Las Provincias

Harold  Bornstein en  Manhattan. A la izquierda,  la doctora de Clinton,  Lisa Bardack.
Harold Bornstein en Manhattan. A la izquierda, la doctora de Clinton, Lisa Bardack. / GETTY

El asombroso doctor de Trump

  • Harold Bornstein escribía poemas en la facultad de medicina y se sentaba en la última fila. Así es el excéntrico médico del candidato republicano. «Creo que me gusta porque yo le gusto a él»

Sólo un tipo tan extraño, excéntrico y excesivo como Donald Trump podía buscarse un doctor tan extraño, excéntrico y excesivo como Harold Bornstein, que firmó un documento en 2015 en el que decía que el ahora candidato republicano tenía «la mejor salud de todos los presidentes elegidos en EE UU». Después se reafirmó contando que es probablemente cierto, puesto que todos están muertos o más enfermos (¿qué pasa con Obama?). Este personaje, que desde hace años ejerce la medicina interna en Nueva York, es un ejemplo de los actores 'monthypitonianos' que de vez en cuando, como extrañas setas, hace florecer la política en campaña. La de las presidenciales norteamericanas dio un giro galénico cuando este fin de semana, a la salida de un acto de recuerdo a las víctimas de los atentados terroristas del 11-S, a Hillary Clinton le flaquearon las rodillas, perdió el sentido y la tuvieron que meter en volandas en una furgoneta camino del hospital. Neumonía. Los guardaespaldas hicieron lo posible por crear una pantalla y que no se viera a la candidata desfallecer, pero en la acera quedó un zapato de Clinton. Trump olió la sangre y entró a degüello. Esa misma noche, el magnate metido a político abrió la caja de los truenos al sugerir que Clinton no estaba en condiciones físicas de ser presidenta de los Estados Unidos. Y empezó la guerra.

En este momento irrumpió el médico de Trump en escena. El republicano ha emitido un comunicado de su doctor en el que afirma cosas curiosas. Trump no tenía problemas médicos significativos y su presión era de 110/65. Al margen de que haya que hacer pública la tasa de transaminasas de un ciudadano, hasta aquí, nada extraño. El problema vino cuando dijo que en los últimos dos meses (el documento estaba fechado en 2015) había perdido seis kilos y medio, que tomaba 81 miligramos de ácido acetil salicílico diarios, que disponía de una energía y fortaleza física «excepcionales» y que sería el más sano de los 43 presidentes de los EE UU. El informe se relataba en cuatro párrafos y dejó a la prensa con la mosca detrás de la oreja. Detrás de tan insólita declaración estaba Harold Bornstein, doctor en medicina interna los últimos 35 años y que había servido a Trump desde hace decenios. Había heredado el paciente de su padre, Jacob. Bornstein es uno de esos facultativos que cobran la consulta a precio de oro. Los reporteros lo localizaron en su despacho en Manhattan, en un edificio en el que los apartamentos cuestan un millón de dólares, y el personaje que se encontraron parecía más el guitarra de un grupo de rock de los setenta americano que un experto en medicina interna. Aunque nadie ha dudado de sus dotes médicas, es una persona especial: gafas de pasta, barba, pelo largo... Mira a las fotos medio acostado en la silla de su consulta.

La prensa norteamericana, que no se deja nada en el plato, habló con sus compañeros de clase. Cuentan que ya entonces en la facultad llevaba el mismo pelo largo, se sentaba en la última fila de clase con los gamberros y escuchaba lo justo. También dicen que no lo necesitaba. La carrera de medicina era «algo fácil» para él y se dedicaba a componer poemas en cuartillas escritas a máquina firmadas como 'El Conde Harold' que repartía a los demás alumnos.

Sus compañeros de hoy lo definen como una persona temperamental con un sentido del humor muy particular, un punto excéntrico y unos conocimientos médicos fuera de toda duda. Para explicar su curioso informe ha admitido que se pone nervioso cuando le meten prisa y que cuando lo escribió, tardó cinco minutos porque debajo de su consulta esperaba una limusina del señor Trump para llevarse aquel papel. «Quizás tomé el lenguaje de mi paciente y lo interpreté a mi manera», ha dicho a los medios para explicar sus hipérboles. También habló de su relación con el candidato republicano: «Creo que me gusta Trump porque yo le gusto a él».

La prensa lo ha perseguido con ahínco. Lo encontraron en la calle en Manhattan y dieron con él tantas veces que su mujer, Melissa, una rubia atlética, perdió los nervios y gritó a los reporteros: «¡Estáis acabados! ¡Voy a llamar a la Policía!». Ninguno de los dos tenía previsto entrar en campaña y la situación les ha sobrepasado. El propio Bornstein ha derivado el tráfico de su página web a una página en la que se venden «ositos de peluche diabólicos».

«Excelente condición»

La doctora de Clinton no tiene nada que ver con este folclore. Lisa Bardack es una joven especialista que lidera el equipo de medicina interna del exclusivo centro Mount Kisco de Nueva York. No aparece en los medios ni se sabe nada de su discreta vida privada, pero su informe médico, previo al episodio de neumonía de Clinton y de sus desmayos en Manhattan, era muy prolijo. Detallaba un episodio vascular en 1998, un desmayo en 2012 que le había provocado un golpe, un trombo y visión doble y una enfermedad crónica: hipotiroidismo. También desmintió algunos documentos aparentemente falsos firmados por ella que circularon por la red en los que se decía que la antigua primera dama de los EE UU se encontraba poco menos que a las puertas de la muerte. «La señora Clinton está en una condición física excelente para ser presidenta de los EE UU», concluyó.