«La sombra de mi padre ha sido maravillosa. He estado orgullosísimo de él»

José Luis García-Berlanga posa entre las viviendas de Humera, pedanía de Pozuelo de Alarcón donde se realiza la entrevista. /José Ramón Ladra
José Luis García-Berlanga posa entre las viviendas de Humera, pedanía de Pozuelo de Alarcón donde se realiza la entrevista. / José Ramón Ladra

Los recuerdo de un pasado muy ligado a la tierrra paterna acunan la vida en Madrid de José Luis García-Berlanga. El hijo del legendario director añora la brisa mediterránea, da clases de arroces valencianos y reivindica el legado del mito

MARÍA JOSÉ CARCHANOValencia

Quedamos con José Luis García-Berlanga, el hijo mayor del gran cineasta valenciano, en una terracita donde sólo se escucha el sonido de los pájaros, apenas a media hora del centro de Madrid. «Aquí hay una farmacia, la iglesia para quien vaya y ocho o diez bares. Y sitio para aparcar. Lo justo», bromea. La plaza lleva el nombre de su padre, y se nota que es un lugar que frecuenta, casi todo el mundo tiene una palabra amable para él. José Luis, cineasta también, se revela como un gran conversador, irónico y acertado como lo eran las películas de Berlanga, cercano y generoso con sus recuerdos, muchos de ellos vinculados a una infancia siempre cerca de Valencia, con esa nostalgia de quien lleva el Mediterráneo dentro a pesar de nacer en la meseta. Muy cerca del lugar donde hablamos frente a un café y un agua vive todavía su madre, «que está como un roble», a pesar de que ha tenido ya que enterrar a su marido y a dos hijos.

-Vengo a hablar de recuerdos. A que me hable de la Valencia que vivió de pequeño, junto a su padre.

-El otro día me acordaba justamente de la casa de mi abuela en la plaza del Ayuntamiento, donde íbamos siempre en Fallas. Desde aquel ático veíamos los castillos, las mascletaes, todo.

-Hace unos meses María Luisa Merlo me citó en ese mismo edificio, que albergaba el hotel Londres y donde ella se alojaba, y me contó los recuerdos que tenía de su padre, vinculados a ese lugar.

-Mi padre, que quiso ser arquitecto y que además era una persona muy ordenada, guardaba un archivo extensísimo de fotos, cartas, vida médica, donde hemos descubierto algunos de sus dibujos de la remodelación de las habitaciones de ese hotel.

-El mar Mediterráneo estaba siempre muy presente en el cine de su padre. ¿Intentó inculcar a sus hijos ese espíritu?

-Absolutamente. El de disfrutar y vivir plenamente, quizás por eso me fui a Mallorca, porque sigue siendo ‘Calabuch’ -la película fue rodada en 1956 en Peñíscola-. Los fuegos artificiales, las bandas de música, Valencia, nunca abandonan el cine de mi padre. Pero es que su vinculación con su tierra fue absoluta, y eso que la familia era de Camporrobles, donde mucho mar no hay… Nos metió esa valencianía a base de ir constantemente, e incluso el ser del Valencia, que es un veneno en sangre.

-No me diga que es aficionado al club de Mestalla.

-Por desgracia. ¿Sabe lo que significa criarse en Madrid siendo del Valencia? Tengo en la memoria una Liga, los éxitos de hace unos años y después no hemos levantado cabeza. He asumido la teoría de Rafael Azcona, que decidió hacerse del equipo que más ganaba, y se convirtió al Real Madrid. Yo en los últimos años he sido del Sevilla, del Barcelona… Del que más me divirtiera. Ahora no me divierte ninguno (ríe). Volviendo a Valencia, es que es una ciudad maravillosa que engancha, y allí tengo a todos mis sobrinos, mis primos, mis suegros, que viven en Xàbia. Que es un paraíso si lloviera un poco más.

-Pasó su infancia cerca del mar.

-Me acuerdo de ir al Perelló, donde mis tíos se hicieron un chalé. Allí sólo estaban ellos, un médico que se llamaba Pablo Romero y el notario Sapena. El resto era playa virgen y recuerdo el hotel Recatí, donde mis padres y mis tíos iban a comer y a nosotros nos preparaban bocadillos y nos quedábamos en la playa. Una maravilla. Después en Oropesa, donde mi familia tuvo un tiempo el hotel Voramar. Pasábamos allí la Semana Santa, con el aire del Garbí, con mis amigos del Pilar. Ellos tenían la suerte de quedarse los días de Pascua mientras nosotros nos veíamos obligados a volver a Madrid. Justamente, siempre coincidía con la llegada del buen tiempo.

-Es un lugar muy vinculado al cine de su padre, desde luego.

