las figuras en el homenaje en Valladolid que aún no ha sido desplegado. A ese piso se mudaron hace dos años y no lo quiere dejar. Imagino al torero en los rincones. Se sentaría en ese sofá azul cerca de la ventana que da al río, o quizás ese azul fuera su cepillo de dientes. Esa casa es la capital enorme y devastada de la ausencia.

¿Qué guarda de él?

Todo. No he quitado la ropa del armario porque aún pienso que va a volver.

En esa casa hay una sudadera azul y no me atrevo a pedir verla. Raquel a veces se la pone, pero se dosifica porque no quiere que pierda su olor. También hay una alianza y un llavero con las iniciales VB, un cuerno de corzo que le regalaron unos amigos. Una mujer le escribió por Facebook y le dijo que había hablado con él después de irse, que su último pensamiento fue para la chica de la foto (era Raquel) y que guardara algo con unas iniciales.

Toda esta historia que ahora corre por las mejillas de Raquel comenzó hace diez años. «Yo estaba en la plaza y mi padre me pidió que le llevara una copa al otro lado. Vi a un chico en el callejón. Le pedí el favor». Víctor se la dio a Domingo el de la Administración de Lotería y le dijo: «Anda, no sabía que tuvieras una chica tan guapa». Se casaron hace dos años.

Dijo Luis Miguel Dominguín que las mujeres de los toreros no son felices. Víctor se lo dijo de frente a Raquel al principio. Le advirtió que no sería fácil, le habló de los fines de semana fuera de casa, de la falta de vacaciones, de los días de entrenamiento, del riesgo y de la falta de contratos, pero nunca fueron más allá.

¿En algún momento se dio usted cuenta de que el toro podría destrozarle la vida?

Yo he vivido en la ignorancia. Iba a verlo a la plaza. Me gustaba verle torear. ¿No has escuchado eso de que nadie muere ya en el ruedo? El otro día en Ayllón a Chocolate le dieron una cornada en el cuello y Víctor le tapó la herida con la mano. Se lo llevaron en un helicóptero y vivió. Hemos visto cornadas muy duras: Jiménez Fortes, Padilla... Salen adelante. Podía pasar algo que le quitara de torear y podía terminar en un hospital, pero morir, no.

¿Nunca hablaron de esto?

Yo me reprocho muchas cosas. Me reprocho esa ignorancia. Hace un tiempo fuimos a una boda y murió un invitado en un accidente. También ese fin de semana murió un recortador que conocíamos. Fue muy duro. Yo le dije a Víctor que si me sucedía algo, que por favor cuidara de mis padres, pues soy hija única. Él no me dijo nada... Me reprocho eso. ¿Hubiera servido de algo? Hay muchas preguntas sin responder. Ahora todo es extraño.

El grito del padre de Víctor

Se volvieron a Sepúlveda desde Madrid. Raquel, que es periodista, encabezó una candidatura con el PP y ganó las elecciones, pero no fue alcaldesa. Alquilaron la casita. Con la moqueta de la boda, el torero hizo decenas de capotillos para los niños del pueblo. Esos críos eran su obsesión. En su móvil aún se guardan las notas sobre los proyectos para acercar a los niños aficionados al toro.

Nueve de julio. Víctor Barrio está anunciado en Teruel. No es una gran figura y el escalafón está cerrado. Forma parte de ese grupo de toreros en los que cada tarde es la última bala. Raquel viaja en autobús con sus padres y otros amigos de Sepúlveda. Comen en los alrededores de la plaza. Se compra un pañuelo de fiestas y lo ve de lejos bajar de la furgoneta, darse la vuelta y entrar en la plaza vestido de grana y oro. Raquel espera en el tendido con la cámara en la mano. En el tercero, Víctor se coloca para dar una serie de muletazos y el viento lo destapa. Lo derriba y le mete el pitón por la axila. Su mujer se queda en el tendido. No adelanta nada yendo a la enfermería. Pensaba en Javier Jiménez, que entró inconsciente en la enfermería de Pamplona y salió a los cinco minutos. Desde el tendido, Raquel no ve los ojos en blanco del torero tendido boca abajo. Mira hacia atrás. Miguel Ángel Moncholi retransmite para Telemadrid. No le gusta su cara y baja a la enfermería. Su suegro le dice que van a operarle en la plaza, que no hace falta el traslado. «Nadie muere en la plaza, ¿recuerdas?». La cuadrilla le cuenta que la cornada ha sido en el lado derecho. «Al menos ha sido en el lado derecho y el corazón está en el izquierdo». No sabe que el pitón le ha recorrido el pecho de lado a lado. De pronto, un grito del padre de Víctor. Dice que no y le dicen que sí. Se tira al suelo. La noticia corre por los teléfonos y vuelven a ser las malditas cinco en sombra de la tarde de Lorca en todos los malditos relojes. Después les dejan entrar en la enfermería y parece mentira. Víctor está tumbado, como dormido. Hasta parece que sonríe. Los únicos signos de la tragedia son una pequeña cicatriz en el lado derecho del pecho y un minúsculo hematoma en la piel en el lado izquierdo. Hasta allí llegó el asta. Raquel se calla. «Tengo que recurrir varias veces al día a esa imagen para hacerme a la idea de que no va a volver».

Ella no lo sabe aún, pero se ha desatado un avispero en la red. Centenares de antitaurinos se dedican a insultarla y a alegrarse de que haya perdido a su marido. La ola miserable de odio es tan fuerte que la Fundación del Toro de Lidia denuncia a varios tuiteros. El profesor Vicent Belenguer Santos afirmó que se alegraba «mucho» del fallecimiento del joven matador y a su vez lamentaba que de esa misma cornada «no hayan muerto los hijos de puta que le engendraron y toda su parentela». Tendrá que explicarlo a un juez. El otro día Raquel subió una foto a Twitter y seguían llamándola «asquerosa». «No me importa. Todo lo que deseaban ya ha pasado. No me pueden hacer más daño del que tengo, pero merece que lo estudie un juez y ojalá sirva para cambiar algo del odio en las redes».

Después le hicieron muchos homenajes. ¿Le gustaría que le hubieran hecho más caso en vida?

Tuve que aguantar el pésame de gente que no le ponía porque decían que esto es un negocio, como la misma plaza de Segovia. De toreros que han ido a torear por debajo de los mínimos mientras Víctor se quedaba en casa defendiendo la dignidad de su profesión. De figuras que no permitieron que un torero como él fuera en sus carteles. De ganaderos que no tenían una vaca para Víctor. Tuve que aguantar con una sonrisa y mantener la calma y mirar al cielo y decir: «Sé que te está fastidiando tanto como a mí».

Nació en 1987 en Grajera (Segovia). Desde dos años antes de que viniera el mundo, no había muerto un matador en la plaza. El último fue Yiyo en 1985 y en 1992 dos banderilleros: Manolo Montoliú y Ramón Soto Vargas.

El móvil de Víctor Barrio está lleno de notas con ideas sobre proyectos. Su obsesión era ayudar a los críos a formarse como toreros y a conseguir una oportunidad. Se va a crear una fundación Víctor Barrio para cumplir su sueño.

Si hay un torero con el que tenía fijación Víctor Barrio era Manolete y guardaba sus fotos en el ordenador. Los dos eran muy altos y se quedaban muy quietos. Los dos murieron en el ruedo.