Las Provincias

Alivio global.  «Me di cuenta de que muchos de los mensajes que me llegaron eran para todas las víctimas».
Alivio global. «Me di cuenta de que muchos de los mensajes que me llegaron eran para todas las víctimas». / ÓSCAR CHAMORRO

Antoine Leiris: «Cuando escribía sentía que estaba con mi mujer»

  • «No tendréis mi odio» fue una reflexión de Antoine que llegó al mundo entero tras los atentados de París. Ahora se convierte en libro

  • Antoine Leiris Periodista y escritor

Era 13 de noviembre, viernes, y los Eagles of the Death Metal tocaban en la sala Bataclan. Hélène fue al concierto, y su marido, Antoine Leiris (París, 1981), se quedó en casa con el pequeño Melvil. Las horas siguientes se llenaron con mensajes, incertidumbre, miedo, lágrimas... Hasta que se confirmó que Hélène era una de las víctimas. Y de la tragedia Antoine arrancó una reflexión, 'No tendréis mi odio', que gracias a Facebook se convirtió primero en un grito humano contra el terror y ahora, en un libro sobre cómo aprender a vivir con el dolor.

«No se puede vivir con odio» es una frase tópica, pero usted cada día la hace realidad. ¿Cómo lo ha conseguido?

No hay un camino general para lograrlo, cada uno tiene que encontrar el suyo. Tiene que ver con nuestra historia personal, las heridas que nos han marcado, los dolores previos... Cuando tras los atentados vi que el rencor llamaba a mi puerta, me pregunté: ¿Cómo sería una vida guiada por el odio? Y me pareció muy evidente que tenía que cerrarle la puerta a ese sentimiento. Y cada vez que vuelve, lucho contra él de todas las formas posibles, y hasta ahora no me he dejado desbordar.

Después de la tragedia, ¿cómo se aprende a asimilar lo ocurrido y se retoma la vida cotidiana?

La vida eligió por mí. La misma noche de los atentados, cuando estaba con mi hermano de hospital en hospital buscando a mi mujer, ya me di cuenta de que tenía que subirme rapidísimo, otra vez, al carro de la vida. Yo tenía un deber con la vida, con lo cotidiano, con un niño lleno de protocolos y rutinas. Melvil tiene que comer, dormir, jugar y bañarse, y eso no se puede negociar.

¿Ha pensado ya cómo le contará a su hijo lo que ocurrió aquella noche?

Sí, reflexiono regularmente. Ahora no hay tabús, así que, por ejemplo, le hablo de su madre cuando escuchamos una canción que antes escuchábamos ella y yo juntos. Pero tengo que esperar a que se haga mayor y sea él quien me plantee sus preguntas cuando aparezcan.

¿La escritura ha sido un alivio?

Esa es la palabra, alivio. No ha sido una terapia porque terapia implicaría que estoy enfermo, y no lo estoy. He vivido un dolor, una pena enorme y ese peso se aligera al escribir. Y en ocasiones, escribir ha sido una alegría porque, en determinados momentos, he sentido que hablaba con ella, que estaba con ella, que estábamos juntos en el espacio de nuestros recuerdos comunes.

¿Recibir la empatía del mundo entero también ayuda a sobrellevar el dolor?

Fue muy importante, sí. Leí mensajes que me ayudaron mucho. Eso sienta bien, y además, pronto comprendí que esos mensajes no eran solo para mí y para mi hijo, sino para todas las víctimas de los atentados de París. Y me hizo muy feliz saber que en el mundo hay más gente empática que gente dispuesta a matar con un kalashnikov.

¿Recuerda algún mensaje?

Una chica joven me escribió: «Vamos a responder al odio ciego con el amor ciego». Me parece una idea muy bella. Es posible resistir.