Verónica Montijano: «La maternidad me hubiera encantado pero asumí que no podía ser»

Verónica Montijano: «La maternidad me hubiera encantado pero asumí que no podía ser»
Txema Rodríguez

Lamenta la interiorista que el reloj biológico jugara en su contra, dejándole una asignatura pendiente, pero no una frustación. «En la vida hay muchas cosas importantes», subraya Verónica Montijano, quien cree que no tener hijos la ha permitido volcarse aún más en su profesión

MARÍA JOSÉ CARCHANOValencia

Tiene Verónica Montijano esas maneras suaves cultivadas durante años de educación exquisita, criada entre los algodones de una de las históricas familias valencianas vinculadas a la fabricación de muebles, que durante su época dorada exportaba un contenedor de género a Estados Unidos cada semana y amuebló series como ‘Hotel’, ‘Dinastía’ o ‘Falcon Crest’. No lo ha tenido fácil, sin embargo, esta interiorista, una de las más reconocidas del sector, que vio cómo el imperio familiar desaparecía, y que veinte años después ha intentado recuperar una parte de esa memoria genética que tanto le marcó su abuelo diseñando alguna de sus piezas míticas. Tampoco ha sido un camino de rosas su vida a nivel personal, aunque ahora esté muy reconciliada con el pasado.

-Hábleme de su abuelo, Mariano García. ¿Qué recuerdos tiene de él?

-Son maravillosos. Me han quedado muchas anécdotas de los viajes con ellos a Francia, a Inglaterra o a Bélgica, donde hurgábamos entre anticuarios buscando piezas clásicas. Cómo olvidar aquellos hoteles tan bonitos donde se dedicaba a hacer croquis, a dibujar las patas de los muebles que le gustaban... Si busco un poco en los recuerdos me doy cuenta de que él siempre está presente. Mi abuelo fue una persona muy valiente, que salió cuando nadie salía, y que llegó muy lejos.

-Poner en marcha su último proyecto, Vermont Atelier, le habrá hecho ahondar todavía más en el pasado.

-Son muchas vivencias, sobre todo las que tengo de la casa familiar en Campolivar que hizo mi abuelo y que a finales de los años cincuenta salió en todas las revistas de decoración. Era muy grande porque quería que allí estuviéramos todos y pasábamos prácticamente las vacaciones completas. Para la época era una casa muy moderna, llena de piezas enigmáticas. Y Mariano García siempre presente, dirigiéndolo todo. Nos dimos cuenta de que nos anulaba casi por completo, que las cosas se hacían según decía porque tenía una personalidad arrolladora, muy simpático, eso sí, que nos marcó muchísimo.

-A veces se pierde el rumbo cuando desaparece alguien con tanto carisma.

-Entiendo que es difícil delegar. Aunque trabajes en equipo es algo tan creativo, una imagen tan clara de lo que tú has creado…

-Con esa impronta parece que su camino estaba ya trazado.

-Muchas veces lo he pensado y sin ser igual que mi abuelo, que no creo que tenga su misma personalidad, sí que soy una mujer con carácter. Cogió las riendas de la empresa cuando su padre falleció, pero la expansión la hizo él. Lo he analizado muchas veces y veo que los García tienen todos mucho carácter, yo lo aprecio en mi madre, ya que convivo con ella. Él amaba su profesión y nada le hacía tan feliz como estar en la fábrica. Recuerdo ir con él los sábados y era la excursión de la semana, toda la mañana correteando por allí.

-¿Estaba contento de que usted se dirigiera hacia la decoración?

-Yo tenía claro que quería ser decoradora y él lo sabía. Además, le hacía mucha gracia que siempre deseara ir con él a todos lados. Falleció en el verano del 84, cuando yo empezaba a estudiar la carrera. Y estaba muy feliz conmigo.

«Cerrar una empresa con 126 años de historia fue muy duro. Gracias a Dios él no lo vio»

-¿Llegó usted a trabajar en la empresa familiar?

-Cuando estudiaba Artes y Oficios ya iba a la fábrica por las tardes y acabé pasando por todos los departamentos para aprender el oficio familiar. Yo trabajé en Mariano García e incluso estuve unos meses en Estados Unidos para entender allí el mundo de la decoración. Luego me fui a Sevilla porque me ofrecieron la dirección de una tienda muy bonita. Decidí buscarme la vida y conocer un poco cómo se trabajaba fuera de casa, ya que en familia todo es mucho más fácil. Estuve seis años allí y mientras me encontraba lejos recibí la terrible noticia de que la empresa cerraba. Fue un palo muy gordo y cuando regresé en 1997 a Valencia emprendí mi propia carrera profesional en este estudio. Siempre me he sentido muy decoradora; trabajar en una fábrica de muebles me ahogaba un poco porque lo que yo quería era construir espacios, aunque es cierto que al buscar siempre piezas clásicas, de Luis XV y Luis XVI, de alguna manera pensaba que qué pena que la empresa no existiera ya.

-No llegó su abuelo a ver la fábrica cerrar.

