El taller de Betto García

Betto García vende su obra en todo el mundo./Jesús Signes
Betto García vende su obra en todo el mundo. / Jesús Signes

Sombreros cotizados en todo el mundo nacen en este pequeño estudio situado en uno de los barrios icónicos de Valencia. El diseñador apenas sale de ahí.

ELENA MELÉNDEZValencia

El taller de Betto García se asemeja al de un anticuario de París o una mercería londinense. Por todas partes hay plumas de avestruz, cuentas de diversas formas y tamaños, hormas de madera, retales, puntillas antiguas... «No soy ordenado pero está todo en su sitio. Compro cosas que me gustan y luego las meto en una pieza u otra. Me atrae mucho el brillo de los objetos, como esas miniaturas de perfume talladas a mano que integré en una diadema», explica. Betto estudió diseño y pronto se sintió atraído por la sombrerería, lo que le llevó a completar su formación en Londres. De vuelta a Valencia buscaba un espacio pequeño que fuera accesible para sus comienzos. Además, quería que estuviera en el Ensanche, zona en la que creció y donde encuentra cuanto necesita para vivir. «Cuando salgo del barrio mis amigos bromean y me preguntan: ‘¿Te has traído el pasaporte?’ Aquí lo tengo todo, está en el centro pero guarda ese ambiente familiar del pequeño comercio, conozco a todo el mundo, ofrece ocio diurno y nocturno...»

Hace dos años dio con el que hoy es su taller. Casualmente pertenecía a la madre de unos amigos. Betto reajustó el espacio y acometió algunos arreglos, como la instalación de la cristalera que integró en la pared y que comunica visualmente el taller y el probador. Para el diseñador, esa ventana interior resulta clave por la luz natural que aporta y porque para él es muy importante que las clientas vean que se trata de un trabajo completamente artesanal. «La mesa de enfrente es la mía pero soy bastante desastre, así que voy ocupando las del resto y dejándome cosas en todas». Los dos sillones del probador los recuperó de un contenedor y una amiga se los tapizó. Para sujetar las piezas reutilizó unos candelabros de Ikea anclados en la pared y las vitrinas que acogen algunos de los tocados las compró en una tienda de artículos religiosos.

El probador está comunicado con la zona de taller a través de una cristalera que lo dota de vistas y luz natural.
El probador está comunicado con la zona de taller a través de una cristalera que lo dota de vistas y luz natural. / Jesús Signes

De una de las paredes penden los collages realizados por una amiga suya ilustradora llamada África. Enmarcados, captan la atención varios artículos en papel de revistas antiguas que recogen noticias como la de la boda de Rainiero de Mónaco y Grace Kelly. «Pertenecían a una valenciana que trabajó en Francia como estilista en los años cincuenta. Tenía revistas, muestras de tela, entradas de desfiles... Cuando se fue a una residencia le dijo a su sobrina que lo vendiera a un precio simbólico a gente joven interesada en la moda».

«Mucha gente de aquí reniega de sus raíces y no lo entiendo»

Apilados aguardan los corsés usados en la presentación de su última colección en Madrid, realizados por unos jóvenes artistas falleros llamados Cap de Suro. «Soy valenciano y me gusta abanderar mi tierra. Mucha gente de aquí reniega de sus raíces y no lo entiendo». Dicha colección homenajea a todas las mujeres que le han ayudado. La bautizó ‘Emilia’ en honor a una de ellas, cuya familia le apoyó desde el principio. «Fue la que donó este espejo maravilloso de principios del siglo pasado que toma el protagonismo en el probador. Era su espejo del tocador».

En una estantería está lo que él llama ‘el cementerio’, con los objetos que jubila pero no quiere tirar. En otra reposan ordenados aprestos, alambres, alfileres para hacer hormas y agujas que trae de Londres ante la dificultad de encontrar en España material de ese nivel. Para contrarrestar el encorsetamiento británico Betto añade a sus creaciones un punto más bucólico, mediterráneo, que queda patente en los bodegones que realiza con naranjas o esparto. «Para estar aquí he sacrificado mucho y he trabajado muchísimo. Sólo sentarme en una silla y ver al equipo trabajar ya me produce una satisfacción enorme. Conozco las reglas del juego y poco a poco las cosas salen».

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