Las Provincias

Con el corazón en Etiopía

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/ IRENE MARSILLA

  • El padre de Mercedes Valle era un trotamundos y al fallacer quisieron homnejearlo con un viaje a África

  • Lo que nadie de la familia imaginaba es que allí conocerían a Mola y sería el embrión de una nueva vida marcada por la solidaridad

Mercedes Valle un viaje le cambió la vida. El destino fue África, continente al que llegó con sus tres hermanos tras la muerte de su padre. El objetivo era homenajear a éste dada su condición de viajero empedernido, una pasión que durante muchos años condujo a la familia a recorrer el mundo hasta destinos como Sudamérica, la Isla de Pascua, Tahití, China, Australia, Bali, Bangkok, Estados Unidos o el Tíbet. Era 2001 y le ilusionaba visitar las iglesias del siglo XI excavadas en la roca de Lalibela, en Etiopía. Allí conocieron a Mola, un niño de doce años que les acompañó durante su estancia en el país y con el que hicieron muy buenas migas. «Quise ayudarle, me encargué de sus estudios en el colegio y de la carrera de turismo allí en Lalibela. Cuando se hizo mayor decidí reunir dinero de mi familia y de algunos amigos y mandarlo allí para que un grupo de niños comiera en un bar a diario», recuerda.

En ese momento Mercedes y su marido iniciaron un proceso que duró cinco años para adoptar a un niño etíope. «Cuando viajamos para recogerlo visitamos el bar de comidas y conocimos a los niños. El ayuntamiento de allí se enteró de lo que estábamos haciendo y nos cedió un terreno». En 2012 tuvieron la idea de construir una casa en la que acogieron a 21 pequeños que desayunan, comen y cenan allí. Además, les proporcionan estudios, material escolar, ropa y asistencia médica. «Están desde los ocho años hasta que entran en la universidad. Lo que más nos interesa es que estudien y ponemos especial interés en las niñas. Escogemos un niño por familia porque el objetivo también es ayudar a las madres y al ocuparse de uno de sus hijos les estás permitiendo que ellas hagan otras cosas».

Mercedes estudió Derecho y Psicología, ha ejercido de abogada y de terapeuta y al morir su padre empezó a encargarse junto a sus hermanos de la gestión del patrimonio familiar. Hace siete años se matriculó en la carrera de Filosofía. «Intentaba leer cosas que no entendía. Cuando llegó a mis manos 'El ser y la nada', de Sartre, me di cuenta de que necesitaba saber más para indagar en temas que me interesaban desde hacia tiempo. He aprendido a pensar».

La solidaridad ha cambiado su vida. Le ha enseñado, por ejemplo, a entender que las cosas no son sólo como nosotros las vemos, que en Etiopía se vive y se funciona de otra manera, que existe una lógica diferente, la burocracia es lentísima y todo el mundo quiere sacar provecho de cualquier circunstancia. «Ellos tienen sus instituciones y sus universidades gratuitas, pero el problema es cómo llegar a una universidad que está a 500 kilómetros de tu casa. ¿Qué comes? ¿Cómo duermes? Es un país precioso, con mucha agua, lo que pasa es que no hay forma de hacerla llegar a los sitios. El sistema eléctrico está fatal y los servicios resultan insuficientes», explica. Asegura que son muy orgullosos y su agradecimiento es quizá más profundo pero prevalece la austeridad a la hora de expresarlo. «Tienes que saber leer entre líneas. La cultura latina es más expresiva. Ellos se muestran muy sobrios con las efusiones».

Para Mercedes, Lalibela llega mucho a las personas porque, al ser una organización pequeña, la gente sabe que la ayuda es directa y puede conocer a los niños. «Un socio de cinco euros es mucho. Con diez socios de cinco euros yo doy de comer un mes a un niño. Hay una cuenta y el dinero va directo allí, o la gente da ropa u otras cosas y enseguida ves al niño que la lleva. Tienes la sensación de que la ayuda está llegando y no se diluye». ¿La gente es solidaria en Valencia?, me intereso. «La gente es solidaria pero debemos ponérselo fácil. Hay personas que quieren ayudar y sin embargo el día a día les come. En muchos casos está la inquietud, pero no siempre se materializa».