Las Provincias

«De joven era un guaperas, lo malo es que las mujeres luego no te querían soltar»

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El artista, rodeado de sus obras en la vivienda que le sirve de casa, museo y estudio en una urbanización de Valencia.

  • Las «batallitas de viejo» que aún narra con deleite Nassio Bayarri hablan de una posguerra de hambre y un hogar con catorce hijos de los que varios murieron

En mitad de una anónima y tranquila calle como hay decenas en las urbanizaciones de las afueras de Valencia, tras un cartel de casa vigilada y un portón de hierro con la llave echada, se esconde una casa-museo-estudio donde Nassio Bayarri saborea ya su vida tranquila. Atrás quedan los frenéticos años de viajes continuos o de subirse a los andamios para realizar esculturas gigantes, aparcados por una edad que no perdona. Eso sí, no para de dibujar e idear proyectos, exposiciones y libros que le mantienen con la mente activa, muy lúcido y con un discurso coherente dentro de la locura del artista que ha llevado una vida llena de excesos. «Mis memorias solamente se podrán publicar cuando me muera», bromea. Medalla de oro del Círculo de Bellas Artes, Medalla Nacional de Escultura hasta en tres ocasiones, autor de obras que -como el monumento a la afición valencianista- salpican los paisajes comunes de la ciudad, nos recibe vestido de forma sencilla, diría que algo descuidado, con esa dejadez en las cosas cotidianas que atesora todo genio, y nos va enseñando varias estancias repletas de esculturas y pinturas expuestas y otras esperando el momento de ver la luz en un lugar sorprendente que merece una visita.

Usted es escultor y poeta, como lo fue también su padre, que además daba clases en la Escuela de Bellas Artes. Parece que tenía fácil el camino a elegir, viéndolo en su casa.

Mi padre tuvo catorce hijos, yo era el más pequeño y ningún otro se dedicó al arte. Quizás yo sí porque era tan poca cosa que me quedaba en un rincón mirando y sin que nadie me viera. Es cierto, él también era poeta, escribió durante su vida un millón de poemas. Todos esos libros que tengo ahí son de él. A mi casa venían Joan Fuster o Xavier Casp a aprender gramática valenciana. ¡Si lo hubiera visto! Mi padre llevaba unas melenas. Es que estaba medio loco.

¿En qué sentido?

Era un separatista nacionalista valenciano, se jugó la vida por Valencia. Durante la República quemaron una virgen y como se había puesto delante a bofetadas le rompieron la cara. Llegó a casa medio muerto.

¿Su padre vio en usted a ese artista que él era?

No, porque fue un egoísta. Cuando empecé a ganar premios un amigo suyo le dijo: «Tu hijo es mejor que tú». Él lo negaba. Sin embargo, llegó un momento en que, al hacerse mayor, lo reconoció y cuando yo estaba en América me escribía unas cartas encantadoras. Siempre le contestaba: «Soy genial, pero después de mi padre». Y él se ponía muy contento. De tonterías vive el mundo (ríe).

¿Qué le queda de su padre?

El recuerdo de no ser como él. Para mí viajar fue una salvación, porque en casa mi padre era tan salvaje que sólo se podía hablar en valenciano. Si tenías una novia que se expresaba en castellano no te dejaba entrar. Recuerdo que yo le decía: «Tiene gracia que yo le tengo que hablar de usted y a Dios le hablo de tú». Quería cerrar Valencia otra vez con una muralla y que no entrara nadie. Era tremendo. Yo creo que si me viera ahora no hablaría conmigo, aunque yo con él tampoco, porque a mí no me gustan los nacionalismos, los odio. Creo que nos tenemos que abrir al mundo.

Viajó mucho, residió en Estados Unidos, tuvo muchísimo éxito.

Fue una época bonita. Viví en Cincinatti, luego en Chicago y después me di una vuelta y pude exponer en decenas de ciudades. Tenía una galería y era una máquina de hacer dinero. Tanto me compraban que no podía producir al mismo ritmo. Gané millones. Entonces estaba con mi primera mujer, que luego murió, y recuerdo que no le gustaba nada Estados Unidos. Decía que allí siempre comían lo mismo, de autoservicio, con mantequilla y la Coca-Cola. Ella preguntaba dónde estaba el vino. Así que se volvió y yo me quedé.