-No, creo que gracias a Dios no lo vio. Siempre lo pensé, aliviada. Pero claro, cerrar una empresa con 126 años de historia fue muy duro para mi madre y mis tíos. Era además una fábrica muy bonita, de la que salieron no sólo los muebles que decoraron series de televisión como ‘Dinastía’ o ‘Falcon Crest’, sino que se hizo mucho tanto en Europa como en Arabia Saudí, donde se amueblaron palacios enteros. Ha sido un esfuerzo enorme, muchos años, y es triste y a la vez terrible que empresas importantes y sobre todo artesanos desaparezcan, algo que no ocurre en países como Francia o Italia, donde se les protege mucho más.

Txema Rodríguez

-Usted ha iniciado un nuevo proyecto a los cincuenta años, pero sabe mucho de segundas oportunidades también en su vida personal.

-La vida son capítulos. Pensaba que me iba a quedar en Sevilla para siempre y después de seis años me volví a Valencia porque había cumplido una etapa personal y profesional. Fui muy feliz allí, me enamoré de la ciudad, lo que pasa es que al final tomas decisiones y de alguna manera mis raíces estaban aquí. Quizás fue lo mejor que hice, porque a mí nadie me ha regalado nada. Cuando empecé aquí, en este mismo estudio hace veinte años, partía de cero, la empresa familiar ya no existía y me creé mi propio estilo. He tenido que trabajar duro.

-¿Le ha absorbido mucho su trabajo?

-Sí, mucho.

-¿Hasta qué punto?

-Ilimitado. Quizás he podido desarrollarme más en mi profesión al no poder ser madre, que conociéndome seguro que me hubiera quitado muchísimo tiempo. Tal vez la maternidad me habría frenado un poco.

-¿Le ha quedado como una espina clavada?

-No. Primero porque creo que llegué ya un poco tarde, las mujeres tenemos nuestro reloj biológico y no conviene forzar demasiado la máquina, así que asumí que no podía ser. También es verdad que aquella fue una época terrible porque mi padre, que para mí era un pilar fundamental al que adoraba, falleció de un cáncer, y se me juntó un poco todo. Recuerdo los ingresos en el hospital, los estragos de la enfermedad, y esa época me marcó. Así que no pudo ser. Pero es que en la vida hay que tener una amplitud a la hora de aceptar las cosas, que cuando salen es porque tenían que salir y si no quizás es porque realmente no tenía que ser. La maternidad me hubiera encantado pero creo que en la vida hay muchas cosas importantes y no te puedes centrar sólo en una, así que me siento en paz.

Txema Rodríguez

-Vive ahora subida a un avión.

-Bueno, es que encima de un avión he estado siempre, desde que con catorce años íbamos a estudiar inglés a Inglaterra, luego a Estados Unidos, Sevilla… Estando allí venía al menos una vez al mes a ver a la familia, especialmente a mi abuela Ana, que era mi absoluta debilidad. Durante todos estos años, yendo a ferias, por trabajo, he viajado mucho, y ahora además voy a Galicia, donde vive mi marido. Yo creo que cojo un avión como si subiera al autobús.

-¿Es difícil vivir separados?

-Mi marido, José Luis Vilanova, es gallego, tiene una empresa dedicada al mueble, una tienda de más de cuatro mil metros cuadrados y un hotel enológico en el que yo también participé. Su trabajo está allí y el mío aquí. Nos conocimos mayores, ya son segundos matrimonios y de alguna manera teníamos nuestra vida un poco hecha, así que emprendimos la relación personal, nos casamos, pero cada uno en su lugar. Él viene, yo voy, e intentamos compaginarlo todo. Montamos una sociedad, hemos hecho trabajos conjuntos, pero este último proyecto era muy mío, personal e íntimo, porque es fruto de un homenaje particular a mi abuelo.

-Este lugar parece muy especial.

-Abrí el estudio de la mano de un arquitecto, Pascual Martínez, persona con una gran calidad humana y profesional. Y ya han pasado veinte años. Aquí hemos vivido mucho, todas las dificultades de la crisis económica, que fue un golpe muy duro, demasiado. Aquí lo hemos pasado mal, hemos sufrido y hemos sido también muy felices al conseguir proyectos, como la primera fase del Ministerio de Justicia de Abu Dhabi, que nos obligó a estar allí durante ocho meses.

-Es que la crisis se cebó con su sector.

-Está claro que no vamos a volver a aquellas épocas, que no fueron normales. Se ha vuelto al consumo racional pero es difícil porque muchos se han quedado en el camino. Y yo a veces lo he pensado; si tuviera un hijo no sé si le animaría a emprender, tal y como están las cosas, porque pagas un precio muy alto. Personalmente no sentí miedo porque cuando vino la crisis estaba ya muy metida, pero ahora es una auténtica heroicidad. Se disfruta mucho pero el coste humano es enorme.

-¿Cree que su abuelo estaría orgulloso de usted?

-Igual me decía: «En qué lío te has metido…» Mucha gente me decía que este proyecto de recuperar piezas clásicas era imposible, me desanimaba, y llegó un momento en que pensé en mi abuelo, miré hacia arriba y dije: «O me echas un cable o lo tengo complicadísimo».

-¿Quién le animó a seguir?

-Bueno, yo creo que mi familia, que sabe que soy una mujer muy peleona, muy constante y muy currante. Debieron de pensar: «Si lo saca lo saca y si no es porque realmente no se podía».

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