-De hecho, Manuel Vicent tiene una novela muy bonita que habla del Voramar, donde cuenta que están rodando una película con Brigitte Bardot. Mi padre la había descubierto en el festival de Cannes cuando fue allí con ‘Bienvenido Mister Marshall’. Iba a ser la protagonista de ‘Novio a la vista’, pero el productor no quiso esperarla. Ahora en el archivo he encontrado como quince fotos con la actriz, que debía de tener unos 17 años, monísima. No habla Manolo en la novela de mi padre, pero es cierto que retrata como nadie la Valencia de la época. En ‘Tranvía a la Malvarrosa’ se muestran esos lugares de mi infancia, el Monterrey, la universidad entre la casa de mi abuela y el Parterre, ese camino que yo recorría para ir a la feria.

-No sabía que tuviera tantos recuerdos valencianos.

-La feria de Navidad era mi máximo objetivo durante todo el año. Llegar, ponernos en fila de menor a mayor, para que nos dieran las estrenas y poder ir a la feria, que estaba en el río. Todos estos recuerdos parecen una cosa ingenua vista ahora pero es que aquello eran los años sesenta y vivíamos en otra España, donde cualquier pequeño motivo de alegría o de algo diferente a lo gris y a lo triste era una delicia. Me recuerdo jugando con las raíces de los ficus del Parterre, que eran barcos piratas, castillos, fuertes de indios y vaqueros…

-¿Qué echa de menos?

-La brisa. Esa que corría para hacer más frescas las noches de verano. Menos los días de poniente, que a mi padre tanto le gustaban, porque el mar se ponía plano y transparente, y porque era un friolero tremendo. Se pasaba los meses estivales con una camiseta de tirantes. Echo de menos también las playas vírgenes. Tengo un guión que se llama ‘Mediterráneo’ y hace unos años me recorrí junto a mi amigo y productor Pedro Pastor, que es valenciano, toda la costa y no había un trozo que no estuviera estropeado. Para hacer cine ya da igual porque digitalmente puedes borrar edificios y lo que te dé la gana.

-¿Cómo fue Luis García Berlanga como padre? ¿Estuvo presente?

-Fue estupendo. Es que ahora parece que si no estamos todo el rato a su lado y no jugamos con nuestros hijos somos malos padres. Yo he jugado con él al tenis, al fútbol, al ping-pong… Es verdad que luego me dijo alguna vez: «Cuando ya lo pasaba bien hablando con vosotros, ya no queríais saber nada de mí».

-¿Estaba preocupado por su educación?

-Mi madre provenía de una familia de catedráticos y le importaban más las notas. O por lo menos cumplían ese doble papel. Fui a un colegio maravilloso, el de Josefina Aldecoa, donde todos éramos hijos de Berlanga, Bardem, Saura, Antoñito López, y donde había diez alumnos por clase. Además, desde muy jóvenes nos mandaban a pasar dos meses a Irlanda o Inglaterra. Cuando acabé sexto y reválida me invitaron Josefina y su familia a irme con ellos a Estados Unidos, donde me quedé un curso entero. Tengo un título firmado por Nixon en el 71 (ríe).

-Acabó en el mundo del cine. ¿Ha sido larga la sombra de su padre en ese sentido?

-La sombra de mi padre ha sido maravillosa y he estado orgullosísimo de él toda mi vida. Para mí, llamarme Berlanga ha supuesto todo beneficios. Y eso que yo estudié Derecho y no pensaba dedicarme a esto, pero Fernando Colomo, a través de un amigo común, me lio y montamos una productora. Hicimos ‘Tigres de Papel’ y triunfamos en el festival de San Sebastián. Luego llegó ‘Qué hace una chica como tú en un sitio como éste’, y encargué la canción a los Burning. Y dije: «Esto me gusta». Empecé de auxiliar, hasta que llegué a dirigir y a ponerme gordo por sentarme.

José Luis García-Berlanga se dedicó mucho tiempo a la publicidad, y suyo es aquel mítico anuncio de lavavajillas donde aparecían Villarriba y Villabajo, que rememora la España que su padre tan bien llevó al cine. Después vino la televisión, programas como ‘Séptimo de Caballería’ y series como ‘Hospital Central’, de la que fue director y productor ejecutivo.

-¿Para su padre supuso una alegría que siguiera sus pasos?

-No. Igual que para mí tampoco lo sería que mis hijos se dedicaran a esto. Como dice mi madre, ni un sueldo fijo en toda la familia. Mi hermano Carlos músico, Jorge escribía, yo cine, el pequeño tiene una emisora porque la radio es su pasión. Y mi padre ya lo sabe. Ella siempre repetía: «¿Es que no podéis ser uno farmacéutico o algo así?» Pobrecita. Ahora la comprendo, porque mi padre se pasaba hasta cinco años sin trabajar y gracias a su esfuerzo salíamos adelante. Es un oficio muy duro y difícil, en mi caso he ganado y me he arruinado varias veces y llevo un tiempo buscando trabajo. Mientras, mi hijo de quince años quiere ser ingeniero pero al mismo tiempo es skater. Sube vídeos a Instagram que él edita… No sé si tiene el gusanillo dentro.