¿Qué le gustó de aquel país? Debía de ser muy distinto a la España franquista.

A mí, que había visto tanto museo, tanto barroco, tanto románico, América, donde todo era nuevo, me fascinó. Y las mujeres. Yo pensaba: «Como se enteren en España de lo que hay aquí se llena de españoles de esos que se van a Francia a ver películas» (ríe).

¿Le han gustado las mujeres?

Además de la amistad, es lo único que me ha gustado en esta vida. He vivido de ellas y sigo pensando que es lo mejor que hay. Son una combinación extraordinaria para el hombre. Me han dado personalidad e incluso me han enseñado a gastar un tenedor y un cuchillo. Yo de joven era un guaperas, si le enseño fotos verá. Tenía muchas amigas que me querían tanto que me lo daban todo. Lo malo es que las mujeres se lanzaban demasiado y luego no te querían soltar. Ahí venía el drama. Entonces yo estaba enamorado de mi escultura y les decía: «Antes que tú está el arte. Y antes que la familia, que el pan, que Dios...»

Debía de ser difícil estar con usted.

Antes y ahora también. Porque soy muy agradable pero estoy loco. Mi mujer es alemana y por tanto es muy práctica y no entiende de bromas. Aunque me gusta mucho el jaleo, aquí no entra nadie, que tiene un carácter. Es que su país es un matriarcado y la mujer tiene mucho poder. Sin embargo, yo le paro los pies y le digo: «Oye, que estás hablando con un macho español». Ahora soy mayor; nos decimos que no sabemos por qué estamos el uno con el otro pero después de treinta años nos queremos. Yo le digo: «Tú aguanta lo que puedas».

¿No hay choque de trenes?

Ella me admira y ahí le gano. Si no me destrozaría (bromea). Cuando nos conocimos dijo: «Este hombre es para mí y me consiguió».

Volvamos a sus inicios. Usted fue uno de los fundadores del Grupo Parpalló, con artistas como Andreu Alfaro, Juan Genovés o Joaquín Michavila.

Todavía guardo por ahí una carta de Alfaro, que me adoraba porque me iba a casar con su hermana. Al final no lo hice. Éramos tan jóvenes. Todas las semanas nos emborrachábamos, fumábamos sin parar. Entonces había mucha competencia entre nosotros. Íbamos al mismo estudio, donde dibujábamos sin parar, o a casa de un escultor donde había una mujer desnuda que retratábamos, siempre comparándonos. Tengo muy buenos recuerdos de aquella época, a pesar del hambre.

¿Ha pasado mucha hambre?

Bueno, mi madre debía pasarlas negras para darnos de comer a tantos, y eso que murieron varios de mis hermanos. La posguerra fue muy dura y con la intelectualidad de mi padre no comíamos. Con el Grupo Parpalló recuerdo también que nos íbamos todos a Barcelona para ver si ganábamos algo en los Premios de Mayo, que se llamaban entonces, pero no nos dejaban porque tenías que hablar catalán. Viajábamos todos en un coche, diez o doce allí dentro, y exponíamos nuestras obras. La recepción se hacía en un hotel y como sólo teníamos dinero para que cenara uno nos lo rifábamos, y únicamente entraba el que sacaba el palito más largo. El resto nos quedábamos fuera sin comer.

Qué historias. Y las que no podrá contar, claro.

Hemos vivido muy fuerte, ya lo creo.

¿Cómo es ahora su día a día?

Muy tranquilo. Estoy muy cuidado porque tengo algo en el corazón y en un riñón, quizás porque está saliendo todo lo de la juventud. Además, de pequeño me quedé sordo de un oído y por eso mis ojos siempre miran muy fijo. Me salva una cosa, que me levanto a las seis de la mañana para hacer gimnasia y eso me mantiene. El resto del día me meto en el estudio, y aquí nunca me pasa nada. Me pongo la música, cierro la puerta y me pongo a trabajar. Así pueden pasar horas, días, semanas. Le tengo que preguntar a mi mujer qué día es porque lo olvido.

