¿Quién es Salvador Chuliá?

Salvador Chuliá, en las dependencias del Ateneo Mercantil./Irene Marsilla
Salvador Chuliá, en las dependencias del Ateneo Mercantil. / Irene Marsilla

La pasión por la música, sus firmes creencias religiosas y el refugio de la familia han acudido en auxilio de un hombre que huía de los recuerdos. Siempre con una partitura en la cabeza, detesta la vanidad, la envidia y el odio

MARÍA JOSÉ CARCHANOValencia

Los recuerdos se le agolpan en las palabras, después de una vida muy prolífica dedicada a la música desde varios frentes: director del Conservatorio Profesional de Música José Iturbi, compositor de más de 600 obras, saxofonista, director de orquesta, musicólogo… Quedamos con Salvador Chuliá en el Ateneo Mercantil, y sobre la mesa despliega varios cedés de su música, también una biografía. Es abrumadora su capacidad de trabajo, incluso ahora que ya está jubilado. Pero así y todo le cuesta mostrarse como una persona orgullosa de lo que ha hecho, a pesar de que los premios recogidos expresan su valía.

-Dice que la vanidad está reñida con usted, ¿por qué?

-Creo que todos somos seres humanos y en este mundo cada uno nos dedicamos a algo. Lo importante es que a lo que te dediques lo hagas en cuerpo y alma, e intentes ser de los mejores. Es cierto, no me gusta la vanidad.

-Si usted mira atrás podría enorgullecerse de todo lo que ha hecho, ahora ya jubilado.

-Estoy jubilado de funcionario, desde 1992 hasta 2014 fui director del conservatorio, pero yo sigo porque la composición es mi vida, y como académico numerario de la Academia de la Cultura Valenciana soy director de la sección de Musicología. Continúo trabajando, y mientras hablo con usted ya estoy pensando en la obra que me espera en casa, una sinfonía encargada para la orquesta sinfónica de Córdoba, en Argentina.

Antonio no tiene pensado dejar de componer.
Antonio no tiene pensado dejar de componer. / Irene Marsilla

-¿No dejará nunca de componer entonces?

-Nunca, mientras la cabeza funcione. Es la vida de alguien que ha hecho muchas cosas por amor al arte. Y estoy contento porque el otro día Josu de Solaun, un gran pianista de fama internacional, me nombró en una entrevista como uno de sus grandes maestros en España. Eso te llena de orgullo, tanto como el que he sentido de mis hijos, porque los tres se dedicaron a la música. Pero en 1989 perdí al mayor en un accidente de tráfico. Entonces él tenía 17 años, el título de piano, estaba estudiando conmigo composición y percusión y formaba parte de la la Joven Orquesta Nacional.

-Uno no se recupera nunca de la muerte de un hijo.

-Nunca, pero ahora hablo con usted sobre él y me reconforta; aunque no está, está, porque todos los días, por lo que sea, lo nombramos, y si no, sigue aquí (se señala la frente). Todas las noches, como soy creyente, le rezo, y creo que permanece con nosotros, pero es duro. Muy duro.

-Además, los tres quisieron seguir sus pasos.

-Los tres, Salvador, Ernesto y Vicente, venían por el estudio, al que yo llamo mi taller, y a los cuatro o cinco años ya tocaban las teclas del piano. Yo tenía la ilusión de que alguno de ellos estudiara Medicina pero no hubo manera. El que está en el cielo era muy bueno. En un apartamento que teníamos en el Perelló, y que vendimos por los recuerdos, compuse una obra en homenaje a él. Y mientras la hacía lloraba.

Una espina clavada

El cartel que se volatilizó

Tiene Salvador Chuliá, además de la muerte de su hijo, que siempre permanece, una pequeña sombra: «Le pusieron mi nombre a la sala de orquestas del conservatorio. En 2017 el cartel se quitó, y la excusa fue que iban a pintar, pero no lo han vuelto a poner. Y no lo entiendo». También le gustaría que se apostara más por promover óperas o zarzuelas valencianas para interpretar en el Palau de les Arts.

-¿Y a usted, cómo le llegó ese amor por la música?

-De joven, con siete años, un tío mío decía que tenía muy buen oído y me enseñó solfeo. Mi padre era constructor de guitarras, por lo tanto un gran apasionado de la música. A los ocho años estaba en Radio Valencia tocando la marcha turca, de Mozart, y a esa edad yo ya tenía claro que quería ser director de orquesta. A los diez entré en la banda La Artesana de Catarroja. A los diecinueve me fui a la Academía General del Aire, donde coincidí con el Rey Juan Carlos, que entonces era cadete, y me convertí en saxofón solista. Tuve a grandes maestros, como Ernesto Pastor, Manuel Massotti o José Roca.

-Lo que veo es que tiene una vitalidad que no se le acaba.

-He aprendido mucho leyendo, tengo una biblioteca de más de dos mil libros. Y he compuesto hasta las cuatro de la mañana, aunque ahora no lo haga tanto porque la edad ya se nota, y me canso antes. Pero es que hay que estudiar mucho para seguir trabajando. Y, sobre todo, puedo presumir de que no tengo envidia ni odio. Sé que está en el diccionario pero yo no lo he sentido. De nadie.

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