Las Provincias

¿Quién es Enrique Vaqué?

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/ IRENE MARSILLA

  • No puede haber mejor plan para alguien que confiesa tener siempre preparadas las maletas. El trabajo le permite viajar por el mundo y con la literatura lo hace a través del tiempo. Para su novela medieval practicó esgrima en un castillo, se formó con un maestro sufí y recreó en un videojuego la batalla de Olmedo

El abuelo de Enrique Vaqué era militar. Por eso nació en Melilla, y aunque vive en Valencia, asegura que su continuo viajar le ha quitado «el provincianismo». Combina un trabajo como ejecutivo en un grupo empresarial con la labor de decano en el Colegio de Químicos y su pasión por la escritura, que le ha llevado a publicar dos novelas. Ya prepara una tercera.

-Doctor en Ciencias Químicas y además escritor. Qué dos mundos tan distintos.

-Si de niño y de adolescente me gustaban esas dos cosas, ¿por qué no hacerlas a la vez? No había motivo para seguir una y descartar la otra. Tenía once o doce años y ya leía a Shakespeare, Moliére o Pío Baroja. Como vi que nunca iba a pasar de obrero de la literatura, o como mucho artesano, y no me gustaba lo de dar clases, me decanté por la química, que me ha permitido viajar por todo el mundo. Si le digo que doy ocho horas de clase al trimestre en un máster y acabo agotado...

-¿Cómo lo conjuga entonces, la química y la literatura?

-Sigo viajando con mi trabajo porque no llevo bien la rutina. No me veo yendo a trabajar todos los días al mismo sitio. Y escribir lo hago a ciertas horas de la noche, ahora que mis hijas ya están criadas y hacen vida por su cuenta. Sí que estuve ocho años preparando la tesis doctoral cuando eran pequeñas, pero al ser joven todo cuesta menos. Ya entonces me la corrigió un filólogo a mano para ver qué errores había cometido. Después estuve tres años en el taller de escritura creativa de Fuentetaja, en un curso por correspondencia.

-Dice que no le gusta la rutina, pero escribir sí necesita mucha constancia.

-Para mí escribir es una necesidad y no se convierte en rutina porque equivale a viajar a otro mundo. Es una vivencia, algo que además tengo que haber visto con anterioridad para luego contar. La preparación de la novela ‘Los señores del fin del mundo’, que se desarrolla en el final de la época medieval, me llevó a practicar esgrima con espadas de la época en un castillo en Jaén, me formé en sufismo con un maestro sufí de Barcelona o recreé en un videojuego la batalla de Olmedo.

-¿Le gustaría dedicarse solamente a la escritura?

-No, porque la vida profesional me permite un contacto con el mundo que no tendría sin mi trabajo. Además, no aspiro a ganar dinero, eso sería ya lujuria. Lo haría igual sin publicar, aunque ser leído es como una culminación.

-Además, es decano del Colegio de Químicos desde hace unos meses, actividad que poco tiene que ver con viajar o escribir.

-Llevaba diez años colaborando de vocal y en un momento determinado parece que quieras poner en práctica todas esas cosas que te surgen. Es un contraste, pero yo siempre he sido delegado de curso, y ahora parece como si lo siguiera siendo.

-Leía ‘La odisea’ con once años, era delegado de curso… Desde luego tiene pinta de haber sido buen estudiante.

-Sí, me iba muy bien.

-Y lo ha transmitido a la siguiente generación.

-Parece que sí. Mis hijas estudiaron en el Liceo Francés, ya que me gusta mucho la cultura francesa, muy próxima a mí porque tengo antepasados que provienen de allí. Una de ellas fue la mejor alumna en español del sistema francés. Ahora las dos viven en el extranjero, una en Montreal.

-¿Se ha acostumbrado a la distancia?

-Es pesado porque somos una familia muy unida, pero es su vida y consuela que sean felices. De niñas ya viajaban mucho, las hemos incentivado porque ver otras culturas te quita el provincianismo, te das cuenta de que el mundo es muy grande y tu muy pequeño, y la persona adquiere una mayor desenvoltura. Creo que su personalidad tiene más matices. Existe el inconveniente de que igual se te van pero ahora quieren volver las dos, por lo menos a España. Cuando eres joven el mundo está lleno de atractivos, pero al acercarte a la treintena de alguna forma has saciado esa curiosidad y quieres volver a montarte tu nido.

-¿Y le apetece ser abuelo?

-No tengo prisa por el momento (ríe).

-¿Le gustaría llevar una vida más tranquila?

-No me canso de viajar. Es más, aquí siempre están las maletas hechas. Ahora nos vamos cerquita, a Huelva, porque la Asociación Nacional de Químicos me ha concedido el premio al mérito profesional. Fue una sorpresa. Pensaba que se habían equivocado de destinatario.-En toda esta trayectoria profesional, ¿quién ha sido su apoyo más grande?-Sin duda mi mujer. Nos conocimos con 19 años y todo se ha gestado en común. Es también química y para nosotros así ha sido más fácil. Me corrige los textos, opina… Sin su apoyo no sería posible haberme dedicado a escribir, porque es tiempo que robas a tu vida personal.