Ese lugar donde el tiempo no transcurre para Nassio Bayarri tiene una luz mágica que llega desde unos grandes ventanales y varias claraboyas. Un estudio con diversas mesas de trabajo y una enorme estantería repleta de libros porque no es sólo pintor y escultor. También es un poeta y un lector empedernido. Entre los libros que hay sobre la mesa, Nietzsche, 'La odisea' o la obra completa de Ausiàs March en una edición que le acaban de regalar. «Antes era un desastre pero ahora soy muy ordenado», dice. Parece que su mujer alemana algo tiene que ver en todo esto.

-¿Cómo llegó a ocupar este chalé, alejado de la ciudad?

Tenía un estudio en un callejón en el centro de Valencia que era una fuente de ingresos constante, porque siempre había gente que entraba a comprar, pero el dióxido de carbono me estaba matando. Dejé de fumar y mi mujer encontró este edificio, que estaba hecho polvo, donde pude revivir, la verdad.

¿Se ha considerado un genio?

No, aunque ahora me llaman maestro y la alemana me dice que soy mejor que Picasso. Me hace gracia, porque sé que no es verdad, pero es bonito que te lo digan. Te da alegría ver que no has trabajado en balde, porque ser artista es casi compararse con un dios creador, si es que existe. No puedes mentirte a ti mismo y si te llama el dinero estás perdido.

Tiene hijos y, por lo que sé, alguno le ha salido artista.

Samuel hace cerámica. Jacobo, que se me murió el año pasado de cáncer, era brutal, un artista fenomenal. Aquello me destrozó, pero me estoy acostumbrando; el tiempo te va borrando.

Quienes lo han padecido dicen que es lo peor que puede pasarle a alguien, sobrevivir a la muerte de un hijo.

Yo soy un animal artista que pongo todo al servicio del arte. No sé si hay un dios y si me castigará, pero es que mi egoísmo es demasiado. Nunca he sido el típico padre que llevaba a los hijos al colegio, ni a los nietos tampoco. Les decía que no me llamaran 'abuelito', ni nada por el estilo. No me gusta el fandango familiar, no voy a las reuniones, ni digo que vengan todos a mi casa el día de Navidad. Sé que hay gente que sin eso no puede vivir, yo lo comprendo, pero no creo en la familia ni en la suerte. No creo en nada.

¿Y sus hijos lo han entendido?

Me conocen o no me conocen. Uno no me conoce y no me habla y a sus hijos tampoco los veo. Es que a mí me vas a tener que buscar, aunque ellos tampoco son demasiado familiares. Me querrán, supongo, a su manera, quizás es el resultado de lo que he sido yo, y no sé si es bueno o malo.

¿Le da miedo la muerte?

Me fastidia no saber qué pasa después. Yo he estudiado astrología y astronomía, y con mi idea del cosmoísmo, una teoría que he desarrollado en mi obra, cuando hablo de extraterrestres lo que yo quiero decir es que hay otra vida. Y ni siquiera la crítica lo ha entendido.

¿Seguirá trabajando?

No quiero que me interrumpa nadie. Tengo una edad en la que ya me estoy yendo al otro mundo, pero todavía siento ganas de hacer, pienso que aún puedo hacer. Además, me gustaría trabajar con nuevos materiales, que mis esculturas flotaran, que volaran. Todavía creo que mi gran obra está por llegar. Si no, estás ya muerto.

Parece algo cansado después de charlar más de una hora. «Te he contado mi vida, batallitas de viejo -las llama- que sigo contando a mis amigos». Pocos quedan ya vivos de los que formaban aquel Grupo Parpalló, tan efímero y tan fundamental para conocer la creación artística valenciana en los años cincuenta. «Como dice Ortega y Gasset, vivir es asistir a lo que uno le pasa. Qué genial, ¿verdad?»