Las Provincias

Monasterio de Goshavank con la estatua de Gosh, su fundador.
Monasterio de Goshavank con la estatua de Gosh, su fundador. / J.L

El país del Jardín del Edén

  • Armenia y su milenaria cultura se abren al turismo. Su abrupta geografía está plagada de monasterios que se remontan al siglo III

Cuando llegaron a Armenia las hordas mongólicas del Tamerlán, procedentes de Uzbekistán, se las prometían muy felices ante la perspectiva de hacerse con los grandes tesoros escondidos en los monasterios cristianos del país caucásico. Mongoles que montaron en cólera cuando descubrieron que las riquezas que ellos habían tasado en oro, joyas, plata y armas no eran más que papel. Papel en forma de libros y manuscritos, algunos muy bellamente decorados, pero nada más que papel. Iracundos y decepcionados, los mongoles no dudaron en pegarle fuego a los supuestos tesoros, completamente ininteligibles y carentes de valor para ellos.

¿Cuántas joyas de la filosofía, la historia, la literatura, la religión y la ciencia serían pasto del fuego en aquellos años oscuros? Imposible de saber. Pero una visita al Matenadarán, el Instituto Mashtóts de investigación sobre los manuscritos antiguos, en la capital de Armenia, nos permite hacernos una idea de la magnitud de la tragedia. Porque este impresionante y colosal Matenadarán -que significa biblioteca en armenio antiguo- alberga actualmente 17.000 manuscritos y 300.000 documentos.

Pasear por las vitrinas que exponen algunos ejemplares, los más antiguos, significativos, singulares y hermosos, es uno de esos placeres que cualquier persona con una mínima sensibilidad artística sabrá apreciar. El Matenadarán también constituye el mejor homenaje posible a una de las figuras históricas más representativas de Armenia: Mesrop Mashtóts, célebre monje, teólogo y lingüista, inventor del alfabeto armenio, que vivió entre los siglos IV y V. Un alfabeto singular que, al combinar las funciones de letras y números, permite a la vez comunicarse por escrito y hacer operaciones matemáticas. Ese alfabeto se convirtió en la piedra angular sobre la que se apoyaron la Iglesia Apostólica Armenia y el gobierno de su Reino, lo que ha permitido al vapuleado país caucásico sobrevivir hasta ahora.

Y es que, por su singular situación geográfica, la historia de Armenia resulta extremadamente azarosa. Comprimida entre Persia, Turquía y Rusia, todas las grandes civilizaciones -desde Bizancio, los árabes y los persas hasta los otomanos y los rusos- han dejado su huella allí. Y, en determinados momentos, algo más que la huella. Pero quedémonos con la paz y la belleza de la Armenia eterna e intemporal. La Armenia que se quiere abrir al turismo y se extiende a los pies de su símbolo más reconocible: el monte Ararat en que quedó varada el Arca de Noé y donde es más que probable que estuviera el Jardín del Edén, si le hacemos caso a la leyenda. Un monte Ararat que, pese a estar actualmente en suelo turco, sigue siendo visible desde cualquier punto de Yereván, la capital del país.

Disfrutemos de la Armenia hedonista y desenfadada de las uvas, las bodegas y sus vinos jóvenes, frescos y prometedores. La Armenia de las granadas, símbolo de fertilidad y cuyos granos homenajean a esos millones de armenios de la diáspora que, viviendo a miles de kilómetros, siguen unidos a su tierra con una carcasa fuerte y sólida.

Y, por supuesto, la Armenia de los monasterios, repartidos por una geografía montaraz, entre valles, montañas y gargantas. Monasterios austeros de piedra lisa, propios de un cristianismo apostólico primitivo, poco dado al ornato, la imaginería y las representaciones artísticas. Lo que no es de extrañar, teniendo en cuenta su origen, a finales del siglo III, cuando Gregorio «el Iluminador», predicador de la fe cristiana, fue arrojado a un pozo por el rey de Armenia Tiridates III con las órdenes de que nadie le diera de comer ni de beber.

A partir de ese momento, el rey empezó a sufrir los primeros síntomas de una extraña enfermedad que poco a poco le llevó a convertirse en. cerdo. Una noche, su angustiada hermana tuvo un sueño: había que liberar al «Iluminador». Pero, pasados catorce largos años desde que fuera arrojado al pozo, era materialmente imposible que hubiera sobrevivido. Sin embargo, cuando el rey dio orden de ir en busca de sus restos, lo encontraron todavía vivo. Gregorio fue inmediatamente rescatado, el rey pidió ser bautizado y, en el año 301, convirtió a Armenia en el primer país del mundo en aceptar el cristianismo como religión oficial. Después llegaría la conversión de Roma. El resto, es historia.

La carcasa de la granada

En el lugar en que Gregorio estuvo enterrado en vida se construyó la iglesia de Khor Virap. Hoy es posible descender a lo hondo del pozo a través de una precaria escalera. Provoca una sensación extraña estar allí, rodeado de silencio y oscuridad, sintiendo la húmeda opresión de las tinieblas. y el peso de la historia y la mitología. Desde comienzos del siglo IV, Iglesia y Estado fueron de la mano en Armenia. Si a ese binomio le añadimos el alfabeto de Mashtóts y un idioma propio, tenemos una cultura milenaria que, como la carcasa de la granada, ha mantenido cohesionado a un pueblo cuya patria ha sido permanentemente ocupada, dividida y anexionada por los imperios limítrofes.

Iglesia y Estado que no dejaron de construir a lo largo de los siglos decenas de monasterios, que también acogieron en su seno a las universidades, llamadas Yemaran (caminar, en armenio). Y es que los maestros solían impartir sus lecciones mientras caminaban, al estilo de los peripatéticos de Aristóteles, que gustaban de pasear por los jardines con sus discípulos mientras compartía sus conocimientos. Armenia es un país, efectivamente, para ser descubierto al paso. Actualmente reducido a su mínima expresión por los azares de la geopolítica, visitar la zona permite hacer un emocionante viaje al pasado, a los orígenes de nuestra cultura. Una cultura basada en el principio general de que el que resiste, gana.