Las Provincias

La montaña caza al rey de las 'chuches'

Mario Migueláñez, con una pieza, tras abatirla.
Mario Migueláñez, con una pieza, tras abatirla. / FB
  • Con un arma Mario Migueláñez se convertía en 'Short Magnum', un feroz depredador. La muerte le sorprendió en Rusia, al rececho de una cabra montés casi extinta

Cazó su primer conejo a los siete años. Fue su padre, Onésimo -Nesi o Nesito para los vecinos de Lastras del Pozo (Segovia)- quien le puso la escopeta, un calibre 28, en la mano. Acababa de nacer una afición que Mario Migueláñez convirtió en una forma de vida, pero que le ha llevado a encontrar la muerte a los 43 años en un barranco del Cáucaso oriental, en algún punto en la frontera entre Rusia y Georgia. El heredero del imperio de las golosinas era conocido en los círculos cinegéticos por un nombre muy poco dulce: 'Short Magnum', como el cartucho corto más habitual en los rifles de caza. Se dice que son más precisos, más rápidos y más versátiles, ideales para ser disparados en diferentes tipos de armas.

Algo de eso había en el empresario que, con solo 22 años, se hizo cargo de la casa fundada por su padre en el momento en que atravesaba su peor crisis. El joven volvía de estudiar en la universidad de Saint Louis, en Missouri, un grado de Empresariales, Marketing y Recursos Humanos. Era la gran esperanza de Onésimo Migueláñez, el clásico empresario de la vieja escuela, sin apenas estudios, que había levantado un emporio empezando desde abajo. Tan abajo que amasaba el pan con los pies en la panadería familiar cuando sus manos todavía eran demasiado pequeñas. Hablaba de su hijo con orgullo: «Está más preparado que el rey».

El pasado martes un mal paso a más de 2.000 metros de altitud le arrebató a su heredero. Quienes le conocieron, describen a Mario como un hombre «afable, simpático, de trato fácil e ideas claras», que se convertía en un poderoso depredador cuando ascendía a las montañas en busca de presas. A los conejos que cazó de crío en la campiña segoviana les siguieron dos venados que abatió de adolescente. Los jabalíes de 'El Horcajo' temían a los Migueláñez. En la finca familiar situada en Belmonte del Tajo, al sureste de Madrid, padre e hijo se desfogaban los fines de semana haciendo lo que más les gustaba. Mario despuntó pronto como un hábil tirador, pero sobre todo por su astucia en el acecho.

Siempre en busca del trofeo más codiciado, había cazado osos polares en el Ártico y carneros en las Montañas Rocosas, aventuras que plasmaba en artículos para la revista 'Caza y Safari' o en el libro 'Nacido por y para la caza', que publicó el año pasado. «Se bautizó como 'Short Magnum' para diferenciar al empresario del cazador», revela Antonio Mata, director de la publicación en la que colaboraba. Respetado por sus colegas como «un referente», en 2014 fue nombrado por unanimidad Cazador del Año. Desde hace tres se había aficionado a la caza con arco. «Tienes que acercarte más al animal y conocer el terreno. Es más difícil pero a él le parecía más ético, más noble, como una lucha contra uno mismo», explica Mata.

Con arco y flechas pretendía cobrarse a su próxima víctima, un majestuoso ejemplar de cabra montés, el tur de Kuban, que habita las escarpadas cimas de la cordillera del Cáucaso, en una franja de 250 kilómetros entre Rusia, Georgia y Azerbaiyán. Pesa alrededor de 100 kilos y su portentosa cornamenta, que puede medir 75 centímetros, remite a la fauna gigante de la Edad del Hielo. Quedan unos 6.000 ejemplares y está considerado en peligro de extinción por culpa del pastoreo y la caza furtiva. Abatir uno cuesta unos 9.000 euros solo en guías y licencias. Migueláñez no reparaba en gastos cuando se trataba de su gran pasión. Incluso había encargado una equipación especialmente para este viaje.

«Hay que estar muy preparado para cazar rebecos a 3.000 metros armado con un arco, y él lo estaba», asegura Mata. Llegó hasta las alturas en helicóptero y se disponía a iniciar el rececho de su presa en un escarpado barranco de pizarra, cuando dio un trágico traspié. Un trozo de roca se desprendió y Mario Migueláñez se precipitó por un barranco de más de 800 metros de profundidad. El mismo helicóptero en el que acababa de viajar fue necesario para rescatar su cuerpo sin vida. «Fue un desgraciado accidente. No era un hombre temerario, que se pusiera en peligro inútilmente. De hecho, era un apasionado de las esperas». Hacerse con el terreno, pasar la noche en vela, aguardando a que la pieza bajara la guardia para cobrarse su vida. Como hicieron con él las montañas del Cáucaso.

En lo profesional apenas tuvo tiempo de esperar. En 1994 se puso al frente de una empresa que había pasado de los 300 a los 30 trabajadores en apenas unos meses. La crisis de los primeros noventa había barrido el negocio fundado en 1983 por su padre. «Empezamos por suprimir algunos sueldos muy altos y transformar la estructura para hacerla más flexible», recordaba el delfín de los Migueláñez poco después de recibir, de la Asociación de Jóvenes Empresarios de Madrid, un premio al mejor relevo generacional. Renunció a contar con una fábrica propia «porque tendría que ser un monstruo», y se centró en el diseño y distribución de una amplia gama de caramelos de goma, chocolates, dulces y frutos secos. La estrategia funcionó. El año pasado facturaron 35 millones de euros.

Con caras conocidas

Una de las claves de la expansión fue proyectar una imagen de marca amable, muy implicada en proyectos solidarios a través de la Fundación Sonrisas Dulces. «Siempre decía que los beneficios de una empresa provienen de la sociedad y que hay que devolverlos de alguna forma», recuerda la periodista Eva Robles, que le entrevistó varias veces en su programa 'Tengo 1 propósito'. Desde hace dos años colaboraba además con la Nochevieja de Bérchules, el pueblo granadino que celebra el fin de año en pleno agosto. Allí rodó la marca el spot de su campaña 'Viva mi pueblo', que contaba la historia de un joven emigrante español en Alemania que volvía a su tierra para celebrar la atípica fiesta.

Una estrategia que llevó a Mario a codearse con un buen puñado de caras conocidas pero que su padre no llegaba a entender del todo. «Me gusta consultar todo lo que hago con él pero es muy difícil intentar cambiar la mentalidad, dar un vuelco a la imagen, hacer campañas en televisión... Aunque a veces dan ganas de tirar la toalla, ahora creo que lo estamos haciendo muy bien», reconocía Mario hace unos años.

La familia está devastada. A sus 72 años, el patriarca sigue en activo, pero ya no está en disposición de tomar el mando del gigante. Sigue gestionando los clientes más antiguos, pero ni siquiera tiene un ordenador en su despacho. Su hermana Nuria también trabaja en la empresa, pero está apartada de los puestos directivos porque tiene una discapacidad. Los dos hijos de Mario todavía van a la escuela y con su mujer dicen que la relación era cada vez más fría.

«Hay gente muy bien preparada dentro de su equipo que podrá llevar el timón para que todo siga funcionando con total normalidad», insiste Susana Martín, directora de comunicación y estrecha colaboradora de Mario. Pero lo que parece claro es que el nuevo director general de la compañía no llevará el apellido Migueláñez.