-Un empleo más burgués.

-En realidad es una cuestión de tranquilidad económica, nada más. Aún me recuerda mi madre que yo quería ser diplomático, que cuando mi prima mayor se casó mi abuela le regaló un 850 coupé, y tuvo el sentimiento de justicia de darnos al resto de nietos lo que costaba aquel coche. Y ese dinero me permitió montarme aquella primera productora.

-Dos de sus hermanos, Carlos y Jorge, murieron muy jóvenes. ¿Han sido los momentos más duros para usted?

-Sí. Y de más gente. Yo por desgracia pertenezco a una generación que tuvo muchas bajas, porque vivimos la libertad plena, y de hecho se nos ha quedado esa sensación de ser muy libres. Pero eso también significó las drogas, el sida. Y mi primera mujer y mis hermanos, muertos demasiado pronto.

-Para una madre, vivir la muerte de dos de sus hijos es un trago muy amargo.

-Es terrible y nunca lo ha superado. Tampoco lo consiguió mi padre, porque Carlos murió antes que él. Cuando fallece un hijo crees que has fracasado en algo. Mi padre tenía esa sensación, erróneamente. En realidad mis hermanos murieron por problemas de hígado debido a transfusiones de sangre por úlceras que habían tenido de jóvenes, y que les transmitieron la hepatitis C. Al cabo de los años aquello derivó en cáncer de hígado.

-¿Qué fue lo que a su padre le hizo sentirse más feliz en la vida?

-Mi padre era un derrotista absoluto, nunca estaba conforme con lo que hacía. Juan Antonio Bardem le llamaba ‘fanfarrón negativo’. Además, si alguien le comentaba «me han diagnosticado síndrome de las piernas cansadas», por ejemplo, él te contestaba: «Yo también lo tengo». Se apoderaba de cualquier síntoma médico. Aunque estaba muy bien de todo era hipocondríaco y viajaba con una bolsa enorme de medicinas.

-¿Se supo genio?

-Me imagino que sí. (Piensa) La verdad es que no lo sé. Pero si hablas con cualquier persona que lo haya tratado estoy seguro de que te dirían que fue encantador, muy asequible. Y es verdad. Tenía además una cierta humildad y sabía qué era la realidad y el mundo. Es que hoy en día tratas a la gente famosa y está muy aislada, y cada vez más. Con los teléfonos móviles vas quitando la privacidad y se van encerrando en unas torres de marfil y unos guetos en los que sólo se ven entre ellos. Me acuerdo de una comida familiar en la que no sé qué estaría echándole en cara mi madre, y él tímidamente replicó: «Pero soy Berlanga». Como diciendo, he hecho todo esto (ríe). Al final de su vida le surgieron muchos idólatras con los que se reunía a menudo, pero la familia siempre es otra cosa.

-Lucha ahora para que se cree una fundación que permita conservar todos los archivos de su padre.

-Me da rabia que mi padre esté fuera del conocimiento. Ojalá los extranjeros que aprenden español estudiaran a Berlanga, porque es un retrato fiel de una España en muchos casos muy actual. Hace unos años la Generalitat me escuchó e hicimos un museo virtual pero vino la crisis y ahora la página web ni siquiera tiene mantenimiento. A través de Rafa Maluenda, de Cinema Jove y muy amigo de la familia, estamos intentando promover en Valencia esa fundación que recoja todo el archivo, que es una auténtica joya, y donde tendrían que implicarse algunos de los ricos valencianos. Al mismo tiempo hablo con la administración central pero cuesta mucho, me dicen que el Estado se tiene que quedar con el archivo pero luego pasan meses sin tener llamadas. Es una pena porque tiene un gran valor. Hay más de diez mil volúmenes, entre ellos tres mil libros eróticos que queremos vender para coleccionistas.

Nos despedimos. Se sube a su bicicleta en ese oasis madrileño donde ni el calor se siente. Avisa: «Esta tarde me voy a impartir mi clase de arroces valencianos, hoy toca uno de puerro y rape y otro de espinacas y gambas». Sorpresa. «Y porque no he encontrado sepia sucia para hacer un arroz negro». Se la hubiera traído yo, le digo. «¡Si me trae sepionet, mejor todavía!» Confiesa que no le gusta cocinar arroz por la tarde, pero que a los madrileños no les importa. Valencianía en vena.

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